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Domingo, 8 de septiembre de 2013

Goce y gritos

Fue necesario que el libro del profesor Henry Sullivan fuese un éxito en el mercado del usado, sobre todo en Internet, para que se encarara la reedición de esta obra que busca fusionar, y lo logra, a Los Beatles con Lacan. El psicoanálisis lacaniano y también la dura sociología británica confluyen en este original ensayo sobre una época, una revolución y sus límites.

 Por Sergio Pujol

En estos días, las librerías argentinas son testigos de la pasión bibliográfica que siguen despertando Los Beatles. Allí se encuentran tres novedades del rubro: el libro de cartas de John Lennon editado por Hunter Davies –fiel biógrafo de los años épicos–, un nuevo volumen de fotografías “encontradas” –siempre es lindo mirar a Los Beatles, además de escucharlos– y la perla del lote: Los Beatles y Lacan, de Henry Sullivan, original de 1995.

La historia de este último es bastante curiosa. Después de gastar sus zapatos por distintas editoriales, Sullivan dio con la neoyorquina Peter Lang Publishing. El título anduvo bien de ventas, pero no se reeditó. Sin embargo, en el mercado del usado, el precio del ejemplar ascendió exponencialmente (alrededor de 300 dólares en Amazon), lo que terminó por convertir la osada tesis de un catedrático inglés en otra deseada pieza de coleccionista: de la crítica cultural a la memorabilia, casi sin paradas intermedias. Merced al interés de la investigadora Flor Codagnone, que se contactó con Sullivan para proponerle la edición en castellano, ahora los argentinos podemos acceder a esta yunta explosiva, aunque, como advierte el autor, “lo único que claramente tuvieron en común Los Beatles y Lacan fue su preferencia, a principios de los ’60, por los sacos de cuello Mao de Pierre Cardin”.

Estamos frente a una interpretación lacaniana del grupo; una “clínica” de Los Beatles que, como si fuera poco, intenta ser también una diagnosis del fin de la modernidad y el principio de la posmodernidad. Desde aquel deslumbramiento inicial (“Todavía recuerdo el día que escuché a Los Beatles por primera vez...”) hasta una actitud más analítica, Sullivan ha escrito un libro incontinente, pero estructurado con claridad. En una primera parte expone con estilo didáctico las principales categorías de la teoría lacaniana y explica rápidamente el contexto histórico en el que surgieron y se desarrollaron Los Beatles. La ruptura con la ley del padre que se operó entre la juventud económicamente satisfecha de los Estados Unidos de la posguerra habría sido inconscientemente alentada por los propios padres, acaso como reconocimiento implícito de su fracaso en los intentos de dejarles a los hijos un mundo mejor. Los movimientos culturales y las conductas de aquella juventud díscola son explicados por Sullivan a partir del goce más allá de la ley.

Por momentos, el análisis resulta un tanto extravagante, pero cuando el lector está a punto de arrojar el libro contra la discoteca, éste vuelve a atraparlo con algunas de esas comprobaciones brillantes que lo hacen irresistible. Por ejemplo, al referirse al sistema de clases de la sociedad británica de los ’50 y los ’60, Sullivan encuentra en los matices idiomáticos del hablante joven, así como en su nivel de escolaridad y el pedigrí social, un elemento de distinción contra el que Los Beatles se rebelaron a fuerza de una verdadera revolución estética. En tramos así, el libro logra articular con virtuosismo el psicoanálisis lacaniano (esos sujetos constituidos por el habla) y la sociología de tradición británica (esos sujetos condicionados por su pertenencia social).

Por supuesto, el momento más esperado es el de John y Paul en el diván. Aquí vuelven los problemas: ¿cómo llega Sullivan a sus conclusiones si no “escuchó” a Paul y John directamente, es decir, sin ejercer la práctica de la escucha psicoanalítica? ¿No habrá repetido, en su desmedido afán interpretativo, esa clase de retratos ligeramente psicológicos que solían escribirse sobre Beethoven, Chopin y otros grandes músicos, y contra los que se rebeló exitosamente la musicología histórica? De cualquier manera, perversos, maniáticos o lo que fueran, Lennon y McCartney constituyeron una unidad creativa, una complementación basada tanto en carencias mutuas (las muertes trágicas de sus madres, en primer lugar, sublimadas en “Julia” y “Carry that Weight”) como en destrezas y rasgos de personalidad diferentes. Sullivan explica las estructuras psíquicas que subyacían en esa sociedad autoral, y que fueron más allá de la repartición de créditos con la que se suelen diferenciar las canciones compuestas por Lennon de las que creó Paul. Aun en sus carreras solistas, ellos componían pensando en el otro, y un poco para el otro. “Un contraste ideal y complementario entre un fetichista perverso y un maniático egocéntrico”: la definición, que tal vez no suene del todo agradable, es estimulante para quienes buscan desentrañar tanto la originalidad de canciones, como “A Day in the Life”, “Here, there and everywhere” o “In my Life”, como el significado socio-histórico del fenómeno The Beatles. Como buen psicoanalista –aunque en rigor no lo es–, el autor va de adelante hacia atrás, en busca de esas carencias y faltas que hicieron que dos jóvenes de Liverpool de clase media baja suplieran la ausencia del Otro femenino con un repertorio de canciones propias.

Los Beatles y Lacan Un réquiem para la Edad Moderna. Henry W. Sullivan Galerna

Finalmente, Sullivan avanza sobre aquello que prometió en el subtítulo del libro –“Rock and Roll as Requiem for the Modern Age”– para situar a Los Beatles en la frontera entre dos épocas. Si bien no es el primero en relacionar los años ’60 con el inicio de la posmodernidad, Sullivan expone el tema de modo seductor, trabajando sobre la larga duración de la historia. Aquel sujeto independiente, racional y clarividente de la Edad Moderna, que pensó con Descartes y sintió con Mozart y Beethoven, nunca pudo sobreponerse a la hecatombe del período 1914-1945. Fue en el inesperado terreno de la cultura de masas donde surgió una nueva sensibilidad. Hubo allí artefactos culturales capaces de llegar a una audiencia planetaria sin renunciar a la sorpresa ni a la innovación del vanguardismo artístico (“desviaciones estilísticas de la norma”, señala Sullivan). Entre aquellas sorpresas e innovaciones sobresalió un grito de liberación individual y social: yeah, yeah, yeah, yeah...

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