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Domingo, 30 de agosto de 2015

UN ASUNTO TENEBROSO

Después de su desembarco en castellano con Nos vemos allá arriba, una picaresca ubicada en los años de la Primera Guerra Mundial, se publica ahora la primera novela del francés Pierre Lemaitre, Irène, un policial de misteriosas claves literarias diseminadas en el texto, en el que el exitoso autor francés hizo debutar a su detective bajito en medio de un caso tenebroso.

 Por Juan Pablo Bertazza

La desordenada aparición de las traducciones de un autor extranjero suelen ofrecer, aun sin proponérselo, diversas claves de lectura. Vuelven visibles, de hecho, inesperadas relaciones entre libros que no permanecen inmunes ante la llegada de uno nuevo porque, al menos en la buena literatura, existe algo así como un efecto rebote. O de resignificación.

Aunque se trata de su primera novela, Irène (publicada originalmente en 2006) es el tercer libro que aparece en español de Pierre Lemaitre, el escritor francés más brillante que surgió en los últimos diez años, a tal punto que el que no lo leyó hasta ahora se le está escapando, en este caso, el típico-escritor-que-empieza-a-escribir-tarde (después de los cincuenta), aun cuando es posible suponer que estuvo cargando los cartuchos durante los años que se desempeñó como profesor de literatura y guionista de series de televisión.

Primero había sido el turno de la extraordinaria Nos vemos allá arriba (Salamandra), que ganó el Premio Goncourt y lo llevó al estrellato, una épica sobre la amistad y la supervivencia anclada en los estertores de la Primera Guerra Mundial, y cuya publicación en español coincidió, el año pasado, con el centenario de la Gran Guerra.

Poco después llegó Vestido de novia, un thriller que supo hacerse a los codazos un rinconcito entre la fluidez de Simenon y la calidad de Stephen King, gracias a la historia de una niñera madura, distraída y acomplejada que se ve envuelta, de una forma que ni ella logra entender, en el asesinato del niño que tiene a su cargo. Merecedora del Premio del Salon du Polar y base de inspiración para un film que acumula expectativa pero aún no tiene fecha de estreno, aquella novela mostraba sin querer queriendo los daños colaterales de este presente en el que el mundo virtual es tan cotidiano como el real, y en el que un perfecto desconocido puede ser quien mejor nos conoce en el mundo.

Esa extraña virtud para hablar del presente sin estarle encima, sin buscarle una trama que lo asfixie es, de hecho, una de las tres grandes virtudes narrativas de Lemaitre. La segunda es su facilidad todoterreno, que funciona tanto en lo macro como en lo micro: delinea tramas perfectas y, a la vez, describe acciones que retumban durante toda la lectura. La tercera, también una constante en todos sus trabajos, es un cambio de ritmo, un vuelco inesperado (a veces un personaje, otras veces un episodio) que, lejos de traicionar los comienzos, logra exprimirlos al máximo.

Además de ser su primera novela, Irène es la que da origen a su inspector estrella Camille Verhoeven, que reaparece en Alex (2011), Rosy&John (2012) y Camille (2012), las restantes novelas policiales de Lemaitre que pronto se publicarán también en español.

A pesar de su 1,45 de estatura que lo convierte en algo así como un gnomo de la Policía Judicial, o un pequeño trol detectivesco, Verhoeven logró con los años, y no sin complejos, forjarse un nombre y ganar el unánime respeto del equipo que comanda en la Brigada, acaso por ser de los que “fabrican su propia mitología con infinita paciencia”.

Pero aun más importante: Verhoeven está felizmente casado con Irène, la mujer que ama y de la que aún está enamorado (aun cuando no deja de pensar que ella es “uno de esos paréntesis que a veces la vida tiene el buen gusto de ofrecerte y la lucidez de quitarte”), y a la espera de su primer hijo, por lo que, en definitiva, transita un momento de plenitud en que la existencia le estalla en la cara.

Es en medio de esa felicísima espera que le adjudican la investigación de un escabroso y escalofriante doble crimen que tiene lugar en las afueras de París, en la comuna de Courbevoie, cuya traducción podría ser el “camino de la curva”, y de hecho lo será para Camille.

Las víctimas son Évelyne y Josiane, dos veinteañeras que antes de ser asesinadas fueron sometidas a innumerables violaciones, descuartizamiento y otras prácticas de tortura que no vale adelantar acá. Lo cierto es que la horrorosa impresión que la imagen de esos cadáveres mutilados causa en el experimentado y diminuto inspector se empieza a colar de a poco en su atención, en su conciencia, en su cotidianidad y hasta en su vida privada a tal punto que se obsesiona por encontrar a los responsables de semejante barbarie, aun poniendo entre paréntesis –y acaso en riesgo– la felicidad de su pareja.

Claro que nutren esa obcecación la rivalidad con un periodista sin escrúpulos que le saca data y mesura cada vez que se lo cruza en los más insólitos contextos, y una serie de hallazgos más o menos casuales, más o menos incitados, que lo llevan al inspector a la buena pista: el autor de esos crímenes macabros, a quien la prensa no tarda en bautizar El Novelista, es un asesino serial que, en cada uno de sus crímenes, imita los procedimientos homicidas narrados en distintos policiales negros (La dalia negra de James Ellroy, American Psycho de Bret Easton Ellis y Laidlaw del escocés William McIlvanney, entre muchos otros) a manera de homenaje pero también de exégesis. Porque en esa puesta en acto de los asesinatos literarios, el novelista no hace más que poner en juego, por ejemplo, lo que sucede cada vez que se realiza la adaptación cinematográfica de una novela.

Con un epígrafe de Barthes que hace ruido antes de empezar el libro y click al terminarlo (“El escritor es una persona que encadena citas quitando las comillas”), Irène es, además de otra genial novela de Lemaitre, muchísimas cosas más: un inteligente aporte acerca del perverso vínculo entre la ficción y la realidad (el novelista dibuja círculos: actualiza crímenes de libros basados, a su vez, en hechos reales) y una brillante alabanza del género policial cuyo éxito demuestra “hasta qué punto el mundo necesita de la muerte y algunos hombres del drama”.

El nombre original de esta novela es, en verdad, Travail soigné, frase contundente que hace referencia a una obra realizada con esmero, profesionalismo, especial dedicación y cuidado, exactamente todo lo contrario del bricolaje, actividad que lleva a cabo un amateur.

Que la primera novela escrita por Lemaitre –donde, está claro, se perciben casi todos los recursos con que construirá su obra– sea la tercera en aparecer en español nos permite entender ese travail soigné menos como un nombre de novela que como un rasgo indiscutible de su estilo.

Irène
Pierre Lemaitre
Alfaguara
393 páginas

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