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Domingo, 4 de noviembre de 2012

Viaje al fin del cinismo

Karl Ove Knausgard era un correcto escritor noruego de vanguardia, un poco raro y otro tanto decoroso. A raíz de la muerte de su padre quiso escribir una novela breve, y un bloqueo narrativo lo llevó a las insondables aguas de un proyecto titánico cuyo eje era su yo, su propia vida. El primer volumen, La muerte del padre, causó una verdadera conmoción en su país, mezclando literatura y reality. Pero quizá lo más importante es que retomando una postura romántica a ultranza, Knausgard haya salido del terreno de la ironía posmoderna para plantear una auténtica búsqueda de la trascendencia en el arte.

 Por Mariana Enriquez

En 2009, Karl Ove Knausgard era un escritor prestigioso y distinguido en su país, Noruega. A los 30 años –en 1998– debutó con Fuera del mundo, una novela que ganó el Premio de la Crítica; en 2004 también fue aplaudido por Un tiempo para todo, extraña nouvelle mística sobre ángeles y un teólogo renacentista. Después de estos dos libros, cuenta Knausgard, sufrió un clásico bloqueo. Quería escribir una ficción alrededor de la muerte de su padre, pero no conseguía siquiera un borrador que lo conformara. Hasta que probó con un método torrencial: sencillamente contar su vida con técnicas narrativas de novela; contarla en el más mínimo y banal detalle y con un método de máquina de narrar: escribir alrededor de veinte páginas por día, corregir poco, no mirar atrás, publicar de inmediato. Llegó a las 3500 páginas. El primer volumen, publicado en 2009, provocó un escándalo desorbitado. Por un lado, se tituló Min kamp (Mi lucha en noruego), intencional y provocadora cita a la autobiografía de Adolf Hitler que, en castellano, se decidió reemplazar por el más genérico y otoñal La muerte del padre. Por otro lado, los noruegos se lanzaron golosamente a comprar las confesiones del hasta entonces discreto y elegante autor: para 2011, cuando se publicó el sexto y último volumen, la autobiografía había vendido 500 mil ejemplares, cifra pasmosa en un país de apenas cinco millones de habitantes. Los tíos de Knausgard amenazaron con demandarlo por el retrato despiadado que hace de ellos, de la abuela, del propio padre; la primera esposa, protagonista del segundo volumen, ejerció su derecho a réplica con varios programas de radio sobre el tema –ella es periodista–; algunas empresas y oficinas declararon “días libres de Knausgard”, eufemismo para prohibir que sus empleados perdieran tiempo discutiendo el libro. Mientras tanto, la saga se traducía a quince idiomas, Karl Ove se convertía en un hombre rico y cierta crítica internacional comparaba su obra con Céline, Proust y Benjamin. Otro sector crítico, sin embargo, la evaluaba con sadismo y desprecio, la consideraba explotación, la versión literaria de un reality, una vuelta de tuerca elegante a la intimidad como mercancía.

Desde lejos, la controversia sobre la vida privada y los problemas familiares de Knausgard resulta irrelevante. Es extraño, sí, que un libro tan tenebroso como La muerte del padre haya resultado un éxito de ventas, pero ése es un problema para la sociología noruega. Desde aquí, la saga puede leerse como lo que es: una enorme Bildungsroman, una autoficción desesperante, a veces tediosa, que intenta conjurar la muerte y al mismo tiempo dar cuenta del proceso de escritura. Escribe Knausgard: “Escribir es sacar de las sombras lo que sabemos. No de lo que ocurre allí, no de qué clase de actos se realizan allí, sino del allí en sí. Ese es el lugar y la meta de la acción de escribir. ¿Pero cómo llegar hasta ese punto?”.

Toda esta autobiografía novelada es una respuesta a esa pregunta. Comienza con una larga reflexión sobre la negación de la muerte. Pronto se desvía hacia la propia familia, cómo sus hijos le impiden estar solo, cómo interfieren con lo único que de verdad le importa: “Cuando lo que me ha mantenido en marcha durante toda mi vida de adulto, la ambición de llegar a escribir algo grande algún día, resulta amenazado, mi único pensamiento es que tengo que huir... Se me saltan las lágrimas cuando veo una hermosa pintura, pero no cuando miro a mis hijos. Eso no significa que no los quiera, sólo significa que el sentido que proporcionan no puede llenar una vida. Al menos no la mía”. Esa es su lucha, dice, la que cínicamente cita en el título, una provocación que también es honesta –porque Knausgard no niega, al contrario, que esté profundamente obsesionado consigo mismo–.

La muerte del padre. Karl Ove Knausgard Anagrama 499 páginas

Desde allí, toda la primera parte es una larga evocación de su adolescencia: el padre aparece desenfocado, hundiéndose lentamente en la depresión después del divorcio, distante y poco cariñoso, casi cruel. Esos años de artista adolescente, narrados en detalle enloquecedor –una noche de Año Nuevo tratando de llevar clandestinamente cerveza a una fiesta toma unas setenta páginas– son el prólogo para la aplastante segunda parte, cuando Karl Ove y su hermano deben encargarse del funeral de su padre, que bebió hasta morir encerrado en la casa materna, junto a su madre, también alcohólica, ya senil. Los hermanos, mientras organizan los detalles del funeral, lidian con el duelo limpiando la casa, que está llena de botellas y excrementos y mugre y vómito y comida podrida; una casa que es una vida destrozada. Y mientras limpia, Knausgard entra en digresiones: el paisaje de los fiordos, los bosques, el mercado de pescado, Munch, su primera novela, el estudio de diseño de su hermano, Rimbaud, Pixies, la lluvia de verano, las moscas, ir a comprar comida, una entrevista con Kjartan Flogstad –uno de los más famosos escritores noruegos– hecha para el diario de su escuela secundaria, el ser del arte, hacer café, tomar alcohol. Todo entra en La muerte del padre: lo moderno y lo posmoderno, lo sentimental y la descripción seca, la frase extensa y el diálogo minimalista, lo general y lo metafórico, la narrativa y el ensayo. Y todo es tratado con la misma seriedad: si el acto casi reflejo de un escritor cuando elige lo autorreferencial es la ironía, en Karl Ove Knausgard hay una decisión intencional de evitarla; escribe Boyd Tonkin en su reseña para The Independent: “Su arte está en guerra con la ironía y la indiferencia, con la distancia. En esencia, va en busca de lo sublime, es un romántico que atraviesa los dominios modernistas del pastiche, la alusión y la subversión”. O como él mismo escribe en el excelente prólogo de la segunda parte, cuando se emociona hojeando un libro del pintor Constable: “El arte de nuestra época, el arte que tendría que ser el que regía para mí, no consideraba valiosos los sentimientos generados por una obra de arte. Los sentimientos eran inferiores, o incluso un subropducto indeseado, una especie de residuo... Tampoco tenía ningún valor la imagen que reproducía la realidad de un modo naturalista, sino que era considerado algo ingenuo y una fase superada ya hacía tiempo. Pero en el instante en que volvía a mirar el cuadro, todos los razonamientos desaparecían en la ola de fuerza y belleza que se levantaba dentro de mí. Sí, sí, sí, sonaba la voz. Allí es donde está, allí es donde tengo que ir. ¿Pero qué era eso que yo afirmaba? ¿Adónde tenía que ir?”.

Es el intento de responder esta pregunta lo que saca a La muerte del padre fuera del mundo de los memoirs y lo ubica en un lugar desafiante que reclama, con enorme ambición y melancolía, nada menos que trascendencia –para la obra, la vida y la literatura–.

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