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Domingo, 25 de agosto de 2013

El cuento de la oficina

Eugene Marten es un nuevo narrador de casi sesenta años que supo llamar la atención del siempre afilado Gordon Lish. En Desperdicios, narra los erráticos itinerarios de un limpiador de oficinas.

 Por Fernando Krapp

Dentro de su ecléctico catálogo, la editorial Fiordo pone en circulación la novela de un desconocido escritor norteamericano llamado Eugene Marten. Lo más llamativo de este escritor es que, dentro del aluvión de “jóvenes narrativas” que nos llegan de todos lados como una aparente muestra relevante de la novedad, sea un veterano de casi sesenta años de quien no teníamos ni idea, y que en Estados Unidos supo despertar la curiosidad del editor/traidor Gordon Lish, quien le puso el incómodo epitafio de “clásico de culto”. El título de la novela define el material con el que Marten moldea la textura y define el tema: Desperdicios. La muy buena traducción de Martín Schifino logra resaltar el carácter híbrido de esta novela y el trabajo que Marten hace con el inglés. Morosa, con una trama desmotivada, fragmentaria, perdida en detalles más o menos escabrosos, coqueteando con la prosa poética y el hard boiled, Marten narra el derrotero de Sloper, el tipo que trabaja en el servicio de limpieza de una oficina corporativa con algunos rasgos legales. Sloper es un personaje carente de profundidad psicológica y sus acciones se mueven sobre las percepciones que su entorno le genera y lo deforman; de ese modo, su propio cuerpo y su visión que ejerce sobre las cosas sufren un deslizamiento y una continuidad. La dejadez con la que Sloper recorre la trama hace que su propia fuerza vital se vaya desintegrando en los recovecos del edificio donde trabaja.

En una entrevista, Eugene Marten se jacta de su curriculum vitae, en donde se lucen como medallas los más extraños oficios (algo que siempre les da un valor agregado a los narradores norteamericanos); entre todos se destaca su trabajo como imprentero, donde Marten tiene un gran conocimiento de causa. Su personaje Sloper parece justamente el residuo de su propia fotocopia, el resultado gris de una impresión en serie de sí mismo. Sloper no es un nombre muy casual; una traducción lineal diría que, dentro del diseño, “sloper” es una maqueta de patrones que permite diseñar distintas cosas. El nombre dice más sobre su personaje que el propio personaje; Sloper es un patrón de desperdicios que subyace al día a día de la oficina donde trabaja limpiando el polvillo que se filtra por entre los asalariados y que Sloper define como “piel muerta”. La semejanza con Kafka pareciera caer de madura, sobre todo por la temática, pero donde el checo utilizaba el humor macabro ante la sorpresa e impotencia por la burocracia legal, el personaje de Marten encuentra un extraño goce en moverse por entre las oficinas como si fuese un Gregorio Samsa convertido en cucaracha que finalmente decidió volver a trabajar con su nuevo atuendo físico.

En su extraño vagar entre la oficina y el sótano de la casa de la madre, donde vive, en su vacía observación que lo convierte en un flâneur de telepasillos sordos y acoplados, Sloper realiza una serie de acciones inconexas que guardan una estrecha relación con su apatía y desmotivación: establece una relación con una de sus compañeras de trabajo que resulta destinada al fracaso amatorio, se masturba sobre los zapatos de una empleada devota de las revistas femeninas, mantiene una clásica relación a los gritos con su madre, basada en contestar con resignación a todo con monosílabos. Es clara la intención de Marten de escandalizar con su escritura para socavar aquello que los norteamericanos llaman american way of life, pero su escritura no es la del impacto, como la del mencionado en la contratapa Chuck Palahniuk, y tampoco es la abulia new rich de Easton Ellis de Menos que cero. Su escritura escandaliza de a ráfagas que se cortan, con una intensidad de descripciones que genera un asco ansiolítico en el lector, como cuando, por ejemplo, narra la necrofilia de Sloper, y esa misma secuencia se ve interrumpida por los cortes y los divagues que la misma escritura propone; en esa disrupción y dislocación narrativa condensada en frases que se dispersan y fugan está el mayor hallazgo de esta novela.

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Desperdicios. Eugene Marten Fiordo 91 páginas
 
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