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Domingo, 1 de abril de 2012

Criaturas salvajes

Un cuento de hadas trasladado a Alaska no puede sino recrear la leyenda de una niña de nieve. El amor puede derretirla, pero la novela de Eowyn Ivey salta el cerco romántico y plantea una reflexión sobre la maternidad y la sumisión de la mujer frente al hombre.

1920 es el año de oro del folklore ruso, cuando los formalistas se concentraron en recopilar y estudiar los cuentos de hadas y las leyendas populares eslavas para poder darle forma a una teoría del género, que Vladimir Propp desarrolló en su famoso estudio Morfología del cuento. Pero a estos años de oro le siguió Stalin y su Asociación Rusa de Escritores Proletarios, dedicada a censurar todo tipo de estudios literarios que incluyeran en su programa textos del folklore, que según el nuevo régimen, podrían en su estructura avalar y hasta incentivar las viejas formas culturales y económicas del régimen zarista. La niña de nieve es la primera novela de Eowyn Ivey y está basada, o mejor, es una relectura de Snegurochka, un personaje de los cuentos de hadas rusos. En uno de estos cuentos, la doncella de nieve es hija de la primavera y de la helada. Criada por un humano, un viejo pastor que puede darle todo menos la posibilidad de sentir amor, Snegurochka recurre a sus madres quienes se apiadan de ella y le conceden ese don. Pero, al hacerlo, también la están condenando a muerte, ya que una vez que la doncella se enamora, su corazón se calienta y Snegurochka se derrite. A lo ruso: nada de final feliz ni siquiera en las historias de hadas. Todo lo contrario, Stalin no estaba tan errado al desconfiar del contenido subversivo de los cuentos folklóricos, ya que como argumenta Rosemary Jackson en Fanstasy: Literatura y subversión: “El fantasy se interesa en los límites, en las categorías limitadoras, y en el proyecto de su disolución. Subvierte de este modo los supuestos filosóficos dominantes que entienden la realidad ‘como una entidad coherente y simplista’”.

En consonancia con el año de oro del folklore ruso, La niña de nieve transcurre en 1920, en Alaska, tierra natal de Eowyn Ivey. La novela relata la historia de un matrimonio de edad avanzada que ha perdido a su bebé hace ya más de diez años. El dolor de la pareja hace que dejen todo atrás para recomenzar su vida, aprovechando la tierra que este nuevo Estado ofrecía a aquellos granjeros que se instalaran a combatir el clima y cultivarla. Un día de invierno, el matrimonio comienza a ser visitado por Faina, una niña con escarcha de hielo en sus pestañas y que es capaz de sobrevivir sola en el bosque a temperaturas inhumanas. Pronto se convierte en la hija que nunca tuvieron, pero las visitas durarán hasta la primavera, cuando la niña desaparecerá para volver a aparecer con las primeras nevadas. La anciana recuerda la leyenda rusa de Snegurochka y, al releerla, cree entender la esencia de Faina: ella es la hija de la nieve y no una niña humana como su marido piensa.

Al igual que la princesa Mononoke –el personaje épico de Hayao Miyazaki– la doncella de la nieve es una niña tan hermosa como salvaje que comparte su esencia con el paisaje que la rodea. Vive en la cima de una montaña y sobrevive a los inviernos de Alaska con la única compañía de un zorro rojo que le hace de guardián. Esta heroína es una experta cazadora que no sólo posee conocimiento y control sobre la naturaleza hostil de la que forma parte, sino que también puede enamorarse. Y en este giro de la historia es que se subvierte la lectura de la primera leyenda. La doncella de la nieve no muere por amor, no se derrite frente al hombre que ama, sino que es el planteo de la maternidad ligado a la muerte lo que estructura la trama circular de Ivey, donde el estigma del fracaso por la no maternidad recae sobre la mujer anciana como un lugar vacío que encontrará su contraparte en el personaje indómito de Faina. “Pero ¿quién es ella?, es una criatura salvaje... Cuando esté atada por un bebé llorón y una montaña de platos sucios ¿qué hará?, ¿tendrá la suficiente paciencia para ser una esposa y una madre?” Eso se preguntan las mujeres que acompañan a esta niña indomesticable en una novela con nombre de cuentos de hadas, donde hay hombres que crían solos a sus hijos, mientras que la figura de la doncella es una niña con manchas de sangre en las manos.

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La niña de nieve. Eowyn Ivey Grijalbo 394 páginas
 
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