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Domingo, 30 de enero de 2011

Héroes del silencio

En los años ’80, Manuel Rivas investigó el ingreso del narcotráfico en España como parte de su trabajo periodístico. Ahora, sin abandonar esa veta, convirtió en ficción el devenir del narco y de sus personajes más emblemáticos.

 Por Angel Berlanga

Al dinero le gusta el silencio. Ahora hay que vender, ahora hay que comprar, ahora hay que callar. No desparramar los datos posta que nutren al negocio: silencio con eso. Y si es inevitable el cacareo, bueno, debe ser tangencial. Como los teros, que gritan acá para intentar disimular que tienen los huevos allá. Pero cuando Todo es silencio en referencia a esto, al modo de hacer la guita, ya se habla de una sociedad; un modo de vida, una lógica para ordenar el mundo, su aceptación, sus jerarquías.

El asunto subyace en esta novela de Manuel Rivas, que toma como tema conductor la evolución del contrabando en Galicia en dirección al narcotráfico. ¿Pero será esto lo primero o lo serán sus personajes, las escenas de sus historias y sus entrecruces, o Brétema, el pueblo marítimo de los protagonistas? ¿Será el mismo mar, el Océano Atlántico?

Este escritor, poeta y periodista gallego había investigado, a comienzos de los años ’80, la trama mafiosa de vasos comunicantes con el norte de Portugal, como puerta de entrada a España y Europa: esta veta periodística corre bajo tierra en una ficción muy centrada en los personajes, en sus devenires afectivos, lo que se hace y lo que se siente.

Momento de hablar de ellos: Brinco, Fins, Leda, tres muchachitos en un pueblo regido por Mariscal, un capo de guantes blancos y frases en latín, una caricatura carismática que mueve los hilos visibles e invisibles del libro, el que maneja el dinero y el silencio, el que reparte los lugares comunes y el refranero que contribuye a sostener culturalmente al poder (y ahí está la iglesia católica, claro), el que regentea el puticlub y el que festeja a John Wayne, porque él sólo con un caballo te sostiene una película, sin que sea necesaria la chica. En Todo es silencio hay dos tiempos: este, el inicial, es la época en la que Cassius Clay cambió su nombre por Muhammad Alí y se negó a ir a Vietnam. La segunda parte da un salto a comienzos de los ’80, con Franco muerto hace rato y Lennon asesinado hace poco: ahí el lector se encuentra con que Leda, que de chica curtía con Fins un amor silvestre, ahora está casada con Brinco, que se ha convertido en astro de la banda de Mariscal, de la que ella forma también parte; Fins es, de este lado del tiempo, un oficial que los investiga. El libro arranca para novela de iniciación y amaga con derivar hacia el policial, pero Rivas no se obsesiona con la peripecia de la pesquisa y enfoca, más bien, en la pintura del ADN corrosivo que signa la lógica y las mecánicas de lo afectivo en relación con el dinero y el poder, el hacer y el tener.

Todo es silencio.Manuel Rivas Alfaguara 256 páginas

La composición fragmentaria, por escenas –José Luis Cuerda, el director de La lengua de las mariposas, ya busca locaciones para filmar Todo es silencio, con guión de Rivas–, retrata, cuenta historias, gana acción y velocidad, despliega diálogos. A la par de los protagonistas toman cuerpo una serie de personajes secundarios: el cura, el viejo maestro, el doctor, pescadores, los padres. Los recortes y la sugerencia de los hilos entre un tiempo y otro compone, implacable, evolución y continuidad: del tabaco, las naranjas y el Johnnie Walker a la merca, que entran por vía marítima; del sargento del pueblo a la oficialidad de la región; del puticlub a la copia del boliche en Las Vegas. Los narcos colombianos, las urbanizaciones, los bancos, los lujos. Con las traiciones y las muertes en crescendo.

Omnipresente, Mariscal: un capomafia de los viejos, con su sistema filosófico, inmune al destello de la pavada de moda. En un momento extraordinario del libro accede a dar su primera entrevista, con la perspectiva de encarar para alcalde de Brétema, de blanquear su imagen, su historia. “¿Como empezó a levantar su fortuna?”, le preguntan, y él dice: “Básicamente, con la cultura. El cine, el salón de baile... Yo traje aquí a los grandes. A Juanito Valderrama, por ejemplo. ¡Cómo cantaba ‘El emigrante’! Todo el mundo llorando. Ahí es donde se demuestra lo que es un clásico. Ahora, de eso no se acuerda nadie, claro. Mi lema siempre fue el mismo que el de la Metro Goldwyn Mayer: Ars Gratia Artis. Hasta fuimos pioneros con las hamburguesas, mucho antes del McDonald’s. Y eran mejores”. Luego, cuando lo interrogan sobre sus vínculos con el narcotráfico, responderá algo que quizás aquí también suene: “Mire usted, si yo llego a alcalde, acabaré con las drogas. Y con los drogadictos. Quiero decir, pondré a los drogadictos a picar piedras. Se habla mucho del crimen organizado: ¿por qué el Estado no se organiza mejor? A eso debemos contribuir todos”.

De eso también se sabe aquí: muchas veces hablar, en los medios, resulta otra forma del silencio.

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