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Domingo, 28 de julio de 2013

Una excursión a las ediciones críticas

¿Qué puede aportar una edición crítica a un texto canónico o, por el contrario, a un autor o una obra que necesita ir en busca de una posición perdida entre los nuevos lectores? Con textos de Leopoldo Marechal, Lucio y Eduarda Mansilla, entre otras, las Ediciones Académicas de Literatura Argentina son una respuesta reciente y novedosa a estas preguntas.

 Por María Rosa Lojo

No todas las ediciones son iguales. Editar un texto implica decidir cómo prepararlo y presentarlo ante los ojos de los lectores. Las diferencias pueden ser abrumadoras: desde el papel rústico y la tinta más o menos borrosa de los económicos libros Tor (donde tantos se iniciaron en los clásicos y en la literatura popular) hasta las exquisitas versiones facsimilares de manuscritos iluminados. Pero el editor crítico (llamo así no al empresario editorial sino al autor académico de una edición) puede enriquecer el texto de otras maneras. Las denominadas ediciones críticas y, en particular, las crítico-genéticas son el aporte más completo y complejo posible. Aunque a veces asusten sólo por el tamaño considerable que suelen alcanzar, no hay que temerle a su posible “pesantez” profesoral. Quizá nada hay más parecido a un hipertexto que su formato de vieja tradición filológica, renovado por las técnicas de ciberbúsqueda y por las perspectivas teóricas contemporáneas. En efecto, cada libro tiene múltiples ventanas, entradas, ramificaciones y senderos. Cada apartado de las sustanciosas introducciones, cada nota gramatical, histórica, cultural, interpretativa, nos abre un mirador distinto sobre el texto madre.

Aunque no pretendan ningún lujo gráfico, estas ediciones constituyen un género caro y arriesgado para las editoriales porque están poco difundidas entre el público general, y por lo tanto se venden en pequeños circuitos, con una lenta recuperación de goteo. Seguramente tales características influyeron para que hasta hace muy poco no existiera en la Argentina ninguna colección de este tipo consagrada a la literatura nacional. Ahora tenemos una: EALA (Ediciones Académicas de Literatura Argentina), siglos XIX y XX, cuya dirección general está a cargo de quien firma; su codirector es Jorge Bracamonte, de la Universidad Nacional de Córdoba. La casa Corregidor, compañera de aventuras, es el sello que la incorpora a su extenso catálogo para poner sus títulos al alcance de todos los lectores.

¿Qué “critican” las ediciones críticas? En primer lugar, las ediciones precedentes de la misma obra que se sujetan a revisión y contraste, que son cotejadas e interrogadas. Se depuran así las erratas que suelen reiterarse en sucesivas versiones. Se localizan correcciones intencionales realizadas por el/la autor/a y se proponen conjeturas sobre las razones de los cambios, que van desde lo estético e ideológico hasta puntuales circunstancias biográficas. Por ejemplo, Leopoldo Marechal suprimió en 1966 la dedicatoria a sus compañeros martinfierristas, ante la mala reacción de algunos de ellos cuando apareció por primera vez el Adán Buenosayres. Así nos lo advierte el especialista español Javier de Navascués en su edición crítico-genética de esta novela fundamental publicada por EALA en 2013.

¿Qué “genes” estudian tales investigaciones? Ante todo los del texto editado, que se aborda, si hay material para ello, desde sus pre-textos, borradores y bosquejos. La mencionada nueva edición del Adán..., que contó con la totalidad de los manuscritos del autor, así como con planes y bocetos previos, nos permite enterarnos aun de las ideas que no se realizaron (como el proyecto de incluir a los historiadores Enrique de Gandía y Ricardo Levene en el elenco del Infierno de Schultze), y publica algunos dibujos realizados por Marechal sobre símbolos y personajes, entre ellos, el del Neocriollo.

A veces todo el texto editado es un documento genético en sí mismo que ilumina la obra futura de un escritor. Es el caso de otro título de EALA: el Diario de viaje a Oriente (1850-51), de Lucio V. Mansilla: un manuscrito hallado hace unos años por el escribano Luis Bollaert, tataranieto del autor. Estas notas de viaje (compuestas por un cuaderno borrador, más extenso, y otro puesto en limpio, parcial y mucho más breve) nunca antes habían sido dadas a la imprenta, pero no sólo conforman la base documental de dos crónicas sí publicadas y de varias causeries sino que permiten entender cómo y por qué, en la consagrada Una excursión a los indios ranqueles, el narrador se instala con tanta comodidad en la perspectiva del “otro”, del “salvaje”, y relativiza de manera original la antinomia “civilización/barbarie” y los valores a ella asociados. Es que el mismo joven Mansilla había sido juzgado como un “bárbaro de la periferia” por los comerciantes ingleses y franceses que se extrañan de sus conocimientos idiomáticos y de su aspecto excesivamente “civilizado” para ser el nativo de una ex colonia española, perdida en el sur del mundo. La edición a mi cargo (con la colaboración de Marina Guidotti, María Laura Pérez Gras y Victoria Cohen Imach) pone de manifiesto la capacidad de ironía hacia los poderosos de la tierra, la voracidad lectora y la mirada estética que brillarán después en el gran prosista todavía ausente de estas primeras páginas.

Otras veces las ediciones críticas se proponen rescatar, para el canon, una obra y una figura: tal es el caso de Eduarda Mansilla, hermana de Lucio V., pionera, entre otros géneros, del gótico rioplatense y de la literatura infanto-juvenil. Sus Cuentos (1880) –editados por Hebe Molina, de la Universidad Nacional de Cuyo– son la primera obra narrativa para niños escrita y publicada en nuestro país. El estudio y las notas eruditas de Molina destacan la novedosa importancia de este volumen celebrado por Sarmiento, pero olvidado por el canon de nuestros días, lo mismo que su singular autora.

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