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Domingo, 18 de septiembre de 2016

SANDRONE DAZIERI Y ZYGMUNT MILOSZEWSKI

LA MITAD MÁS UNO

Con o sin la etiqueta de “serie negra” en el orillo, las novelas policiales buscan seguir el cauce abierto por Henning Mankell y Stieg Larsson y, más allá de que transcurran en tierras escandinavas o no, es ése el espíritu. Con propuestas diferentes, uno con un trepidante thriller, el otro con una morosa trama que hunde sus raíces en el pasado, el italiano Sandrone Dazieri y el polaco Zygmunt Miloszewski siguen alimentando la necesaria y actualísima maquinaria mundial del género.

 Por Martín Pérez

Hace tanto tiempo que la novela negra ocupa por derecho propio la mesa central de novedades de cualquier librería, que algunas editoriales ya ni se preocupan por darle a esa clase de lanzamientos un sesgo distintivo. Es cierto, los recién llegados al baile aún intentan llamar la atención pegando el grito de “serie negra” en algún lugar de la portada, pero también hay otros tan confiados –como Alfaguara, en este caso– que obvian el detalle, y apenas si lo dejan caer en los comentarios de la contratapa. Pero siempre hay algo que los delata: los nombres extranjeros y un toque de rojo en la ilustración de tapa. Lo del rojo sangre no necesita explicación, pero los apellidos exóticos son una pista clara porque las traducciones que no vengan del mundo anglosajón o francófono –o no tengan un Nobel detrás– no solían ser comunes en el mundo editorial local. Hasta que, claro, empezaron a hacerse conocidos nombres como los de Henning Mankell o Stieg Larsson. De hecho, la ausencia de etiqueta pero la exhibición de autores con pasaportes poco comunes confirma el hecho de que la temática no importa demasiado, el asunto es plantar bandera sobre un nuevo horizonte: lo que todos quieren es descubrir la nueva Escandinavia. Hacer por una nueva latitud y un nuevo idioma lo que Kurt Wallander y Lisbeth Salander hicieron por Suecia, y facturar lo que corresponde –y de ser posible más también– en el camino.

La ruta del policial contemporáneo, por suerte y gracias a los extraordinarios personajes creados por Mankell y Larsson, parece estar pavimentada por los protagónicos fuertes. En el caso del italiano Sandrone Dazieri y el polaco Zygmunt Miloszewski, las nuevas apuestas sin etiqueta negra de la colección narrativa internacional de Alfaguara, sus escuderos son –respectivamente– la agente Colomba Caselli y el fiscal Teodor Szacki. Tanto Dazieri y Miloszewski representan tanto una nueva generación de autores como a industrias editoriales no tan poderosas como para ser autónomos, así que no sorprende que cada paso literario de sus biografías tenga su correlato cinematográfico o televisivo. Algo que se descubre sin necesidad de recurrir a la solapa en el caso de Dazieri, cuya novela presentación de la agente Colomba tiene vértigo y estructura dignas de una película o de una serie. Con respecto a Miloszewski, que con La mitad de la verdad ya va por el segundo caso del fiscal Szacki –el primero fue El caso Telak (2015)–, su atractivo extra es la sexualidad activa de su protagonista que, si bien se cuestiona su lugar en el mundo a la manera de Wallander, sus achaques son otros, vinculados a arrebatos menos existenciales.

La mitad de la verdad Zygmunt Miloszewski Alfaguara 456 páginas

Pero tanto uno como otro aprovechan al máximo el potencial de sus protagonistas, y al hablar de sus crímenes, se preocupan también por hacerlo también sobre lo que esconden sus respectivas sociedades. Dazieri empieza construyendo no uno, sino dos personajes, casi a la manera del periodista Blomkvist y la hacker Salander de Larsson, pero invirtiendo la pareja: a la aguerrida y atractiva inspectora Colomba le pone como escudero a un sagaz asesor, pero castigado y vulnerable, llamado Dante Torre. Al tiempo que despliega un caso que parece protagonizado por un cruel psicópata secuestrador de niños, Dazeri también presenta a su pareja despareja protagónica, alternando con habilidad la información y narrando con dinamismo una trama que no deja respiro, que su autor ha definido como thriller intentando desmarcarse de la morosidad analítica y las dudas de la serie negra. El resultado es un libro trepidante, difícil de soltar, y encarnado por dos protagonistas que invitan a pedir una más y no jodemos mas. Algo que por supuesto sucederá, asi como también una película y su propia serie.

Ambientada en Roma, la trama que imagina Dazeri incluye un tejido narrativo que se va remontando hacia el pasado una y otra vez, capa tras capa de la cebolla. Para investigar el secuestro de un niño y el asesinato de su madre, Colomba es sacada de un retiro en el que se encontraba luego de una misión fallida que podría haber acabado con su carrera, y su único aliado también fue secuestrado de niño, y mantenido cautivo durante casi una década. Una historia escalofriante, que parece haber vuelto a suceder, y que para que así sea necesariamente esconde toda clase de complots y complicidades. Algo parecido se puede decir que sucede en La mitad de la verdad, la segunda novela de la saga de Szacki, pero circunscrito a la ciudad de Sandomierz, donde se ha instalado el fiscal, después de una primera novela ambientada en Varsovia. Los complots y complicidades que Szacki sospecha involucrados en su caso, se remontan al pasado de la ciudad, una joya de la campiña de su país, que también resulta ser la capital del antisemitismo polaco.

No está solo. Sandrone Dazieri Alfaguara 552 páginas

Lejos del ritmo contagioso de la novela de Dazieri, Miloszewski –que estructura su libro a un día por capítulo, lo que ayuda a su dinámica– no tiene miedo de dar vueltas alrededor de las cosas, no le teme al análisis y las dudas. De hecho, ha declarado que una de las cosas que mas disfruta es tomarse su tiempo para describir las ciudades en las que ambienta sus novelas, y por eso ha mudado en cada una de ellas a su fiscal (y lo volverá a hacer en el último capítulo de la trilogía). En el caso de esta segunda parte (independiente de la anterior) su primer gran logro es la descripción de la vida de un profesional habituado al ritmo de una gran capital, relegado a la cotidianeidad de una ciudad del interior. Y el segundo es cómo va convirtiendo la descripción de esa vida supuestamente reposada en un infierno, mas aún al ir tirando de los hilos de un crimen que saca a la luz un pasado de pogroms y holocausto.

Es el pasado lo que acecha en La mitad de la verdad, y no solo como fruto del antisemitismo polaco histórico –que el núcleo poderosamente anticlerical de la novela no tiene empacho denunciar como instigado por el cristianismo–, sino también en los desgarros producidos en la sociedad primero por las complicidades con la ocupación alemana, y luego por ciertas inevitables venganzas bajo el yugo soviético. En ese ida y vuelta, sin embargo, hay un momento magistral en el que el fiscal conoce a un legendario antecesor, que recuerda un caso criminal histórico y bestial, donde todo un pueblo termina siendo cómplice de un asesinato familiar, con una frase que retumba en la novela mas allá de su resolución, y tal vez también sirva para explicar la razón por la que en estos tiempos la serie negra se ha hecho un objeto literario tan repetido como necesario. El viejo fiscal quiere regalarle a Szacki la toga que ha usado toda su vida, y el recién llegado a Sandomierz se opone, argumentando que la lógica heredera es su hija, que los ha presentado y ha seguido el camino del padre. “Es demasiado buena persona”, le responde el veterano al oído, sin que ella lo escuche. “No entiende que todos mienten”.

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