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Domingo, 29 de mayo de 2011

La escena del crimen

Un crimen en un country. En su nueva novela, Claudia Piñeiro vuelve al escenario de Las viudas de los jueves, esta vez más curtida, más interesada en los lenguajes que desde el periodismo y la literatura narran las relaciones entre el poder y la sociedad.

 Por Luciana De Mello

Claudia Piñeiro lo hizo de nuevo: un relato policial con asesinato en country y 345 páginas que se leen al compás propio del suspenso, como si se estuviera viendo una película. Una trama ajustadísima, personajes entrañables, diálogos que remarcan un trabajo de escritura y un oído para rescatar los modos de decir en Buenos Aires 2011 son sólo algunos de los méritos que van a hacer de esta novela otro best seller para la colección de Piñeiro. Y no son los únicos. Betibú se interroga –desde la puesta en escena de la resolución de los asesinatos– acerca de la naturaleza del crimen y la complicidad colectiva dentro de una sociedad donde los medios de comunicación se encuentran alineados con intereses políticos más-menos partidarios, y donde las fuerzas de seguridad funcionan como gestores del crimen organizado. Hay un tratamiento agudo en la novela respecto al quehacer periodístico, el manejo de la información, y la contraposición de las viejas redacciones donde el oficio se aprendía en la calle, poniendo el cuerpo frente a la noticia, con la información googlera de las nuevas generaciones de redactores.

Betibú. Claudia Piñeiro Alfaguara 345 páginas

Si bien el título de la novela lleva el nombre de Betibú –como el apodo de la escritora protagonista, Nurit Iscar– hay un triángulo de personajes que funciona como un núcleo por donde transcurre la acción. Nurit, una escritora de policiales que ha sido best-seller hasta que una crítica literaria la destroza por completo y entonces la devastada Nurit deja de escribir literatura para ganarse la vida como escritora fantasma. Jaime Brena, un periodista de policiales que trabaja para el diario El Tribuno –donde también ha tenido sus tiempos de gloria– tiene que decidirse entre el retiro voluntario o seguir escribiendo notas bobas para la sección sociedad a donde acaban de pasarlo. Y el pibe de policiales, un joven novato que entró a ocupar en El Tribuno el lugar que fuera antes de Brena, y que aceptará convertirse en su discípulo a medida que vaya comprendiendo el grado de compromiso que la profesión impone. Una vez que se ejecuta el primer asesinato, el camino de estos tres personajes se cruzará para formar un equipo de investigación en el que cada uno deberá tomar partido sobre sus propias vidas, y es en este espacio de lo personal, más allá del seguimiento criminológico de la trama, donde se plantean las discusiones más interesantes de la novela. Y reflexionando sobre el “ser periodista” es que aparece en el discurso de Brena la figura de Walsh. Pero de lo que se habla es del miedo de Walsh, el miedo que debe haber sentido una vez escrita la carta a la Junta, sabiendo que iban a venir por él, sabiendo que esa denuncia sería quizá la última que haría. “Tenemos que pensarlo un poco, dice Brena, a lo mejor se puede decir algo entre líneas, darle una vuelta y contar sin contar, como intentábamos hacer en la dictadura, una escritura en clave. ¿Para quién escribiríamos en clave hoy?, pregunta Betibú. No sé, para quien quiera saber. ¿Y quién es ese que hoy quiere saber? ¿Quién es el que lee las notas que publicamos, las novelas que escribimos? ¿Las lee alguien? ¿Quién?”

Así es como cada uno de los personajes se encuentra en un momento de inflexión, o dan un paso al frente o se quedan como están, la decisión puede estar en la manera de hacer literatura, periodismo, en un aborto, o en volver a intentar una relación. Sin embargo, no todos los conflictos que se plantean en la novela están abordados con la misma profundidad y esto es algo que se percibe como falta, ya que siendo una novela de personajes, como lo es Betibú, los secundarios deberían justificarse mejor, no caer en estereotipos, y eso no siempre sucede a lo largo del relato. La apuesta mayor está en el trío memorable de Nurit Iscar, Jaime Brena y el pibe de policiales, personajes complejos y singulares que se modifican con el transcurso de la historia y de su propio encuentro.

En Betibú, la representación literaria de la ciudad vuelve a concentrarse en el country pero esta vez visto desde afuera, a diferencia de Las viudas de los jueves, donde el country se contaba por dentro, ahora la perspectiva está puesta tanto en los empleados que deben pasar diariamente una requisa hasta las visitas que, aunque ingresen por otra puerta, son consideradas sospechosas hasta que se demuestre lo contrario.

En algún punto, Betibú es también una apuesta fuerte de Piñeiro, una toma de partido también para ella, porque no sólo vuelve al country dando vuelta la perspectiva y exponiéndose a que la encasillen como narradora de country, sino que hay en esta novela, un grado aún mayor de exposición, de observación y de sinceridad que se traduce en el trabajo con el lenguaje, donde cada uno dice lo que tiene que decir, cómo lo tiene que decir, logrando esa precisión natural que hace que las voces de los personajes sigan hablando al cerrar el libro.

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