libros

Domingo, 4 de octubre de 2015

STIG DAGERMAN

RASTROS EN LA NIEVE

Fue la joven promesa de la literatura sueca en los años de la posguerra, hasta que en 1950 entró en una crisis que terminaría llevándolo al suicidio a la edad de 33 años. Stig Dagerman había dejado sin embargo una obra bastante prolífica y dispersa entre libros, artículos periodísticos y obras de teatro. El hombre desconocido es una colección de veinticinco de sus cuentos que ahora llega a la Argentina y que muestra registros tan heterogéneos que, además de dar cuenta de su capacidad de cultivar diversos estilos, suman extrañeza al enigma de su vida.

 Por Mariana Enriquez

Durante cinco años, aproximadamente entre 1945 y 1950, Stig Dagerman fue una especie de joven maravilla de las letras suecas: prolífico, carismático, popular. Tenía 22 años cuando publicó su primera novela, Ormen (La serpiente, 1945), un texto antimilitarista en total sintonía con la época. Resultó un éxito tan formidable que Dagerman abandonó su trabajo como editor cultural de Arbetaren (“El trabajador”), periódico del movimiento sindical sueco donde no sólo escribía columnas de opinión y artículos sino también poemas satíricos. Hacía años, desde su adolescencia, que a través de su padre –un activo militante anarquista– tenía relación con el movimiento obrero y su compromiso político se acentuó cuando, en 1943, se casó con Annemarie Götze, hija de anarcosindicalistas alemanes que escaparon de la Alemania nazi hacia Barcelona; ahí también fueron derrotados y volvieron a trasladarse, esta vez a Escandinavia. El joven Stig vivía en casa de sus suegros, una casa por donde pasaban refugiados y perseguidos políticos, en un clima de solidaridad continental inspirador.

Esos años, entonces, los cinco a los que le debe su fama, Stig Dagerman escribió cuatro novelas, un libro de cuentos, un ensayo sobre la Alemania de posguerra (Otoño alemán, publicado en castellano por Octaedro en 2010), cinco obras de teatro, varios volúmenes de poesía y, aunque ya no con un puesto de responsabilidad editorial, cantidad de notas periodísticas. Pero en 1950 llegó el silencio. No importaba que se lo considerara el mejor de los narradores suecos de posguerra. No importaba que su libro de cuentos Nattens Lekar (se puede traducir como “Los juegos de la noche”) incluyera un relato que con el tiempo se consideró clásico, el cinemático “Matar a un niño” –que, por ejemplo, en 2003 fue adaptado como cortometraje con dirección de Alexander Skarsgard, el escultural actor sueco de la serie True Blood y, próximamente, el nuevo Tarzán–. Stig Dagerman seguramente no podía siquiera intuir que su nombre sería el de un premio que se entrega desde 1996 y que ya ganaron J.M.G. Le Clézio y Eduardo Galeano. En 1950, cuando dejó de publicar, estaba profundamente deprimido. Separado, dedicado exclusivamente al teatro, vivía con la actriz Anita Björk –que trabajó en televisión con Ingmar Bergman–. No fue feliz en su nueva pareja. No le alcanzaba el dinero para mantener a su primera familia, se sentía culpable por haber dejado a dos hijos muy chicos y empezó a tomar deuda que, creía, iba a ser saldada con el siguiente libro. Pero el siguiente libro no llegaba. Agobiado, lo único que podía mantener eran sus versos satíricos, que seguía mandando al diario cada día. Y en 1952 publicó un extraño texto autobiográfico llamado “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable...” que comenzaba diciendo: “Yo carezco de fe y por eso nunca podré ser una persona feliz”.

El 4 de noviembre de 1954, Stig Dagerman se suicidó en el garaje de su casa: encendió el motor, se subió al auto, cerró las puertas y esperó. Tenía 33 años.

La muerte joven y suicida suele construir leyendas y eso ocurrió con la figura de Stig Dagerman en Suecia. Pero fuera de su país apenas es conocido y, en castellano en particular, apenas está traducido. La editorial Nórdicalibros está distribuyendo por aquí la primera colección panorámica de la narrativa breve de Stig Dagerman con El hombre desconocido, 25 cuentos elegidos, según los editores y traductores, “operando sin más guía que la dictada por nuestro gusto y preferencias”. El resultado de la selección es cohesivo en cuanto a los temas y los climas: sea en relatos de corte kafkiano o vagamente fantástico o en cuentos realistas y costumbristas –muchas veces melodramáticos–, la narrativa de Dagerman está impregnada de una desdicha sin fondo, y de la idea desasosegada de la felicidad imposible. Pero estilísticamente Dagerman es precisamente un hombre desconocido o al menos inaprensible: en los pocos menos de diez años que registran estos cuentos pasa del registro autobiográfico al delirio surrealista con tanta habilidad que es difícil determinar si los cambios eran parte de una búsqueda o de otro tipo de influencias.

El hombre desconocido. Stig Dagerman Nórdicalibros 334 páginas

El volumen abre con “Memorias de un niño”, un relato semiautobiográfico sobre sus primeros años en la granja de sus abuelos en Älvkarleby, la Suecia rural; su madre, que lo parió soltera, pronto lo abandonó y su padre apenas lo veía porque trabajaba en Estocolmo. Los abuelos son duros, los inviernos largos, el dinero es escaso. En el siguiente cuento, “Erase una vez un mayo...” el punto de vista sigue siendo el del niño pero ya no está en el triste campo helado sino en la ciudad y en una movilización por el 1 de mayo: son sus recuerdos de niño hijo de militante, que canta La Internacional y se queda mirando fascinado las banderas de España. “Nuestro balneario nocturno” es un relato hermoso y terrible que reúne varias soledades: la del balneario del título, la del hotel y la de los bañistas. Al hotel van personas ricas que humillan hasta lo indecible a los chicos pobres que juegan en el mar; uno se suicida por el amor de una frívola chica; otro, un “saltador” tuberculoso le hace gracias en el mar a un coronel homosexual que se deleita con su hermosura y su enfermedad –a la manera de un Aschenbach cruel– hasta que muere ahogado. “Los vagones rojos” tiene como protagonista a un obrero textil con un brote de paranoia en una velada denuncia de la alienación que conlleva la producción en serie; “El viaje del sábado” sigue a un grupo de jóvenes obreros, chicas y chicos adolescentes, a la salida de la fábrica. Y a continuación se incluye un cuento impresionante, “Mi hijo fuma en pipa de espuma de mar”, un relato rarísimo sobre un padre que, cree, es despreciado a causa de la dichosa pipa que fuma el hijo, un padre cuyo deterioro mental sume al texto en un clima de vigilancia y pesadilla. Hay varios cuentos donde la violencia doméstica y el alcoholismo son el tema principal: “¡Abre la puerta, Rickard!” sobre una esposa que se esconde de su marido y sus amigos o “Juegos nocturnos”, donde el que huye del padre es un hijo avergonzado, y fundamentalmente “Dónde está mi jersey irlandés”, con su desdichado narrador alcohólico que vuelve al pueblo a enterrar a su padre. Ancianos maliciosos y tristes que han perdido la vida trabajando en el campo y bebiendo; mujeres abandonadas que sufren el rechazo de su familia; chicos que acumulan resentimiento: éste es el paisaje del campo sueco de la primera mitad del siglo XX. Pero Dagerman no se queda ahí: en la segunda mitad del libro aparecen relatos como el que da título a la colección, “El hombre desconocido”, una fantasía vagamente terrorífica de doble y violencia que recuerda a los cuentos en doble plano de Cortázar o “El hombre que no quiso llorar”, un cuento obviamente kafkiano donde un empleado corporativo se niega a hacer el duelo por una mujer poderosa de quien jamás se revela la identidad. Siguen cuentos de madre e hijo humillados (“las manos de los pobres siempre se avergüenzan de lo que hacen”), de refugiados en la Francia ocupada (“Invierno en Belleville”) y hacia el final cuentos erráticos e improbables: sobre la batalla de Gettysburg, vagas recreaciones de mitos con restos oníricos, un encuentro entre Newton y Dios, textos en los que el autor se dirige a sí mismo con severidad y autocompasión... Es imposible no ver, en estos relatos finales, cierta disgregación, una especie de angustia en búsqueda de otro lenguaje para contar lo que, quizá, ya no podía nombrarse.

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