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Domingo, 30 de junio de 2013

Había una vez un pantano

Karen Russell quedó finalista para el Pulitzer de ficción 2012 que, igualmente, sería declarado desierto. Aun así, pudo captar la atención sobre su novela Tierra de caimanes, una historia con familia excéntrica e iniciación adolescente que, entre el gótico y algunos toques de realismo mágico, logra revelarse como una inesperada novela sobre la crisis en los Estados Unidos.

 Por Mariana Enriquez

Hace poco más de un año, en abril de 2012, la junta que entrega el Pulitzer de Ficción decidió que, ese año, el premio quedara desierto. La decisión, polémica, fue un pequeño pero duradero escándalo. Los jurados eran Maureen Corrigan, crítica literaria de National Public Radio y profesora en la Universidad de Georgetown; Susan Larson, editora de la sección literaria del diario Times-Picayune de Nueva Orleans y, más notablemente, el novelista Michael Cunningham, autor de Las horas y Una casa en el fin del mundo. Fue Cunnin-gham quien, enojado, publicó un largo texto en el The New Yorker expresando su disgusto y, sobre todo, defendiendo las tres novelas que el jurado que integraba había elegido como finalistas: El rey pálido, de David Foster Wallace; Sueños de trenes, de Denis Johnson, y Tierra de caimanes, la primera novela de la muy joven Karen Russell. Para “defender” la decisión de ternar la novela de Russell, Cu-nningham escribió: “Como muchas primeras novelas, Tierra de caimanes contenía entre sus notables aciertos cierta falta de cálculo narrativa –la ocasional insistencia en personajes adorablemente extraños, ciertas escenas que deberían haber sido más sutiles–. ¿Un Pulitzer era demasiado para este esfuerzo? No lo creímos así. Consideramos a esta novela la aparición de un escritor importante y sus aciertos son ciertamente maravillosos. Hubo otras primeras novelas que ganaron un Pulitzer, como Matar a un ruiseñor, de Harper Lee o La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Uno ciertamente no busca perfección en una novela o el nivel de control que suele venir con la experiencia, con más práctica. Uno busca, más que nada, originalidad, autoridad y potencia. Tierra de caimanes tiene las tres cosas. Y en abundancia”.

La valoración de Cunningham es justa y precisa. Karen Russell, que tiene 33 años y creció en Miami, fue muy discreta con respecto a este no-Pulizter; la visibilidad le sirvió, sin embargo, para asomar de entre las jóvenes escritoras norteamericanas como la más prometedora y en un terreno que la crítica suele definir como “realismo mágico” con enorme imprecisión, posiblemente porque a Russell le gusta escribir sobre universos cerrados, reglados y con frecuencia fantásticos y porque menciona entre sus escritores favoritos a Rulfo y Bradbury. Pero ahí, en esa síntesis, se puede encontrar la genealogía de lecturas de Karen Russell: ecos de Borges, Calvino, Stephen King, Flannery O’Connor, su contemporánea Kelly Link, García Márquez: una escritora entre el género y la novela ambiciosa, entre el fantástico y el estilo trabajado. Todas estas influencias resultaban claras en su primer libro de cuentos, St. Lucy’s Home For Girls Raised by Wolves (2006), una colección de relatos ubicados casi todos en instituciones –la escuela de reeducación de niñas lobas del título, un campamento para chicos con estrafalarios trastornos de sueño– o en familias extrañas –hay un patriarca que es Minotauro– y, sobre todo, su escenario favorito: los parques temáticos. Hay varios en el libro, pero uno sería el germen de su primera novela: Swamplandia! (título original de Tierra de caimanes) aparece por primera vez en el cuento “Ava Wrestles The Alligator”, que presenta a varios de los personajes y de ese mundo extrañísimo que es el sur de la Florida y puntualmente los Everglades, región pantanosa subtropical de un paisaje tan insólito y tan extremo que parece de otro planeta.

Allí queda Swamplandia!, el parque temático de la familia Bigtree. La atracción principal es Hilola Bigtree, la madre del clan, que ante casi trescientos turistas, cada noche, nada entre los peligrosos caimanes y emerge, hermosa e ilesa, para la ovación. Hilola y El Jefe dirigen Swamplandia! –con el abuelo Sawtooth, ex domador de caimanes, ya en un segundo plano– y tienen tres hijos: Kiwi, el inteligente; Osceola, la espiritista, y Ava, la futura domadora. La familia es extravagante: son falsos indios –vienen originalmente de la blanquísima Ohio–, viven en una isla y no tienen relación con tierra firme. Pero son una familia funcional, amorosa; el parque temático es exitoso aunque está un poco pasado de moda y las rarezas de los chicos quedan diluidas en rareza general.

Tierra de caimanes. Karen Russell Tusquets 409 páginas

Todo se derrumba cuando Hilola, la domadora y la madre, muere de cáncer en meses. Y entonces se acelera la descomposición que ya no es solamente de la familia y ni siquiera de Swamplandia!, sino de un estilo y de una etapa de la vida. Narrada a dos voces, en primera persona por Ava y en tercera para contar la historia de Kiwi, el hermano mayor que traiciona a la familia yéndose a trabajar a otro parque temático, el Universo Oscuro, Tierra de caimanes se convierte, más allá del escenario y los personajes pintorescos, en un triste derrumbe. Todo se oscurece: a los lugares de entretenimiento se les empieza a corroer la pintura, se ven como cartón pintado y aparecen los trabajadores precarizados, los mendigos que no son locos encantadores sino tipos tenebrosos, los inmigrantes explotados que no encuentran un futuro, los viejos que viven en un asilo de ancianos flotante que se llama Allende el Mar, los cazadores ilegales de la fauna en peligro del pantano. Acá es donde Tierra de caimanes rebalsa su superficie de novela de iniciación –la de Ava, que deja la infancia, y la de Kiwi, que se hace adulto– y de historia oblicua del sur de la Florida y se transforma en la más inesperada novela sobre la crisis de Estados Unidos. Ese universo umbilical de los pantanos de la Florida deja de ser un mundo maravilloso para transformarse en un paraíso que hay que dejar atrás, que se hunde en la bancarrota. La familia, después del duelo y la hecatombe, tiene que instalarse en el continente, lejos de la magia y los sueños, a construir otra vida, más dura y más real.

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