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Domingo, 2 de diciembre de 2012

La mujer desnuda

La flamante publicación en Argentina de Noches azules abre una llave muy personal e inesperada a un secreto muy bien guardado del “nuevo periodismo”, tan identificado con Hunter Thompson, Truman Capote y Tom Wolfe. Se trata de Joan Didion, una escritora norteamericana que al filo de los ochenta años ha sido traducida esporádicamente al castellano y con suerte dispar, que se ha convertido en una cronista con la capacidad de hacer nuevo lo trillado y que también escribió autoficciones sobre hechos muy dolorosos de su vida. En Noches azules, se trata de la muerte de su hija adoptiva, y del dolor y el desconcierto que le produjo.

 Por Rodrigo Fresán

En la portada del muy recomendable libro The Gang That Wouldn’t Write Straight –un esclarecedor perfil de Marc Weingarten, a punto de ser publicado entre nosotros por Libros del K.O. como La banda que escribía torcido, sobre todo lo que significó y continúa significando la “revolución del Nuevo Periodismo”– aparecen, como si se tratara del Monte Rushmore del asunto, los rostros instantáneamente reconocibles de Hunter S. Thompson, Tom Wolfe y Truman Capote. Y tal vez –menos reconocible a primera vista porque no lleva sus características gafas oscuras– la efigie más exótica y más interesante y menos frecuente en nuestras conversaciones de Joan Didion.

Porque, por desgracia, Didion (Sacramento, 1935) ha tenido hasta ahora y en castellano una trayectoria más bien errática. En España se publicó y desapareció su mejor novela (A Book of Common Prayer, 1977, con el desafortunado título de Réquiem para una burguesa en Grijalbo y con el apenas más ajustado Una liturgia común en Global Rythm); en Argentina se arriesgaron con Según venga el juego (1970) y Democracia (1984); y de su abundante obra periodística como cronista nómada con ojos de rayos X se tradujo apenas uno de sus muchos destinos: Miami (1987).

Noches azules. Joan Didion Mondadori 150 páginas

Esto último queda ahora compensado con la antología –preciso destilado local del megavolumen que en 2006 le dedicó la Everyman’s Library– donde Didion se nos presenta como una digna descendiente de Joseph Conrad y V. S. Naipaul. Es decir: la dama y la vagabunda, mirada fría y pasaporte caliente. Alguien capaz de hacer suyo lo extranjero, de lograr que un lugar común como John Wayne se convierta en algo nuevo e inesperado, y de conseguir que una campaña presidencial estadounidense luzca como un paisaje marciano. Aquella que –en la foto de contraportada de la edición original del indispensable Slouching Towards Bethlehem (1968)– aparece caminando entre los hippies del Golden Gate Park de San Francisco como quien contempla y clasifica mariposas de especies raras pero, para ella, inmediatamente comprensibles mientras las atraviesa con cariño pero sin piedad con el afilado alfiler de su prosa.

Todo esto –esa forma de mirar primero y de enseguida ver y hacernos ver– con un estilo único, reconocible a kilómetros, y que tiene sus detractores (el crítico James Wolcott lo definió como “epigramas brotando de una máscara de marfil”) y sus fans (el escritor Bret Easton Ellis confesó que “no hice otra cosa que plagiarla descaradamente en mi Menos que cero”). En cualquier caso, desde aquí se recomienda la lectura previa del ensayo “Sobre tener un cuaderno de notas” a todo aquel con ganas de abrir uno de esos blogs confesionales y solipsistas ibéricos o presentarse como pieza imprescindible del boom neo-cronista latinoamericano.

Y después reflexionar sobre lo que se ha leído.

Y pensar en si se es digno.

Noches azules es la continuación natural y dolorosa –y, para algunos, exhibicionista y ya un tanto explotadora de una misma veta– de El año del pensamiento mágico (2006, en Global Rythm), que acabó de redondear el perfil de tesoro nacional de Didion, le ganó el National Book Award y el National Book Critics Circle Award, fue finalista del Pulitzer, y mutó a exitoso monólogo teatral en la voz de Vanessa Redgrave.

Y si en El año... –poco ortodoxo manual de autoayuda para uso privado– el tema a diseccionar y contemplar por Didion era el devastador efecto residual de la súbita muerte de su marido (el muy recomendable John Gregory Dunne, también periodista y novelista y socio de Didion a la hora de guiones para Hollywood), en Noches azules el dolor y el desconcierto continúan y se potencian con el casi inmediato fallecimiento de Quintana Roo, hija adoptiva de ambos. Así, Didion –otra vez desnuda, expuesta, sin anestesia– opera sobre sí misma y proyecta la memoria invulnerable de ambos fantasmas sobre la pantalla de su propia y crepuscular fragilidad, consciente todo el tiempo de que su tiempo se acaba.

Leídos en tándem Los que sueñan el sueño dorado y Noches azules deberían producir aquí –sería justo y necesario– un efecto similar al reciente y tardío descubrimiento en español de Gay Talese. Uno y otro acaban componiendo un retrato de alguien que, en “El álbum blanco”, uno de sus textos fundamentales –mejor que hable y deslumbre y cierre ella estas líneas–, nos explica que “Nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir. La princesa está enjaulada en el consulado. El hombre de los caramelos se va a llevar a los niños al mar. La mujer desnuda que está en la ventana de la cornisa del piso dieciséis sufre acedía, o bien es una exhibicionista, y sería ‘interesante’ saber cuál de las dos cosas es cierta. Nos contamos a nosotros que no es lo mismo si la mujer está desnuda o está a punto de cometer pecado mortal, o bien si se dispone a realizar una protesta política, o bien si está a punto, en la perspectiva aristofánica, de ser devuelta a la fuerza a la condición humana por el bombero vestido de sacerdote que se entrevé en la ventana detrás de ella, el mismo que está sonriendo a la cámara fotográfica. Buscamos el sermón en el suicidio y la lección moral o social en el asesinato de cinco personas. Interpretamos lo que vemos, elegimos la más practicable de las múltiples opciones. Vivimos completamente, sobre todo los escritores, bajo la imposición de la línea narrativa que une las imágenes dispares, de esas ‘ideas’ con las que hemos aprendido a paralizar esa fantasmagoría movediza que es nuestra experiencia real”.

Punto y aparte y Didion añade:

“O por lo menos lo hacemos durante una temporada.”

Pues eso.

Y nada más que decir y tanto más que leer.

Ahora les toca a todos ustedes.

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