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Domingo, 17 de junio de 2012

Animales sueltos

Se volvió célebre y un tanto perseguida cuando en los años ’90 publicó la historia de una mujer que se convertía en chancha. Ahora se publica una completa y heterogénea recopilación de cuentos que Marie Darrieussecq fue escribiendo en distintos medios por encargo y para diversas antologías.

 Por Laura Galarza

Marie Darrieussecq, que nació en Bayona en 1969, viene cada tanto a la Argentina. La última vez fue en junio del año pasado, para el estreno de la versión teatral de su primera novela, Truismes (1996), traducida como Chanchadas. La obra se presentó en el San Martín antes que en el Théâtre du Rond Point de París, en ambas ocasiones dirigida por Alfredo Arias. Ahora, El Cuenco de Plata apuesta a la publicación de Zoo, una recopilación de relatos escritos por ella a lo largo de veinte años, intercalados en su vasta obra (escribe a razón de un libro cada 18 meses). Pero no se puede hablar de Darrieussecq sin hablar antes de Chanchadas. No sólo porque en Francia vendió más de 300.000 ejemplares y el director Jean-Luc Godard adquirió los derechos para llevarla al cine. También porque en su momento armó bastante revuelo: algunos lectores llegaron a enviarle vello púbico por correo. La novela –de tinte fantástico y humorístico con un toque erótico– trata de una mujer que se va transformando en cerdo. El éxito de Chanchadas marcó un antes y un después también en la vida de Darrieussecq: “A los pocos meses de haber salido publicado Truismes me fui a Buenos Aires. El efecto que produjo la novela fue tan impresionante que necesité tomar aire. Saqué entonces dos pasajes para la Patagonia porque era algo que soñaba”. La frutilla del postre de la anécdota es que durante el reportaje que diera a Página/12 en ocasión de su última visita, Darrieussecq confesó entre risas que en el medio de ese viaje le dijo a su marido que quería separarse.

En uno de los relatos de Zoo (“Nadie se borda las piernas todos los días”) las mujeres de la familia tienen un don: el de saber bordar el cuerpo, el propio y el de otras mujeres. “Bajo los vestidos largos, se bordaban un par de ligas”. Leído como metáfora, alcanzaría para definir este compilado de relatos de Darrieussecq: de lo femenino como marca. En varios de los relatos de Zoo los personajes quedan atrapados en situaciones siniestras gracias a los consejos de una madre. Como en “Navidad entre nosotros”, donde la madre le cede a la hija su casa de campo: “Te va a hacer bien cambiar de aire”, le dice, porque no comprende lo que la está haciendo infeliz. O en “Conociendo a los monos”, donde una escritora pasa sus vacaciones en la casa de su madre mientras ella está de viaje y cuida de su mono, con quien termina teniendo una curiosa relación. En “La rondadora”, otra escritora se aísla en un chalet en las montañas y recibe en medio de una noche tormentosa la visita de una extraña. “My mother told me monsters do not exist” (quizás el mejor logrado de los relatos) cuenta el día en que una mujer encuentra colgando de la cortina de su departamento un bicho, que no logra definir si es una rata o un murciélago. Darrieussecq va siguiendo a la protagonista con un nivel de detalle exasperante, hasta que rendida, esta mujer sola y acorralada, termina comprándole una cucha.

Zoo. Marie Darrieussecq El Cuenco de Plata 200 páginas

De lo siniestro, los relatos de Darrieussecq saltan a cierta reivindicación feminista de mujeres “impenetrables” que, por ejemplo, simulan los orgasmos (“Simulatrix”). Aunque si se lee mejor, en el fondo todas ellas esconden una gran desolación: “Seguro que había que remontarse muy lejos en el tiempo para encontrar algo semejante a un principio de ella, sola, aún no formateada, quizá completamente vacía”, En “Aún aquí, después de la cesárea”, la protagonista no vuelve a ser la que era. La niña está “atravesada” dentro de ella. “No va a pasar”, dice el médico. “¿Cómo se las arreglaban antes?”, se pregunta. “En algún lado leí que las cesáreas las hacían sin anestesia ni antibióticos, y que la madre se las arreglaba como podía. Le planteaban al padre la disyuntiva: `La madre o el hijo’. ¿Alguno habrá elegido el hijo? ¿Se sabe de algún caso semejante?” El resto de los relatos de Zoo resultan algo desparejos. Tanto en eficacia como en profundidad. Quizá porque el orden pareciera no responder a un corpus, quizá porque varios fueron escritos y publicados por Darrieussecq para medios bastante heterogéneos de Marie Claire o Vogue a Inckorruptibles, y, como ella admite, nunca escribe relatos si no es por pedido. Algunos fueron inspirados en muestras de pintura o fotografía. Lo dice la misma Darrieussecq a pie de página: “A veces escribo para los artistas. Busco un equivalente de palabra a su trabajo plástico”. En cambio otros formaron parte de antologías, o fueron novelas a medio camino. Esta disparidad de “demandas” a las que parece responder la autora, sumado a los homenajes (como “Vecinos” a John Lennon), más los relatos que tienden al ensayo, o juegan con el tema de la clonación, termina afectando la consistencia global de la obra.

De todas maneras la apuesta de Cuenco de Plata por dar una versión diferente de la autora después de transcurrido el tiempo y más allá de Chanchadas, deja un balance positivo. Sumado a la impecable traducción de Lil Sclavo, que con expresiones como “laburo a lo bestia” o “estoy con los nervios de punta”, juega a favor de la espontánea e irreverente voz de Darrieussecq.

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