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Domingo, 10 de junio de 2012

Mea culpa

El escritor catalán Jaume Cabré retoma una ambición novelística que ya no parece de esta época. Con este gran mérito a cuestas, lleva adelante la historia familiar de un niño de la posguerra española en cuyo centro late la culpa, y suena la música de un violín inolvidable.

 Por Martin Kasañetz

Jaume Cabré parece ser uno de esos escritores que atrasa, pero en el buen sentido. Mientras el mercado literario apunta a la literatura light de tonos más bien neutros, este escritor catalán se sumerge en el proyecto ambicioso de una obra multifacética y desmesurada de más de ochocientas cincuenta páginas que, contra todo pronóstico, se transforma en un vendedor imparable, adictivo. En la monumental Yo confieso intervienen más de un centenar de personajes que se sitúan en múltiples escenarios y épocas de Europa –como ser Roma a principio del siglo veinte o Gerona en los siglos catorce y quince o París de los siglos diecisiete y dieciocho, entre otras locaciones– pero fundamentalmente se centra en la Barcelona de la posguerra para contar la historia de un niño, Adrià Ardèvol, en el núcleo de un hogar disfuncional.

Esta familia está compuesta por su padre –un coleccionista de antigüedades con un pasado de formación religiosa frustrada– que actúa sobre su hijo infligiéndole un mandato extremadamente exigente, obligándolo a estudiar múltiples idiomas y a repetir como un loro palabras complejas frente a las visitas; su madre, una mujer fría que evita cualquier tipo de contacto físico con su hijo y, sobre todo, que jamás interfiere en el trato cruel que el niño sufre de parte de su padre. Por su parte, Adrià posee una gran curiosidad e inteligencia que lo incita a estar muy atento a todo lo que sucede en su casa. Los turbios negocios de su padre y la brutal indiferencia que le proporciona su madre lo llevan a abrazar el mundo de la imaginación con sus dos compañeros infaltables ante cada conflicto: el valeroso jefe arapaho Aguila Negra y el Sheriff Carson, sus dos muñequitos admirados. A medida que crece, Adrià comienza a alejarse de ese mundo infantil y conoce a quien luego será su amigo preferido, Bernat, con el cual comparte el amor por la música y las clases de violín. Aquí es donde Cabré abre la novela en un abanico, por momentos abrumador, de relatos que se proyectan desde la fabricación del violín de colección que posee el padre de Adrià, en el siglo quince, hasta la actualidad. Cabré utiliza la imaginación del niño para seguir el camino de este violín, que actúa como hilo conductor en la novela, hasta la propia vejez de Adrià. Este violín de gran valor llamado Storioni –que también podría haber sido un Stradivarius– ronda por toda la novela atravesando múltiples situaciones y personajes. Un giro argumental clave en el relato es la inesperada muerte del padre de Adrià. La realidad de este niño cambiará inesperadamente, dejándolo saturado de preguntas y con un sentimiento de culpa que forjará su personalidad y transformará para siempre la relación con su entorno, asumiendo –a la fuerza– una nueva adultez en su vida: “Me parece que mi madre no volvió a verme nunca más desde entonces. Seguro que había averiguado que toda la culpa era mía y por eso ya no quería saber nada de mí”.

El personaje central de esta novela parece necesitar de algún perdón para remediar aquello que interiormente lo atormenta. Dentro de la religión católica la confesión es la manera de liberar el sentimiento de culpa, por medio del arrepentimiento y la oración –a modo de catarsis– se obtendría la absolución del pecado. Yo confieso parece ser una larga oración que abarca los temas no resueltos, tanto individuales –dentro de una familia– como de la humanidad con el pasado, desde hechos puntuales como la Inquisición y el nazismo, hasta la continua y sangrienta lucha por las fronteras y las religiones, estableciendo un estudio meticuloso y exageradamente detallista, que parte de la singularidad de varios hechos sucedidos en Europa, hasta la universalidad de la historia del alma humana.

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Yo confieso. Jaume Cabré Destino 859 páginas.
 
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