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Domingo, 14 de julio de 2013

La ciudad no es una isla

Cuando hace poco más de un mes el puertorriqueño Eduardo Lalo recibió el premio Rómulo Gallegos por su novela Simone, la sorpresa fue grata, más aún si se tiene en cuenta que el libro ya estaba publicado en Argentina por Corregidor, en 2011. La obra de Lalo se abre al ensayo personal, el fragmento y el cruce con lo visual a partir de dibujos y fotografías, y sobre todo reivindica una relación cultural profunda con la zona del Caribe, y en su conjunto con América latina.

 Por Susana Cella

Casi nadie reparó en la publicación, en 2011, por parte de una editorial argentina, de la novela titulada Simone, del puertorriqueño Eduardo Lalo. Fue dos años después, cuando, precisamente por este texto, ganó el conocido premio Rómulo Gallegos, que logró despertar interés respecto de su propia trayectoria, y también, quizá, como proyección, de la literatura contemporánea de esa isla caribeña. Entre los jurados estuvo Ricardo Piglia, quien destacó, además de los méritos de la obra, un suelo común: “Puerto Rico es un país latinoamericano, nos sentimos latinoamericanos. Somos una cultura de resistencia”. En sintonía con la opinión de Piglia, y en diálogo para esta nota sobre su reciente premio, Lalo señala: “He comentado mucho la invisibilidad de Puerto Rico. Esto me ha ayudado a pensar muchos asuntos del mundo. No somos una aberración, sino la frontera extrema de América latina. En este sentido nos encontramos en un continuo y hemos sido siempre un territorio de peligros y seducciones, pero también de resistencias”. Y esta resistencia ancla fuertemente en la preservación de la lengua castellana para incluirse en la tradición literaria compartida con el resto de las ex colonias españolas frente a los intentos de imposición del inglés, en ese estado libre asociado, de la metrópoli yanqui.

Se trata entonces de una identidad que en la obra se manifiesta a partir de un preciso lugar que determina cómo y qué se enuncia: “Mi trabajo se centra en mi país pero no se limita a él. Más que una serie de circunstancias históricas, interpreto a Puerto Rico como una condición. En este sentido lo exploro, lo investigo, lo pienso sabiendo que es mi único lugar en el mundo, un lugar que amo y me duele como ningún otro. Mi vida transcurrió sobre estas calles, aquí conocí todas las palabras del mundo”.

Antes de Simone, reunió en La isla silente tres libros misceláneos (En el Burger King de la Calle San Francisco; Libro de textos y Ciudades e islas). Siguieron Los pies de San Juan y donde (que incorporan la imagen visual), luego una novela, La inutilidad. Desde el primer título, queda de manifiesto tanto la importancia otorgada a su lugar de origen (isla, Puerto Rico, San Juan) como a los espacios urbanos. Los países invisibles, de 2008, reafirman estos rasgos en una escritura montada sobre desplazamientos, tanto por muchos lugares como en cuanto al paso de un género a otro, por ejemplo relatos de viaje, crónica, crítica, tramos introspectivos y aun testimonio. Así, en El deseo del lápiz: castigo, urbanismo, escritura, con el espesor resultante de ser un libro donde se incorporan y se reflexiona sobre escritos y dibujos de presos de una cárcel de San Juan, mediante la foto y el ensayo.

Respecto de la utilización de toda esta variedad de registros combinados, Lalo afirma que “las artes visuales han llegado a ser parte integral de mi proyecto literario. Tres de mis libros, Los pies de San Juan, donde y El deseo del lápiz, son también ensayos fotográficos. Esto se dio por cierta frustración con las prácticas del arte. Llegué a sentirme demasiado limitado por los espacios de exposición, las galerías, los museos, y por la relación entre el artista y el público. Al hacer libros de este tipo, suponía que era como si el lector que adquiría el volumen se llevara a casa una exposición cuya existencia quedaba documentada indefinidamente en su biblioteca”.

Simone. Eduardo Lalo Corregidor 202 páginas

Un modo de preservación que reivindica un clásico soporte (el volumen reproducible) capaz de contener esa diversidad. Pero, además, el autor destaca una forma proteica susceptible de estructurar tales obras: “He practicado diversos géneros, pero mi trabajo literario se caracteriza por su hibridez en lo relativo a ellos. Sin duda por esto es que me he interesado por el ensayo, pues el potencial de su creatividad me parece casi sin límites y, en nuestros días, mucho más amplio que el de la novela. Claro está, me refiero aquí a una escritura diversa y mulata en que secciones filosóficas conviven con otras narrativas, con el testimonio, la poesía, la fotografía, el dibujo y hasta con el diseño mismo del libro”. A lo que se añade la incidencia de un núcleo irradiante: “Pienso que donde es el libro que más me importa. Creo que en él pasa algo. Es una cualidad indefinible que podrá llegar o no a la conciencia de los lectores. Pero para mí hubo allí un deslumbramiento”.

Con la cualidad propia de la novela de albergar voces y discursos múltiples, abordar cuestiones varias a través de los personajes que la componen y, desde luego, por la significación de la voz o de las voces narrativas que presenta, Simone es una historia de amor enraizada en la ciudad –íntima, amada, padecida– y sobre todo propia, contada por un narrador en primera persona como hilo conductor para relacionar los fragmentos que se suceden y que hablan del solitario andar por las calles, del trabajo en la universidad y de su condición de escritor. Indicios, huellas, van dando cuenta, con cierto suspenso, de una presencia misteriosa, no sólo al principio cuando se presenta como Simone Weil –por la admiración a la filósofa francesa– sino también en el devenir, cuando se sabe que es una joven llegada de China, ligada a sus compatriotas y a la vez diferenciándose de un entorno opresivo por su deseo de conocimiento. La peculiar estudiante, la vida literaria de la ciudad, los escritos y grafos se forjan a medida que el narrador relata su historia con la mujer, imbricada con comentarios y escenas –incluido el mismo desenlace– que remiten a cavilaciones respecto del país, las relaciones humanas y entre culturas, y también respecto de la literatura. No faltan citas, diálogos, e incluso controversias que implican la indiscernible relación entre leer y escribir y valoraciones, porque, para Lalo, “un escritor es antes que nada un gran lector. Mis lecturas son muy diversas, pero más que autores privilegio obras o gestos de escritura. Aprecio las escrituras fragmentadas; siento cercana su intimidad, la estrecha relación que sostienen entre vida y obra. Vista así, la escritura es una suerte de ascesis, de disciplina. Nietzsche, Bataille, Cioran son autores de cuaderno. Creo que esto marca una diferencia que los distancia de ciertas prácticas de la escritura, que más parecen un funcionariado: treinta o cuarenta años ante un teclado. De nuestro tiempo quiero mencionar a dos autores: W. G. Sebald y Pascal Quignard”.

Primer puertorriqueño que gana este premio, Eduardo Lalo considera que “genera una atención que rara vez se le ha dado a este país y a su literatura”. Y agrega: “Me gustaría que no se limitara a Simone ni a mí. Hay otros autores de valor en Puerto Rico: Francisco Font Acevedo, Juan Carlos Quintero Herencia, Aurea María Sotomayor, Mara Negrón, Juan Duchesne Winter, José María Lima, Manuel Ramos Otero, Joserramón Meléndes, por sólo mencionar unos nombres de una lista que nunca será justa”.

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