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Domingo, 17 de julio de 2011

Confieso que he volado

 Por Juan Pablo Bertazza

En la célebre y prolífica obra de Pablo Neruda –para García Márquez “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”, para el gran catalogador Harold Bloom “el mejor poeta del hemisferio occidental del siglo XX”– hay lugar para el hit indiscutido, Veinte poemas de amor y una canción desesperada; hay espacio para España en el corazón, la obra de turno sobre la Guerra Civil española, acontecimiento que impactó en Neruda, sobre todo, por el asesinato de su amigo Federico García Lorca; hay una indiscutida obra maestra, Canto General, según el criterio de su propio autor; existe un libro prácticamente ignoto, Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena, a causa de la censura a la que continuamente se vio sometido; una obra póstuma que tuvo más fama que muchos de los libros publicados en vida, Confieso que he vivido; y un libro mítico, Arte de pájaros, publicado por una editorial menor de Chile en 1966, luego reeditado en nuestro país por Alfaguara en 1973 y ahora relanzado en una edición de lujo con letra inmensa e ilustraciones de sus amigos Julio Escamez y Héctor Herrera.

A vuelo de pájaro, este libro tiene casi un valor turístico al permitir sobrevolar el territorio y la cultura chilenas a partir de un viaje tan curioso como fascinante por algunas de las aves emblemáticas de ese país –el cóndor, el chincol y el choroy entre otros– que, además de las distintas catástofres naturales, fue noticia últimamente por la denuncia presentada por el Partido Comunista, que pidió exhumar el cadáver del gran poeta para demostrar que no murió de cáncer de próstata como siempre se dijo sino que fue asesinado, según los testimonios de su chofer personal y de algunos embajadores, a partir de una inyección letal con la que los hombres de Pinochet buscaron evitar que el Premio Nobel de Literatura se convirtiera en líder opositor al régimen del dictador.

Arte de pájaros. Pablo Neruda Losada 230 páginas

Desde poemas autobiográficos (“poeta provinciano,/ pajarero,/vengo y voy por el mundo,/ desarmado,/ sin otrosí, silbando,/ sometido/ al sol y su certeza,/ a la lluvia, a su idioma de violín,/ a la sílaba fría de la ráfaga”) hasta algunos versos herméticos y algo vanguardistas (“De tanto ver y no ver/ el pájaro Corolario/ supe que sí sabía,/ supe que no que no vuela”) este libro que cuenta con prólogo (migración), intermezzo (el vuelo) y epílogo, poemas de largo aliento pero también con algunos poemas tan breves como contundentes (“sobre la nieve natatoria/ una larga pregunta negra” define Neruda al cisne); les canta a pájaros conocidos y a pájaros ignotos, homenajea a pájaros reales y a pájaros imaginarios, con el agregado de que cada uno de estos poemas adjunta además el nombre científico del ave en cuestión, un tecnicismo que brilla en la segunda parte de esta obra, justamente en la sección de aves imaginarias creadas por el autor, entre las cuales se destacan el autoritaurius miliformis –clara referencia a militares de la calaña de Pinochet– y la Matildina Silvestre, nombre de la mujer con la que recién pudo casarse de manera legal en el año 1966, tras la muerte de su esposa anterior Maruca Reyes, cuyo divorcio nunca fue autorizado por la Justicia chilena.

Pero además de constituir un magnífico bestiario avícola, este libro que tuvo su versión en CD con la participación de Angel Parra, quien permite descargarlo de manera gratuita a través de su blog oficial, Arte de los pájaros logra con la lectura algo muy semejante a lo que puede significar viajar en globo o practicar cualquier deporte extremo que implique alturas: una experiencia semejante, en definitiva, a ese sueño tan atávico e irrealizable por parte de los hombres que es llegar a volar, volar de la mano de estos poemas con alas: en general, los comienzos, los inicios de los poemas de Arte de pájaros resultan algo transparentes, tímidos y casi infantiles: “En alta mar navega el viento/ dirigido por el albatros”; “Sentado en el mar el pelícano/ resuelve problemas profundos”; “El mediodía estaba abierto:/ el sol en medio, coronado”. Sin embargo, a medida que despliegan su aliento y sus rimas, estos mismos poemas cambian de piel en el acto y van ganando en complejidad, profundidad y dramatismo, como si imitaran el vuelo de las aves. Así vamos creciendo y también migrando con el vuelo irregular pero armónico de todos estos pájaros hasta aterrizar con sus finales celestiales: “Resbala volando el albatros/ con sus grandes alas de música/ dejando sobre la tormenta/ un libro que sigue volando:/ es el estatuto del viento”; “De pronto el avaro levanta/ su bolsa pesada de peces,/ extiende dos alas de plomo,/ el férreo plumaje enarbola/ y cruza en silencio el silencio/ como una nave religiosa”; “Todo continuó palpitando/ en la pausa de pauta verde/ menos algo, una liebre, un ave,/ algo que volaba o corría,/ algo que existió donde ahora/ hay una mancha colorada”.

Y así como su especie es una rara avis dentro del mundo de las aves, mención y cita aparte merecen el extraordinario poema que Neruda le dedica al pingüino: “Ni bobo ni niño ni negro/ ni blanco sino vertical/ y una inocencia interrogante/ vestida de noche y de nieve./ Fui yo sin duda el niño pájaro/ allá en los fríos archipiélagos:/ cuando él me miró con sus ojos/ con los viejos ojos del mar:/ no eran brazos y no eran alas,/ eran pequeños remos duros/ los que llevaba en sus costados:/ tenía la edad de la sal,/ la edad del agua en movimiento/ y me miró desde su edad:/ Pingüino, estático viajero,/sacerdote lento de frío:/ saludo tu sal vertical/ y envidio tu orgullo emplumado”.

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