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Domingo, 8 de noviembre de 2015

UN AÑO ANTES DEL FIN

A pesar de haber sido publicada en 2012, Chica de oficina, de Joe Meno, que ahora se publica en Argentina, es una novela sobre los 90 y una época que nunca termina de abandonar la adolescencia hasta que, claro está, todo se acaba de golpe. El arte vagamente comprometido, los amores líquidos y los trabajos nómades marcan las aguas por las que navega una novela que se interroga acerca de los límites de la mirada irónica sobre el mundo.

 Por Federico Reggiani

“Es enero de 1999, un año antes de que el mundo tal como lo conocemos llegue a su fin. El comunismo, al igual que Dios, ya está muerto.” Una chica de veintitrés años pedalea por las calles nevadas de Chicago. Es Odile, acaba de abandonar la escuela de artes, está enamorada de un hombre casado y está harta de su compulsión a buscar cariño. Se dedica a proyectos vagamente situacionistas, inventa un movimiento artístico cuya principal consigna es oler liquid paper, escuchar Velvet Underground y mirar películas de Truffaut. En otra parte de la ciudad, está Jack. Tiene veinticinco años, también pedalea en las calles nevadas, también estudió arte, acaba de divorciarse, acaba de dejar su trabajo en una agencia de publicidad y pasa las noches grabando los sonidos de la calle, en casettes que acumula en cajas de zapatos para un proyecto artístico interminable.

Odile y Jack se conocen en uno de tantos trabajos vacíos: la venta telefónica nocturna de discos Muzak, el sistema de música funcional. La novela empieza entonces a hacer honor a uno de sus títulos alternativos, “Jóvenes en bicicleta haciendo cosas inquietantes”, y la pregunta que responde de manera oblicua es en qué consisten esas “cosas inquietantes” que, en principio, podría pensarse que son las acciones del manual situacionista: intervenir carteles publicitarios, disfrazarse de fantasmas en un colectivo, llenar de globos plateados una oficina.

Joe Meno nació en 1974 y Chica de oficina es su octavo libro, y el primero que se traduce al castellano. Esta edición es parte de un fenómeno en el mundo editorial argentino actual: la traducción de autores que están en una etapa temprana de su consagración y que forman parte de un mundo recorrido por la mezcla de lenguajes y por la experiencia de los blogs y las redes, las editoriales independientes y todo un ecosistema en que la producción de cultura, sin volverse necesariamente punk, puede ocurrir en paralelo con la maquinaria establecida. Chica de oficina tiene un aire de familia con muchas historietas independientes de los años 90 como Ghost World de Daniel Clowes o Rubia de verano de Adrian Tomine. Ahí están los jóvenes de clase media, los trabajos temporarios, las fotocopiadoras, el coqueteo aburrido con las artes, el temor ante cualquier sentimiento, como si los personajes y los autores tuvieran miedo de que alguien se burle de ellos. La relación con la historieta indie norteamericana no es puro resultado de un estilo de época: un libro anterior de Meno, Demons in the Spring, de 2008, es una colección de cuentos ilustrados por algunas estrellas de ese ambiente como Charles Burns, Ivan Brunetti o Anders Nilsen.

Hay, sin embargo, una diferencia crucial: Chica de oficina sucede en los 90, pero no es una novela “de los 90”. Publicada en 2012, conoce el final de ese estado de vacío: está escrita después del fin del mundo y narra el instante aterrador en que se abandona la adolescencia. Una adolescencia tardía, que se extiende hasta bien entrados los 20 años, y que se caracteriza sobre todo por la disponibilidad de destinos. Meno se concentra en el momento en que todo está a punto de terminar, y uno de los mayores méritos de la novela es la completa coherencia con que examina esos finales. Para empezar, estamos en 1999: la pesadilla americana de la caída de las Torres Gemelas sólo pospuso un año el 2000 como fecha-ícono del apocalipsis. Además, los personajes pretenden ser artistas en un momento en que el arte es puro concepto, sin restricciones materiales o de oficio: el estado del arte contemporáneo, el que se enseña en las instituciones de los Estados Unidos, es una pura disponibilidad de posibles duchampianos, sin límites pero sin reglas claras de legitimidad. También el mundo del trabajo es una pura posibilidad vacía: en la novela, los personajes pasan de un trabajo basura al siguiente; estamos en la primavera económica de la era Clinton y en una sociedad con pleno empleo. El juicio a Clinton –derivado del affaire con Monica Lewinsky– la única indicación del marco histórico que parece preocupar a los protagonistas que empiezan a preguntarse si esa vida de proyectos artísticos inconclusos, amores sin definición y trabajos sin futuro puede extenderse por mucho más tiempo; si no empiezan a ser demasiado viejos para eso. Las relaciones sexuales de los personajes –sencillas, fugaces e insatisfactorias– siven como un resumen de este mundo. La densidad creciente de la relación entre Odile y Jack corre en paralelo con la certeza de que sus decisiones empiezan a tener consecuencias. La propia textura de la novela acompaña este proceso. Escrita por fragmentos que por momentos parecen las anotaciones de un guión o las entradas de un blog, amable y muy entretenida, acompañada con pequeños dibujos inocentes y fotos que la ilustran de manera hierática, abandona de a poco su tono zumbón a medida que los personajes se acercan a un desenlace que no se parece al de la “horrible versión cinematográfica de este libro”, como dice en la irónica nota final.

Es imposible decidir si la novela se burla de sus personajes o los acompaña. Quizás el momento clave de esa ambivalencia sea la mirada sobre sus producciones artísticas. Cuando parecen hundirse en la trivialidad de un conceptualismo un poco infantil, aparece la descripción de la bella arquitectura que construye Jack: “un pueblo único que él ha inventado y que está hecho sólo de sonidos”. Esta novela es una exploración de los límites de la distancia irónica: lo más inquietante de “las cosas que hacen” los personajes es enfrentarse a la posibilidad del amor, con todo lo que eso tiene para ellos de cursilería inaceptable.

Chica de oficina
Joe Meno
Páprika
300 páginas

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