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Domingo, 18 de diciembre de 2011

Mi primera vida

En su primera novela, Violeta Gorodischer encara un viaje hacia la infancia y la adolescencia para volver a recrear los días vertiginosos en que se forma una persona. Una tierna y por momentos dolorosa inmersión en el desencanto contemporáneo.

 Por Sebastian Basualdo

Nuestra relación con el tiempo, como sucede con todo aquello que el hombre denomina cultura, sólo es posible a través del lenguaje. Los animales viven un eterno presente; sin embargo uno puede advertir con cierto grado de extrañeza el modo en que se agazapan sobre sí mismos cada vez que intuyen la proximidad de la muerte, en la mayoría de los casos, ese confinarse al silencio y buscar el rincón más pausado de la casa tiene toda la fuerza del último gesto voluntario: la noción del tiempo que resta se ha hecho presente y rara vez se equivocan.

“Mamá dijo que si lo veían meterse debajo de la cama lo dejaran: cuando los animales están por morir se ocultan de todo para tener paz”, dice en algún momento la narradora de Los años que vive un gato. Para entonces, el lector ya habrá comprendido que hay una lectura en clave, una inteligente metáfora, un simbolismo abierto como un abanico para abarcar las múltiples direcciones que tiene esta entrañable primera novela de Violeta Gorodischer. Porque por un lado está la mirada retrospectiva de una mujer que parece haber salido en busca de los momentos más significativos de su infancia y adolescencia con esa grave lucidez del poeta que siente que todo sucede una vez y para siempre.

Los años que vive un gato. Violeta Gorodischer Editorial Tamarisco 165 páginas

Elegir el pasado es un modo de resignificar el presente, es cierto; pero Violeta Gorodischer va más lejos cuando se trata de representar las distintas visiones que recrea: logra mediante una prosa sutil y vertiginosa acompañar a la niña en su crecimiento, y no de un capítulo a otro –rudimentaria solución–, sino metiéndose bien adentro en sus mitos y juegos, sus miedos e ingenuidades y la inocencia, sobre todo eso, para que se convierta, en una última instancia, en un reflejo coherente de la adolescente que lleva dentro. De este modo, el recuerdo no funcionará nunca como un mero viaje al pasado, sino como algo mucho más profundo y determinante: llevarse consigo lo más significativo antes de que sobrevenga el desastre. Porque una de las mayores virtudes que tiene Los años que vive un gato es el punto de vista elegido para narrar el derrumbe paulatino de una familia compuesta por un matrimonio gastado, una hija que está recuperándose de una temible enfermedad y un hijo mayor que ha decidido alejarse por temor a enfrentar una verdad que juzga terrible desde la mirada de los otros. “Después dijo que lo único que hubiera querido cuando tenía mi edad era que yo fuera más grande para poder hablarme. Para contarme así, como ahora. Si yo podía entenderlo, me preguntó. Si sabía lo que era el deseo contenido. Me acordé de él a los dieciséis años y se me humedecieron los ojos. Pero lo mío no era emoción sino culpa. Mucha culpa. Porque para mí todos lo habíamos ignorado. Incluyendo a mamá, siempre tan atenta. De repente entendí sus silencios, su eterno mal humor, por qué tenía pocos amigos, por qué casi no se reía.” Tierna y al mismo tiempo compleja en su profundidad temática, Los años que vive un gato logra convertirse en un grandilocuente reflejo de ciertos sectores de la clase media argentina entroncados en sus discursos dominantes y contradicciones ideológicas que la llevan a oscilar entre veranear en Cuba, por ejemplo, y planificar un viaje a Disney más tarde. Violeta Gorodischer, talentosa autora de cuentos aparecidos en distintas antologías como Buenos Aires/Escala 1:1, entre otros, ha escrito una hermosa novela contemporánea, sensible a su época y a sus desencantos; pero, por sobre todas las cosas, consecuente con aquello que alguna vez dijera Sartre: no perdamos nada de nuestro tiempo; quizá los hubo más bellos, pero éste es el nuestro.

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