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Domingo, 24 de junio de 2012

La noche de las confesiones

Ganadora del Premio Alfaguara, Una misma noche, de Leopoldo Brizuela, enlaza dos tiempos y dos hechos diferentes, dos noches indudablemente conectadas por un pasado y una historia reciente que no se termina de retirar del horizonte. La dictadura, los operativos nocturnos, los negociados y, sobre todo, el miedo de entonces, sirven de base para preguntar por las condiciones del horror, en una novela que no elude interrogantes y se propone ser incómoda.

 Por Angel Berlanga

Una misma noche alude y conecta, en realidad, a dos noches. La más cercana en el tiempo está fechada en lo que antecede a la madrugada de un domingo de marzo de 2010: Leonardo Bazán (el narrador) saca a pasear a su perra y ve a un tipo sospechoso –que relojea la llegada de alguien–, al que acompañan otros tres dentro de un auto; rato después, ve estacionado frente a su casa a un patrullero de la Policía Científica. Y al día siguiente se entera de que a los vecinos de la casa de al lado les entraron: un grupo bastante educado, conocedor de sistemas de alarmas y etc. esperó la llegada del hijo del matrimonio que vive ahí y se mandó al atraco. Una madre, un padre, un hijo y una patota: el suceso da entonces relumbrones a aquella otra noche de la primavera de 1976, cuando a su hogar le llegó aquel otro grupo, armado con Itakas, que bajó de un Torino naranja. A los muchachos les interesaba, también, la casa de al lado, donde por entonces vivían las Kuperman, así que con la guía de papá Bazán hacia los fondos, cruzan la medianera. Y Leo evoca algo que nunca se atrevió a contar: que en ese momento él se puso a tocar el piano. Arte y terrorismo de Estado.

–Lindo –le dijo uno del grupo de tareas, cuando terminó.

Es que Una misma noche alude, en realidad, a la interminable noche del terror. Porque ocurre que esta vez, como aquélla, por recelar de los vecinos de la cuadra y por desconfianza, el protagonista también se calla. “Si hubiera tenido que declarar”, dice cada tanto, pero no lo hará. Y no lo harán tampoco sus vecinos. “¿Te das cuenta de que en otro país, o alguien de otra generación habría actuado distinto? –se sincera con un ex alumno– ¿Dónde aprendí a callarme? ¿Y dónde aprendieron estos ladrones de ahora a actuar como los otros?” No declarará, entonces, pero sí se pondrá a escribir (ahí se siente superior, presume). Así que escribe. La Bonaerense y sus paras son la continuidad del terrorismo de Estado: “A pesar de los avances de los derechos humanos, el ‘aparato represivo’, o ‘el crimen organizado’, como quiera llamársele, sigue igual”, sostiene Leo, escribe Brizuela.

–Ahí tenés una novela –le dice Miki, el ex alumno, kirchnerista, hijo de un guerrillero asesinado en el ’76 y de una mujer que, en la actualidad, dirige un centro de la memoria en la ESMA.

Una misma noche. Leopoldo Brizuela Alfaguara 279 páginas

Y así es que, enlazados esos dos momentos, Leo empieza a tirar de los piolines de la novela, de la memoria, de la historia y del sueño: en esas cuatro partes se organiza Una misma noche, que avanza en capítulos desde la A (esos dos eslabones) a la Z (el rectángulo negro del final) y va y viene, salta, a la vez, entre pasado y presente. Así, por ejemplo, reflotará la matriz del trato de su padre a su madre y descubrirá que él, un marino formado como cadete en la ESMA en los años ’30, aparece en la foto del cortejo fúnebre de Hans Langsdorff, el capitán del Graff Spee, aquel acorazado nazi que fue bombardeado en el Río de la Plata y finalmente hundido frente a Montevideo. Y recordará haber visto, aquella noche, a su padre saltando la medianera y pateando la puerta del fondo de las Kuperman. “¿Y si el odio que mi padre sentía por los judíos se lo hubieran inculcado en la ESMA?”, se pregunta Leo.

Habrá que decir ya mismo, para acomodar el tono que trae esto, que Una misma noche es una novela muy incómoda. Diana Kuperman era, cuenta el narrador, secretaria de Jaime Goldenberg, “mano derecha de David Graiver”, y rumbo a Buenos Aires tienen uno de esos “accidentes”: son secuestrados y torturados. Leo da cuenta de cómo alumbra su historia el anuncio de la Presidenta del reflote del caso Papel Prensa, y la declaración de Lidia Papaleo (viuda de Graiver) en torno de la persecución y del apriete de Héctor Magnetto para que firmen la cesión de la empresa a Clarín, La Nación y La Razón. Y también narra el calvario de Diana, secuestrada durante dos años en condiciones bestiales, su intento de acercarse a ella –que quiere rehacer su vida– y su declaración en los Juicios de la Verdad: creía, el grupo de tareas que la tenía, que era montonera. O bueno, por las dudas. Interesaba la plata de los Graiver, devenida presuntamente del secuestro de los Born. Montoneros, otra vez: la chica que lo guía en un recorrido por la ESMA subrayará que la organización ajustició al general Aramburu, y no que lo asesinó –ese lugar común, piensa Leo, que asiste para ver el lugar en el que se formó su padre, en el que estuvo Diana–. “Necesito concentrarme en lo que alguna vez creí –dice, ahí–. Conectarme con este sitio donde fueron torturadas tres de las creadoras del grupo de Madres, las que no se habían propuesto cambiar el mundo, las que habían visto irrumpir el mundo en sus casas para llevárselas de pronto a conocer su corazón horroroso.”

Incómoda, pues, porque el escritor que narra no hace concesiones y retrata violencias, desprecios y miserias de distintos calibres, latentes ayer y hoy. Están los aparatos represivos y, también, los miedos enraizados y abonados a través del tiempo, a través del recitado de lugares comunes (pero ¿en qué momento eso empieza a ser así? ¿Cómo eso puede empezar a resquebrajarse?). La misma noche late en la violencia del corazón de los hombres, en su poder destructivo, en su impiedad y también en su miedo (y aquí también cabe el narrador).

Leo Bazán comparte con el autor, además de las iniciales, la fecha de nacimiento, el oficio y el sitio de pertenencia, Tolosa, La Plata. “Los protagonistas de esta novela son puramente imaginarios –anota al final, en el cuaderno de bitácora–. Aunque enmarcadas en sucesos históricos reales, y en espacios existentes y perfectamente reconocibles, sus historias son también ficticias. Las eventuales semejanzas deberán ser consideradas coincidencias.”

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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