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Domingo, 26 de junio de 2011

Por mano propia

Rescates > Fue anarquista, conservador y golpista. Probó todos los géneros literarios. Alabó al gaucho y al héroe griego y se mató fundando de paso una estirpe de escritores suicidas. Y sin que suene como una de sus facetas más conocidas, hizo un aporte fundamental al cuento rioplatense. En este sentido resulta muy recomendable la edición de sus cuentos completos que contienen tres volúmenes: La guerra gaucha, Las fuerzas extrañas y Cuentos fatales, un muestrario del más sofisticado y cosmopolita Leopoldo Lugones.

 Por Alejandro Soifer

Si la esfinge de Tebas hubiese sido argentina, bien podría haber planteado su famosa prueba en forma de acertijo: ¿Qué escritor fue anarquista en su juventud, conservador y amigo del régimen en su adultez y rabioso militarista, nacionalista y antidemocrático en su vejez? La respuesta, claro, sería Leopoldo Lugones.

Enigma por su biografía, pero también por una obra literaria brillante que lo transformó en un referente indiscutido de las letras argentinas de principios del siglo XX hasta el ocaso que le llegó de mano de una generación nueva llena de nombres geniales que lo relevaron. Sin embargo, su herencia en forma de una de las cuentísticas más originales que hayan dado nuestras letras, siguen ejerciendo un encanto particular. La reedición por parte de editorial Diada, con trabajo de edición de Martín Artagaveytia, de sus tres antologías de cuentos y relatos, (La guerra gaucha (1905), Las fuerzas extrañas (1906) y Cuentos fatales (1926), así como otros tres cuentos publicados originalmente en el periódico socialista-anarquista La Montaña (que Lugones editó junto a su amigo José Ingenieros en 1897 y duró sólo doce números) y Caras y Caretas permiten una aproximación global a una estética y una sensibilidad que si bien pasadas de moda, ejercieron un influjo magnético en los escritores argentinos durante todo el siglo XX.

Los cuentos de Leopoldo Lugones. Diada 618 páginas

Los primeros tres cuentos antologados permiten conocer al Lugones revolucionario de un modo que había permanecido bastante oculto por sus poemarios y su figura política. El primero de éstos lleva la carga positivista de moda en la época ya en el complejo título: “Epítome de psicología. IV. Conspiraciones”; el relato trata del diálogo que sostienen una escoba y una chinela quejándose de su condición de clase explotada, planificando una revolución socialista como modo de escape. Leído fuera de su contexto resulta un poco inocente y llama a risa. El cuento se completa con “La última carambola” y “Los buscadores de oro” donde Lugones trabaja algunas de sus obsesiones por aquella época: el oro como un metal endiablado que mueve a la avaricia y arruina a los hombres, y la revolución violenta como el único medio de escape para una humanidad condenada.

Luego de estos primeros ensayos de ficciones Lugones publicó La guerra gaucha en 1905. No pueden leerse estos textos sin relacionarlos con la serie de conferencias que el autor brindó en el Teatro Odeón en 1913 y que luego reunió en su impresionante y alucinado El payador (donde justifica que el gaucho, cuyo máximo exponente literario fue Martín Fierro, era descendiente de forma directa del linaje de Hércules, el héroe mitológico griego). Cercano al gobierno conservador y la oligarquía en el poder, Lugones se propone crear con sus relatos e interpretaciones del Martín Fierro una épica que construyera al Ser Nacional sostenida en un gauchaje que para esa época ya era sólo un recuerdo. Influenciado por el modernismo traído al país por Rubén Darío, Lugones encontró en el gaucho el punto exacto de equilibrio entre la admiración y la distancia que le genera el exotismo del hombre de tierra adentro. Los cuentos de La guerra gaucha son pausados, descriptivos, y constituyen pequeños frescos y escenas en las vidas de los soldados en el frente de Güemes. Los gauchos de Lugones son personajes de museo, con unas vestimentas y herramientas de trabajo que poseían nombres raros para la gente de la ciudad (que el autor se preocupa por aclarar en un exhaustivo y extenuante trabajo de glosario) y, a la vez, son hombres de masculinidad exacerbada, predispuestos al sacrificio.

En 1906 el cordobés publica Las fuerzas extrañas, un libro de cuentos donde se puede observar, ya desde el título, una fuerte impronta teosófica y decadentista. El primer cuento del libro y uno de los más famosos, “La fuerza Omega”, presenta a un científico con preocupaciones filosóficas que descubre la potencia mecánica del sonido a la que denomina como el título del relato. Las disquisiciones pseudocientíficas propias del positivismo tardío llenan una narración que se trata de las ensoñaciones que generaban el cruce entre ciencia y ocultismo. Algo de esto perdurará en la narrativa de Roberto Arlt.

Entre cosmogonías imposibles, situaciones extrañas y magia oscura, se destacan tres cuentos más del libro: “Los caballos de Abderá”, típica fábula modernista, con exotismo helénico y caballos-humanos y aburguesados; “Viola Acherontia” con el sueño de un jardinero malévolo de diseñar una flor mortal y por último “Yzur”, con el intento de hacer hablar a un mono, otro tópico producto de la época, fruto de una lectura de El origen de las especies de Darwin hacia el lado de la ciencia ficción. Por otra parte, el semi gótico “Luisa Frascati”, probablemente inspirado en Edgar Allan Poe, introdujo de manos de Lugones también cierta vertiente fantasmagórica en la literatura argentina. El libro resulta fundamental para comprender los primeros intentos de literatura fantástica en nuestro país. Si bien su estilo rimbombante, de poeta intentando escribir prosa resultaba algo excesivo, su influencia y en especial el modo de traer a las letras locales lo moderno en literatura de la época resultaron influencias decisivas para la obra posterior de Silvina Ocampo (que siguió una línea bastante cercana a la propuesta por Lugones en libros de cuentos como La furia o Autobiografía de Irene), en Julio Cortázar y en la dupla de amigos y cultores del género fantástico Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Curiosamente, hay también una clara influencia lugoniana en otros dos escritores que terminarían sus días de un modo similar: Horacio Quiroga, que encontró en Lugones un maestro indiscutido y escribió en “El mono ahorcado”, y Alfonsina Storni que le deben al maestro inspiración, temáticas y –no vamos a atrevernos a decir inspiración– similitud para la muerte por mano propia.

En su último libro de relatos, Cuentos fatales de 1926, los temas fantásticos vuelven a aparecer pero menos sazonados por los tecnicismos pseudocientíficos sino por un halo de, precisamente, fatalidad. Una presencia que ronda los textos para desembocar en una forma de sino trágico. Uno de los relatos más memorables de esta serie es “El puñal” donde mezcla a la orden de asesinos musulmanes del siglo XI, los Hashishim, con una trama de tintes fantásticos. También sobrevivieron el paso del tiempo “El vaso de alabastro” y “Los ojos de la reina” que forman una serie con el primero, con entrecruzamientos de personajes y elementos de sus tramas.

El modo de experimentar con los géneros que estaban de moda en Europa y Norteamérica adaptándolos a las peculiaridades del medio local y su sitial de honor como exponente del modernismo latinoamericano, hicieron de Leopoldo Lugones una influencia ineludible en la cuentística rioplatense. Hoy en día sus ideas, algunos aspectos de sus tramas, se pueden seguir leyendo estilizadas en cuentos clásicos de otros autores. La ocasión de sus cuentos completos permite ver dónde empezó buena parte de la fama del cuento rioplatense.

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