libros

Domingo, 2 de febrero de 2003

EDGARDO COZARINSKY

SIDRA en el TORTONI

Lugar: calle Florida el 900. Epoca: final de los sesenta (versión porteña). Personajes: Leopoldo Marechal y su esposa Elbia Rosbaco.

Los recuerdo, alguna noche de estreno en el Instituto Di Tella. Parecían felices, algo desubicados pero no incómodos. Ella (poeta cuyo nombre había sugerido a Girri la tan citada frase “mezcla rara de rosa y de sobaco”) lucía su habitual maquillaje intrépido; él, bajo la no menos generosa biaba de La Carmela, le había pedido prestada alguna asistencia cosmética. Avanzaban, sonrientes, apenas vacilantes, entre la horda de jóvenes reales o fingidos refugiados en el inmenso hall adonde siempre se esperaba que no llegara la policía de Emilia Green de Onganía (que había hecho prohibir Bomarzo, ¡de Manucho!, en el Colón), lista para detectar el perfume de la cannabis sativa o una cabellera demasiado hirsuta, cuando no alguna forma de subversión vestimentaria.
Tras años de ostracismo político y estético, Marechal había asistido, encantado pero lúcido, a los esfuerzos asociados de Primera Plana y la editorial Sudamericana para lanzar El banquete de Severo Arcángel como una obra maestra de la familia de Rayuela. Todo conspiraba para otorgar al olvidado poeta de Días como flechas el efímero prestigio de lo postergado y redescubierto: la mala leche de la reseña de Adán Buenosayres que González Lanuza había publicado dos décadas antes en Sur y el contemporáneo aprecio del incipiente Julio Cortázar. Más cerca: la visita ritual a Cuba y la prohibición de la crónica resultante. Su mismo peronismo lo hacía objeto de curiosidad, en un momento en que el movimiento, aun no declinado en Montoneros e Isabel Martínez-López Rega, aparecía como algo pretérito y no se podía sospechar que iba a dirimir su “interna” en guerra civil.
Lo recuerdo esa noche junto a su indisociable musa. Había en ellos algo conmovedor pero no patético. Eran, si se quiere, such darling dodos, pero estaban tan contentos de estar allí, entre ese público tanto más joven, reconocidos por muchos, saludados por algunos. ¿Qué noche era? Se me confunden tantas ocasiones parecidas. ¿Habrá sido la première de Orquídeas para Tina muerta de Marcos Arocena y Robustiano Patrón Costas? La obra empezó tardísimo, esperando la llegada, anunciada pero que muchos no creían posible, de Dulce Liberal Martínez de Hoz. Finalmente la legendaria beauty apareció, sin edad y sonriente, del brazo de Arocena padre; la representación pudo empezar y se asistió al debut de Juan José Camero como una especie de Philip Marlowe a la vez cimarrón y decadente. Pocos años más tarde, Marcos sería un “desaparecido” más y Robustiano se mudaría permanentemente a Ibiza.
Hoy El banquete de Severo Arcángel, menos masacote que el posterior y desganado Megafón o la guerra, ha ingresado en el limbo de esos mamotretos que sólo leen estudiantes de letras huérfanos de tema de tesis. Pero aquella noche sin fecha precisa, pero fechada precisamente en el entusiasta, miope, aluvional ocaso de los sesenta porteños, Leopoldo y Elbia cruzaron con pasos cortos y miradas agradecidas el hall del Di Tella, huéspedes ocasionales de un momento y un lugar ajenos. Y tal vez todos los que estábamos allí fuéramos huéspedes no menos ocasionales, y profundamente ajenos, de algo que aun no sabíamos nombrar.

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