satira

El globo feroz

Por Rudy

¿Cómo andamio, lector? Parece que se vienen las vacaciones de invierno, y después, a la vuelta, a los que vivimos en la Reina del Plata se nos vienen, si no cambian los vientos ni nos cubren las cenizas volcánicas, cuatro años más de ictericia. Ojo, no quiero ofender a nadie, ni nada de eso, ictericia es cuando, por aumento de la bilirrubina, la piel se pone amarilla. Y Buenos Aires se está poniendo amarilla. Por favor, no se entienda esto como una crítica a la prensa (el amarillismo no es bien visto) ni, mucho menos, ningún tipo de discriminación hacia nuestros conciudadanos de origen asiático. Para nada. De lo que estamos hablando es del color (no del cielo, ni del mar) del PRO.

Las calles amarillas, las plazas amarillas, las escuelas amarillas, los semáforos tendrán luz verdeamarilla, rojoamarilla, y amarilloamarilla. Por supuesto en los hospitales estará “la cruz amarilla”.

Y en cada esquina, un policía vestido de amarillo nos convidará helados de vainilla amarilla, mientras una joven rubia (o sea de pelo amarillo) nos regalará un globo, y un CD en el que se incluyan “Submarino amarillo”, “Yellow River”, “Bikini amarillo”, “Tengo un tractor amarillo”, “Cartas amarillas”, “Mi agüita amarilla” y más, mucho más.

Va a estar amarilla, Buenos Aires, pero no le pregunten si está enferma, porque se ofende (sin embargo, a cualquier persona uno le pregunta ¿qué te pasa que estás tan amarillo? responde “debe ser algo que comí”).

Si esta columna le parece algo surrealista, lector, tiene usted toda la razón del mundo. Pero no es nuestra culpa, es la realidad que nos supera. Porque más allá de banderas y partidismos, más allá de ideologías y críticas, más allá de gustos, sobre lo que hay tanto escrito, casi la mitad de los porteños decidió subirle la bilirrubina a la Ciudad. Por primera vez varones y mujeres votaron en las mismas mesas y se metieron en los mismos cuartos. Elegimos comuneros, y tenemos 4 años para saber en qué consiste eso, antes de que volvamos a elegir.

Y cuando todo se vuelve intolerante, cuando el debate es a los gritos (tantos, que casi lo tapan al tano Pasman), nosotros, los de siempre, los que no nos rompemos ni nos doblamos (salvo de risa), los que no “felicitamos a quien hace poco era nuestro límite”, ni buscamos el refugio del “plan jefas y jefes de la oposición”, nosotros, digo, seguimos apostando a la risa, al chiste.

Hasta la semana que viene, lector.

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