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Domingo, 23 de febrero de 2014

SOY WILDE

Casi en coincidencia con el centenario de su muerte, a fines de 2013 se dio a conocer una monumental biografía de Eduardo Wilde en dos tomos, de Maxine Hanon. El trabajo de esta abogada e historiadora es el fruto de muchos años de investigación y reunión de la dispersa obra completa de Wilde, y se enfoca en la intención de sumar al escritor médico y político a la trama de la historia de su tiempo, de la formación del Estado y las luchas internas de la elite entre liberales y católicos.

 Por Claudio Zeiger

Antes de convertirse en su biógrafa más exhaustiva, Maxine Hanon se dedicó con fervor a coleccionar cuanto inédito artículo perdido, carta y documento pudiera conseguir de Eduardo Wilde, el escritor y personaje argentino al que descubriría antes de los veinte años y que la deslumbraría para siempre, según relata ella misma. Wilde la deslumbró y la atrapó –esto ya es conjetura de reseñista– en la red sentimental que el escritor tendería (probablemente sin buscarlo) a tantos hombres y mujeres de la posteridad, aunque no se puede negar que para sus contemporáneos también fue un gran seductor, un infatigable buscador de efectos (entre humorísticos y truculentos) sobre los temperamentos ajenos. El, un materialista, no habría podido creer francamente en la sobrevida espiritual más allá de la muerte. Y sin embargo, no sólo sobrevivió en libracos, actas, leyes y textos escolares. Dejó una manera de ser, un tono, imborrables.

Muchos fueron los que cayeron rendidos a los cantos de tristeza de Wilde, a su lluvia eterna, a su humor con fondo de patio, pero pocos temerarios se animaron a escribir una obra monumental (odioso el término pero inevitable aquí) sobre el escritor político más destacado de la coalición del ochenta. Maxine Hanon lo hizo. Su Eduardo Wilde son más de mil páginas que cubren todos los hitos de la vida personal, familiar, literaria y política del padre de Tini y la ley de Educación, del héroe de la fiebre amarilla y el gran aliado de Roca, quizá su mentor ideológico más radicalmente liberal, casi su izquierda.

Maxine Hanon parte de la idea de que Eduardo Wilde fue mucho más que un escritor de miscelánea y que bien merecía una biografía política e intelectual. Lo que ella hace a partir de esa convicción es un trabajo heterodoxo, que no elude un pasaje de ida y vuelta entre la historia, la biografía y hasta por momentos, entre los territorios más ambiguos de la novela histórica o la biografía novelada.

A lo que puede ser considerada una biografía en términos más clásicos –desde la infancia en Tupiza hasta la muerte en Bruselas, donde estaba destinado/confinado a la diplomacia–, Hanon suma la transcripción de numerosas crónicas y sesiones de los debates sobre temas espinosos de la política pública de la época (desde las cuestiones sanitarias alrededor de la fiebre amarilla al Congreso Pedagógico) pero sobresalen los más álgidos y decisivos de la ley de Educación que, célebre y melodramáticamente, enfrentó a católicos y liberales.

El material que aporta Hanon, y que por momentos excede largamente el rubro “biografía de Wilde”, es tan valioso como excitante para la arqueología de algunos núcleos fuertes de la construcción del Estado liberal en la Argentina. Y Wilde, efectivamente, fue un vocero notable de las posiciones más avanzadas, un hombre brillante y lleno de razonabilidad, además de un ser dotado de un carisma que lo convirtió en figura pública excepcional. Pero Hanon, en contrapunto, también reconstruye los pormenores de su vida privada, y hasta íntima, podría decirse, esos que le irían acentuando el aspecto más crepuscular de su temperamento y que, puede afirmarse, volcaría particularmente en sus escritos literarios. La penosa lucha por la educación y tenencia de sus hijos tras la muerte de su primera mujer, Ventura Muñoz, constituye uno de los episodios más dolorosos en los que se vería envuelto en su vida personal.

Otro aspecto que resulta notable es el de la formación de toda una generación en el Colegio de Concepción del Uruguay, donde de hecho se educarían Wilde y Roca. Hanon no se limita a seguir la novela de aprendizaje del trasplantado Wilde sino que investigó a fondo el sentido de ese proyecto político educativo, finalmente truncado, de Urquiza, donde, al decir de los maestros, el objetivo era formar “el batallón sagrado de la patria ideal”.

Es cierto: esa generación de hombres del interior que nunca terminarían de encajar del todo con las veleidades de la ciudad liberal eran más terrenos que sagrados, y la patria ideal, en fin, era eso, ideal. Pero la idea de una nación unificada y de un Estado potente, arrollador en algunos temas, los apelaba a todos, para bien y para mal, al mismo tiempo. La melancolía de Wilde, su tristeza o spleen, tan llevada y traída, contrasta notablemente con sus momentos de pura acción política, vital, pionera.

Han escrito sobre Wilde desde Borges y Mujica Lainez a Susana Zanetti y Florencio Escardó. Pero si la autora debate con un texto, más bien se podría señalar a Soy Roca de Félix Luna. En el final del segundo tomo la tensión se hace explícita y el tiro es por elevación. Cuando se refiere a la ausencia de una reivindicación historiográfica de Wilde, señala: “Lo mismo sucede hoy. Peor: gracias al Soy Roca del querido Félix Luna –una novela que los ignorantes tomaron por historia– Wilde es el bufón de Roca, el amiguito que lo divertía, y el marido cornudo de Guillermina”. Por más “querido” que resulte Luna, he ahí una brecha. Y es discutible que Soy Roca sólo sea novela histórica malinterpretada por ignorantes.

Las objeciones que se puedan hacer –con el debido reconocimiento por esa dedicación y seriedad señaladas– a este Wilde de Hanon apuntan más bien a una decisión global del proyecto que podría haber elegido una perspectiva más angosta pero más precisa para el abordaje: pronto nos damos cuenta de que lo que suma por un lado –los recursos narrativos, las transcripciones sin límite de los documentos y textuales, los cuadros costumbristas de época– desenfoca por otro, y el hombre retratado por momentos se pierde en el torrente de su época, de la historia e incluso en la transcripción de sus propios textos. Quizás éstos podrían haber sido agrupados en anexos que no “intervinieran” tanto la lectura del corpus central del libro.

Por fortuna, y gracias al evidente amor de la autora por Wilde, y a su aguda capacidad de penetrar en el tiempo del pasado, lo vuelve a recuperar y a poner a flote. Hay una tensión permanente entre cómo contar la vida y cómo contar la historia en este libro. La tensión está expuesta. La tarea es titánica. Wilde queda a salvo, pero ¡cómo cuesta por momentos!

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Eduardo Wilde en una ilustración de la revista Don Quijote, 1886.
 
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