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Domingo, 3 de enero de 2016

LUIS GUSMAN

AMORES PERROS

Es notable la capacidad de Luis Gusmán para ir incorporando en un nuevo libro iconografía, señas de identidad, marcas y personajes de libros anteriores, aunque se trate de géneros o épocas literarias muy diferentes. Así, en Hasta que te conocí, su última novela, un policial negro, el lector podría remontarse hasta el comienzo mismo de El frasquito, o detectar personajes de Tennessee o de cuentos como los de Lo más oscuro del río. Pero a su vez, esta nueva entrega no deja de brillar con una luz propia. Por varios motivos se trata de una trama inolvidable, con diálogos cargados de sentido y lirismo. En esta entrevista Luis Gusmán explica las lecturas y los hábitos que confluyen en su trabajo literario.

 Por Sebastián Basualdo

“Nunca pensé mi obra como una totalidad. Yo vivo libro a libro”, dice Luis Gusmán; y no tarda en nombrar a otros autores –como Piglia y Saer– para plantear lo que entiende por un proyecto literario mucho más implícito que el suyo. No es fácil para un escritor leer su propia obra, naturalmente; hay quienes juzgan, incluso, que se trata de una tarea imposible. Quizás la complejidad que entraña hacer un recorrido por su obra esté en el comienzo mismo. Que un escritor sea reconocido por un libro no tiene nada de extraño, sobre todo si representa la culminación de un proyecto estético desarrollado a lo largo de toda su vida. Y no deja de ser cierto, también, que en esos casos se suele ir al comienzo para buscar todo aquello que se asomaba tímidamente o acaso estaba todavía escondido, latente. En el caso de Luis Gusmán, esto se da por partida doble y desde el principio mismo de su carrera literaria con la publicación de El frasquito en 1973, libro ya canónico y a la vez mítico, un poco de culto y otro poco maldito, dentro de la literatura argentina que, por aquel entonces, incomodó a la cultura oficial hasta el extremo de prohibirlo. Original en su temática y en la fuerza narrativa de su estilo, todo lo que significó El frasquito pudo haber resultado fatal para cualquier escritor menor que, sin entender el contexto sociopolítico de los años setenta, se sintiera convencido de haber encontrado una fórmula literaria posible de ser repetida durante los años siguientes. Por fortuna, en el caso de Luis Gusmán sucedió todo lo contrario y luego de la publicación de Brillos (1975) su búsqueda estética se abrió como un abanico y desde distintas perspectivas comenzó a elaborar una obra donde todas las temáticas presentes en El frasquito resultaron algo así como el mapa genético de su posterior narrativa, sólo que evolucionando a la par de sus preocupaciones formales. El tratamiento sobre el lenguaje como constructor de múltiples realidades, la historia y la política (basta pensar en su novela Villa –1996– y el modo terriblemente genial con que abordó la problemática de la dictadura militar a partir de dos personajes centrales), las relaciones del hombre con la muerte y la práctica del esoterismo, el sexo y el amor, las mujeres y la amistad como punto de partida para el abordaje de problemáticas donde se cruza la mera contingencia, la ética y lo imponderable, son apenas algunos de los temas que aborda en su narrativa a la par de sus libros de ensayos donde siempre hay una lectura tan lúcida como reveladora de sus autores preferidos, Kafka, Borges, Joyce, Proust y Graham Greene, por nombrar sólo algunos. “Ahora bien, pensando en mis obsesiones o mitologías, si no trabajo a partir de los géneros podría correr el riesgo de repetirme en algún punto. Entonces, ¿qué hace la diferencia para mí? La trama. Ya no puedo escribir más sin trama. A veces temo perder esa cosa lírica en la escritura, cierta respiración. Me gusta mucho lo que dice Proust, que cuando dejó de fumar le cambió la respiración y la puntuación. Me refiero, justamente, a esa cosa del acto físico de escribir. Por ahí es un mito absolutamente personal. En mi caso, ya está. No es mi preocupación en este momento”, afirma Gusmán haciendo referencia al estilo de su prosa en Hasta que te conocí, su reciente novela donde recupera personajes de libros anteriores para hilar de manera excepcional una trama de relato policial que gira en torno al asesinato de Silvio, un stripper, aparentemente involucrado en el negocio de las riñas con perros, que aparece un día muerto al costado del camino del Buen Ayre junto a su pitbull. “Transcurridos unos días, Gutiérrez llamó por teléfono a Walenski para contarle que le había llegado el rumor de que Silvio había estado metido en la riña de perros. Al menos, eso es lo que se decía en algunos boliches de Ramos y también en algunos gimnasios”. Dicho así pareciera no haber ningún elemento fuera de lo común o previsible. Nada mejor que un asesinato, podría pensarse, para un policial negro o de enigma, la construcción de un detective antihéroe pero brillante, acaso arrojar datos falsos, varios sospechosos y desviar los indicios al estilo Chandler hasta su resolución final.

Sólo que Luis Gusmán le da una vuelta de tuerca verdaderamente brillante al género y el asesinato resulta apenas una excusa o el punto de partida para algo mucho más entrañable. La verdad muchas veces carga con el reflejo de la crueldad y la sospecha. Más allá de quién fue el culpable del asesinato de Silvio, la mentira se mete en el recodo más íntimo de cada uno de los personajes. Mentiras hacia uno mismo o para cuidar a los demás o cuidarse de los otros. Pero si ocultar es mentir, habría que ver el daño que podría generarse una sociedad donde la mentira no existiera en ninguna de sus formas.

En Hasta que te conocí, la mentira fluye a tanta velocidad que uno no se da cuenta de que se transformó en una cuestión casi ontológica hasta el final. No hay una reflexión al respecto. Es notable. Los personajes viven, simplemente. Son ellos y sus circunstancias.

–Sí, en Hasta que te conocí, todos mienten; pero tampoco quería hacer una cuestión caracterológica de los mentirosos. Necesitaba que se fuera notando paulatinamente que mienten a través de la trama y de los diálogos. Y en esta novela me parece que está mucho más logrado por medio del diálogo que a través de la descripción del narrador. Me refiero a sus características psicológicas. “Era un hombre avaro que...”. A mí eso no me sirve. En cambio, en un diálogo en el que el otro le contesta: “No te quiero dar nada”. Ya está, el lector comenzó a construirse la imagen del avaro por medio de sus palabras y sus actos. Tal vez lo que me llevó más trabajo fue la construcción de los personajes femeninos. En principio porque tienen distintas edades; Lucero anda por los veintipico de años y Clara tiene cuarenta y tantos. Entonces, obviamente, hablan distinto, se mueven distinto por un mundo completamente diferente. Es muy simple corroborar esto cuando leés un texto en voz alta. Si no sos Borges puede resultar una imbecilidad o una frivolidad absoluta. Cuando los diálogos están bien sostenidos se nota mucho. En ese sentido la novela es muy física. Yo necesito estar muy atento a esos signos, esas señales.

Para quienes hayan leído la novela Tennessee, llevada al cine por Mario Levín con el título de Sottovoce, los personajes de Walenski y Smith les resultarán tan conocidos como el universo de los gimnasios y los ambientes oscuros que solían transitar a dúo. El resto se encontrará “con un ex pesista que todavía se conservaba en forma. Posiblemente los brazos aceitados, las muñequeras ennegrecidas y la cadena de identificación le dieran un aspecto intimidante. Sin embargo, en su mirada había cierta mansedumbre que desconcertaba. Podía parecer un hombre manso pero bastaba que viera una injusticia para que esa maquina de músculos en desuso se pusiera en movimiento con una furia inusitada”, según escribe el narrador de Hasta que te conocí poco antes de que se presente la injusticia materializada en Lucero, una joven que llega al gimnasio Planeta Cuerpo donde trabaja Walenski, buscando a Silvio, el hombre del que se ha quedado embarazada y de un día para otro se encuentra desaparecido. Walenski tomará como un asunto personal la desaparición de Silvio y no sólo por Lucero sino porque hay algo pendiente entre estos dos hombres. Algo hay oculto entre Walenski y Silvio que viene de muy lejos y tiene relación con Smith, el gran amigo de Walenski muerto de cáncer hace algunos años en Estados Unidos y que se le aparece en sueños con la fuerza de un remordimiento. Una deuda no saldada.

Buscar una verdad puede ser al mismo tiempo una manera de ocultar otra. “Había escrito un capítulo en el que Smith se aparecía en una sesión espiritista pero lo eliminé porque me pareció que era repetirme”, dice Gusmán. “Entonces aparece en un sueño. ¿Nunca se te apareció un muerto en algún sueño? Si estás en paz con el muerto, por ahí te aparece menos en los sueños. Si no estás en paz, como es el caso de Walenski, por ahí te aparece mucho más debido a la culpa, o por otras cuestiones. Yo creo que todas estas mitologías están ya en El frasquito sólo que ahora aparecen atravesadas por otro género. En un momento Walenski le dice al inspector que su amigo no trae problemas porque está muerto. Y el otro le responde que no se confíe: a veces los muertos traen más problemas que los vivos. Y es cierto, ¿o no?”.

Si hay algo verdaderamente notable en Hasta que te conocí, además de la precisión de los diálogos y su prosa depurada, es el modo con que Luis Gusmán resuelve técnicamente la estructura de la novela para lograr que confluyan simultáneamente las distintas tramas a modo de destinos paralelos. “Sin conocerse, Walenski y el inspector Bersani andaban por los mismos lugares casi al mismo tiempo, como si el espíritu y el cuerpo de Silvio los convocara. Hasta es posible que se hubiesen cruzado pero, de ser así, el inspector seguramente lo recordaría porque, ya en la escuela de policía, se había distinguido por no olvidar jamás una cara”.

La construcción en par de los personajes, ese dualismo tan característico de la narrativa del autor de Dobles y bastardos se impone nuevamente pero a modo de contraste, universos absolutamente irreconciliables por medio de Bersani (que debiera representar la ley) y Waleski (un hombre acostumbrado a utilizar la fuerza como un modo de razonamiento) que parecen al principio compartir el mismo interés por develar quién fue el autor del asesinato de Silvio. “Walenski sospechaba que Bersani no era alguien que iba a renunciar fácilmente a descubrir quién había matado a Silvio. Por lo que habían conversado con el inspector, advirtió que a este no le importaba mucho el stripper, pero encontrar al culpable era una cuestión personal”. Sólo que en esta novela nada es lo que parece y si bien puede ser cierto que somos a partir de la mirada del otro la cuestión es que también hay deseos y motivaciones inconfesables. Por eso más que un enigma a revelar o la persecución del móvil que llevó al asesinato del stripper lo que hace Luis Gusmán es utilizar los mecanismos propios del policial negro para desplazarlo lenta, gradualmente hasta ubicar la mentira en el centro mismo de la escena del crimen y de ese modo enfrentar a los personajes a partir de sus propios intereses.

DOBLE DE CUERPOS

“Y si alguna vez leés esto, quiero que me creas. Van a preguntarte y vas a decir que no, que nunca conociste a tu papá. Pero creeme que cuando lo vimos en el escenario te sacudiste para abrazarlo, le tiraste las manitos. Me empujabas para que corriera hacia él. Silvio te miró, o eso creí, pero no supo ver más allá de mi piel. O quizás sí, y entonces no supo qué hacer. Porque Dios hace y el Demonio destruye, y él era las dos cosas a la vez. En Keops no le dije lo que quería porque esperaba decírselo al oído. Él desnudo y a oscuras, con el foco que lo seguía, inclinado sobre mí y a la vista de todos, y vos y yo diciéndole palabras de amor al oído. Tan lindo estaba que ni siquiera lo hubiera tocado. Habría bastado con que acercara su mano a mi panza para que entendiera que no era yo quien lo llamaba. Entonces, de bronca grité. Llamé a Dios y me respondió el demonio. Y dijo algo que no tendría que haberme dicho. No soy el padre”.

“Todo el capítulo del diario íntimo de Lucero está escrito por Marcelo Gargiulo y editado por mí. Nosotros somos como un dúo. Es posible que yo nunca hubiera encontrado ese tono”, dice Luis Gusmán, sonriendo.

No sé si hay muchos escritores que reconozcan que un capítulo se lo escribió un amigo.

–Sí, lo trabajamos entre los dos. Esa parte solamente. Ojo. ¡Tampoco le voy a dejar toda la novela! Para algo soy Bersani, el que maneja las cosas soy yo. Algo similar hicimos en la novela El peletero y lo escribió pésimo porque yo le dije: “Por favor, escribime un capítulo que transcurra en el puerto”. Y me escribió Moby Dick. Le tuve que bajar mucho el tono. Acá no, por suerte quedó uniforme. Es más, mi cuñada es montañista y me mandó un material pero no me sirvió, porque me parecía que desentonaba demasiado. Me gusta mucho el tono que logró Gargiulo. Yo no hubiera podido, me parece.

Retomar personajes, a veces cambiándole el nombre pero respetando sus características, por no decir su pasado, es algo que solés trabajar mucho a lo largo de tu obra. Y también la aparición de dúos, conformados por los distintos personajes.

–En relación con la continuación de los personajes, sí, es cierto. Estoy pensando en Hueso, un personaje que aparece siempre, desde La música de Frankie y también en los cuentos, con distintos nombres. En la novela El peletero, Hueso es el amigo de Landa. Ahí ya tengo otra pareja. Walenski y Smith, Piel y Hueso. El único personaje solitario que tengo, me parece, es Villa. Y es curioso porque es justamente a partir de esa novela que comienzo a darle más importancia a la construcción de los personajes. En cuanto a Hasta que te conocí: Smith muere en Tennesse. Y Walenski ya era también pesista. Sólo que trabajaba en un camión frigorífico. La cuestión era cómo continuar con esa historia teniendo un personaje que había muerto. No me había pasado nunca. Y sobre los dúos, siempre me fascinaron. Ya están presentes desde El frasquito, con los mellizos VarelaVarelita. Pienso ahora en Conrad, en esos dos personajes que se están batiendo a duelo durante toda una novela, en Fierro y Cruz, o los mensajeros de Kafka. En el caso de Hasta que te conocí, me parece que de alguna manera Smith es reemplazado por el inspector Bersani. Siguen siendo dúos; pero en este caso, imposibles, muy contradictorios.

NEGRO PERO NO CLASICO

Luís Gusmán recuerda que ya desde la infancia le gustaba el género policial. Su abuelo, que era un gran lector, le leía novelas de piratas y policiales hasta altas horas de la noche. “Debajo del puente de Avellaneda, en Pavón y Mitre, había una librería de Dos por Uno. Es decir cuando terminabas de leer tu libro, llevabas dos y te daban uno. Siempre iba con mi abuelo. Cuando mi abuelo murió, le pedí a mi abuela que por favor me dejara seguir yendo al Dos por Uno. Ahí leí Estefanía, todas novelas que son de autores de western. Siempre empezaban así: ‘Cayó cuan largo era’. Y todas las novelas de aventuras que no eran todavía las de Salgari. Me gusta pensar que de ahí proviene mi entusiasmo por cierta clase de tramas. Algo que perdí durante años, y luego por suerte pude recuperar.”

¿Concebiste Hasta que te conocí desde el principio como una novela policial?

–Si algo tenía claro era que no quería hacer una novela tumbera policial donde enseguida aparecen tres drogadictos consumiendo heroína. No quería de ninguna manera algo así y me cuidé mucho. No digo que no haya novelas geniales que ronden esos temas, ahora recuerdo Vicio Propio de Pynchon, por ejemplo. Pero yo quería otra cosa. Yo diría que Hasta que te conocí, más que pertenecer al género policial se inscribe en una clase de relato de ese estilo. Porque tampoco es una novela clásica desde esa perspectiva. De hecho, el crimen no tiene la menor importancia. A mí me gusta mucho leer novelas policiales. Me interesa la construcción de la trama. Pero tienen que ser perfectas en algún punto, por lo menos respecto a mí, porque sino sufro de ansiedad y curiosidad. Entonces me salteo páginas... Y si salteás páginas ya está mal. No podría decir que esta novela sea específicamente policial. Cierta clase de detectives hoy me parecen ridículos y patéticos. Hay películas maravillosas de esos tiempos como Cliente muerto no paga, una especie de comedia o sátira de esa clase de detectives. No me interesan, realmente. Si me preguntás por alguna influencia, podría hablar del policial inglés, puede ser Nicholas Blake. Fundamentalmente en mi caso la cosa empieza bastante con Graham Greene y es ahí donde encontré la figura del inspector Bersani, que me parecía un término medio, ya que no era detective ni un comisario. Necesitaba tenerlo todo el tiempo en la calle, circulando, porque sino era un problema. No es fácil.

Los títulos de tus libros resultan siempre muy evocativos.

–Sí, entre mis títulos preferidos están Ni muerto has perdido tu nombre, que es una frase de la Odisea, Los muertos no mienten y En el corazón de junio. Onetti siempre titula con alguna cuestión con la música: Los adioses es por una sonata de Beethoven. Me gusta. Mi próxima novela se va a titular Dos extraños, en la cual el personaje es un cantor de tango, alguien como Goyeneche. El como cantautor de tango se llama Adrián Ventura. Cuando viaja a Mar del Plata dice que se llama Omar Mortessi. Y ahí empieza la trama. ¿Qué es lo interesante? Todos los años se hacen festivales en Mar del Plata en donde lo imitan, pero él nunca va. Un día, tiene un problema de acúfenos, empieza a oír mal y decide no cantar más. Entonces se tiñe y se corta el pelo, se cambia el nombre y se anota en el concurso como imitador de él mismo. En el festival, hablando con otros participantes, escucha cosas de su vida. Entonces comienza a mezclarse aquello que vas olvidando y el mito que otros construyen sobre vos. No todo lo que va a escuchar es lindo. Me interesa ese mecanismo de construir la imagen de uno a partir del otro. Tengo cien páginas, la escribí en dos cuadernos y no me entiendo la letra. No entiendo nada de lo que escribí. O sea que esto va por cuenta de mi memoria.

Hasta que te conocí. Luis Gusmán Edhasa 280 páginas

¿Cuánto tiempo te llevó escribir Hasta que te conocí?

–Más que el tiempo de escribir, hablaría del tiempo de corregir. Escribo muy rápido, a veces demasiado. No puedo estar sin escribir. Pienso escribiendo. Todas las noches llego del trabajo y me siento unas horas a escribir. Me sale a veces demasiado fácil.

¿Te cambió la puntuación cuando dejaste de fumar?

–Es muy lindo eso que dice Proust. No. Fumaba Jockey Club Suave, no tragaba el humo, los fines de semana no fumaba, en vacaciones no fumaba. Nunca fui un fumador muy serio.

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Imagen: Arnaldo Pampillón
 
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