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Domingo, 7 de octubre de 2012

El rastreador

Gustavo Malajovich dejó de ejercer la arquitectura para dedicarse de lleno a escribir guiones, entre ellos varios de la recordada serie Los simuladores. Pero no paró ahí su vocación por escribir. Se sumergió en una novela, El jardín de bronce, que terminó resultando la primera entrega de una saga protagonizada por un hombre que descubre su vocación de investigador a partir de un primer caso que lo tiene como actor dramático: la desaparición de su pequeña hija.

 Por Natali Schejtman

Gustavo Malajovich es arquitecto. Pero dejó de ejercer la profesión cuando empezó a trabajar en televisión, formando parte del equipo de guionistas de Damián Szifrón para la recordada serie Los simuladores. Metido de lleno en la actividad de guionista y con una noción muy aceitada de lo que es una historia atractiva, suele distribuir sus ideas narrativas en proyectos de largometrajes, series de televisión y literatura. La trama de su primera novela –que es a su vez el inicio de una saga– fue motivada por una ensoñación pesadillesca de su faceta no (sólo) de guionista, ni de arquitecto, sino de padre, cuando viajaba con su hija en subte y se le figuraba una imagen llena de miedo e impotencia: ¿qué pasaría si, al bajar del subte, él descubriera que su hija se había quedado adentro? Esa ominosa inquietud disparó uno de los principales ejes de El jardín de bronce. Fabián Danubio, rastreador, caso Nº 1, una novela adictiva y cinematográfica en la que el padre de la nena de cuatro años, Fabián, convierte la desesperación en motor de una búsqueda llena de vericuetos.

¿Cuándo fue que empezaste con este proyecto de novela y de saga?

–La idea del rastreador estaba anotada como germen de una serie de novelas. En la inicial, un individuo sufría en carne propia la desaparición de un ser querido, y al emprender su búsqueda obtenía un saber que luego lo capacitaba para resolver otros casos. No recuerdo desde cuándo tenía guardada esa idea pero, en 2008, Marcelo Panozzo, editor de RHM, estaba buscando ideas para instalar una serie de novelas policiales. Se contactó conmigo, le conté sobre Fabián Danubio, y se enganchó. Lo primero que armé, antes de ponerme a escribir la novela, es lo que un guionista llama outline o tratamiento. Son unas 25 carillas con los puntos dramáticos, los avatares de la novela. Para mí era un paso muy fuerte entrar a la escritura literaria y encima a una novela.

El libro tiene un manejo notable del suspenso y la tensión que lo hace adictivo. ¿Cómo lograste tanta precisión en este recurso?

–Planifiqué la novela teniendo en cuenta esta necesidad de no soltar al lector. No es algo fácil de lograr, y más en la literatura, en donde hay una tentación de pasear y demorarse en las palabras más fuertes que en un guión. Una trama es como armar una carpa de camping muy larga, en la cual todos los sostenes deben evitar que la carpa se destense y se desinfle. Eso lo aprendí en mi trabajo como guionista. A la trama hay que sostenerla dramáticamente. Otra imagen interesante es la de un jugador de pool o billar que lanza la bola para que golpee a otra que a su vez golpea a otra. Cada momento de un relato debe empujar hacia el siguiente.

Además del procedimiento de escritura, ¿notás que el libro tiene la influencia de lo cinematográfico?

–Las referencias narrativas tanto de la literatura como del cine están siempre presentes en mí. Podría detectar tres vertientes en las influencias fílmicas de la novela: el relato policial, el relato fantástico y el melodrama. Creo que puedo sintetizar todo con la mención de un director argentino que en su obra de alguna manera juntó las tres vertientes mencionadas: Carlos Christensen.

¿Cómo afectó en la escritura de El jardín de bronce la idea de que era parte de una “saga”?

–Me obligué a pensar que la primera novela presentaría la formación del héroe central. Como el primer caso lo sufre en carne propia, Danubio no podrá desprenderse ya de algunos oscuros fantasmas. Y también se verá impelido a desentrañar otros casos de desaparición. La tragedia sufrida al mismo tiempo parece haber activado en él una vocación que llevaba oculta.

La serie está pensada para que los casos de cada novela sean autónomos, pero también habrá líneas de continuidad que construirán un arco de conflicto más general.

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Imagen: Xavier Martin
 
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