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Domingo, 23 de octubre de 2016

ELSA DRUCAROFF

OTROS Y OTRAS

En Otro logos, un ensayo dedicado a elaborar una relectura crítica de gran parte de la tradición filosófica occidental, Elsa Drucaroff logra abordar un aspecto soslayado en este tipo de trabajos: desactivar los mecanismos de dominación masculina de la razón, abordando la cuestión de género y recurriendo a un atrapante anclaje narrativo.

 Por Cristián Sucksdorf

Una página famosa de Platón refiere que Tales de Mileto (a quien los griegos consideraron el primer filósofo) cayó en un pozo por caminar mirando hacia arriba para estudiar los astros; esta situación provocó la risa de una criada tracia, porque el filósofo quería “saber las cosas del cielo, y se olvidaba de las que tenía a sus pies”. La tradición entendió que detrás de esa risa había algo más que una mera burla. Se sucedieron incontables reflexiones, tan diversas como infructuosas, para conjurar ese misterio. Las explicaciones de los filósofos (varones todos ellos) suelen apuntar a la actitud teórica de Tales, pero dejan en un cono de sombras a la muchacha y su triple condición de mujer, extranjera y esclava. ¿Acaso no hay relación entre esas condiciones y la risa que causa un logos atareado en lejanías pero indiferente a lo más urgente de la propia vida? Hacer visible esta ceguera del logos dominante es quizás la primera de una serie de apuestas que constituyen el valor (y el coraje) de Otro logos.

Este ensayo de Elsa Drucaroff, escrito a partir de su tesis de doctorado en ciencias sociales, sostiene sus conceptos antes que en su encadenamiento formal o meramente lógico, en el anclaje a un sustrato cuasi narrativo, un orbe de experiencias que intentan apuntalar esas significaciones a la vida. En esa dirección quizás vaya el llamativo uso de la primera persona, que más que afiliarse a la tradición de las meditaciones parece buscar que la reflexión no pierda el suelo bajo sus pies. A partir del funcionamiento de dos grandes bloques conceptuales íntimamente dependientes, se despliega una esforzada relectura de gran parte de los textos fundamentales de las teorías críticas de nuestro tiempo, que van desde Marx y Freud hasta Kristeva, Butler, Rubin, Derrida o Deleuze. Esas relecturas se empeñan, además, en desactivar los efectos de dominación masculina de la teoría lacaniana. Pero el punto descollante acaso sea la original articulación de los pensamientos, tan potentes como invisibilizados, de las filósofas Luce Irigaray y Luisa Muraro, junto a algunos importantes aportes de León Rozitchner.

En el Manifiesto comunista Marx y Engels sostuvieron que el desarrollo de la historia se fundaba en el principio conflictivo de la lucha de clases. Elsa Drucaroff continúa esa tradición, pero modificada en algo esencial: la lucha de clases (Orden de clases) es uno de los motores primordiales de la historia, pero no el único. Habría un segundo orden conflictivo, tanto o más antiguo que el de clases: el Orden de géneros. Allí se produce a lo largo de la historia la minuciosa opresión de las mujeres; y no sólo de ellas, a través suyo se dará también la de todo aquello que difiera de (y con) la forma dominante de la masculinidad. Todo conflicto se inscribe en ambos planos contiguos, el de géneros y el de clases, pero de un modo específico. La relación entre ambos órdenes, que constituye lo esencial del primer bloque conceptual, podríamos graficarla entonces como un sistema de coordenadas: latitudes y longitudes que sitúan todo conflicto. Ninguno de los dos ejes puede reducirse al otro. Si alguno prevalece perdemos la localización del conflicto, pero cada orden exige la política específica de su propia lógica.

El otro bloque conceptual consiste en la relación entre las palabras y las cosas, entre semiosis y no semiosis. Sostiene Drucaroff que la relación del cuerpo y la palabra se da como un corro en perpetuo movimiento (Muraro); cada extremo reenvía al otro incansablemente, como las caras titilantes de una moneda que gira sobre su eje. Pues si los cuerpos sostienen la existencia de toda significación, una vez iniciado el movimiento de la vida humana ya no podremos encontrar cuerpos sin significación, como así tampoco significaciones que no se sostengan en algún cuerpo. La separación entre semiosis y no semiosis, que jerarquiza el lugar del sentido por sobre el de los cuerpos, es la forma misma de la dominación masculina: el falo-logocentrismo (Irigaray). El Verbo que crea la carne de la nada. Un logos, entonces, que como el inverosímil barón de Münchhausen se levanta a sí mismo tirando de sus propios cabellos.

La expropiación de las capacidades significantes del cuerpo femenino se da principalmente a través de la sustitución del origen del sentido: ya no será el cuerpo de las madres gestadoras y sus enseñanzas (la lengua materna), sino la palabra del padre. Es por esto que “orden simbólico y opresión de las mujeres están profundamente ligados”. Drucaroff encuentra en la figura de la Virgen María la forma cabal de esta usurpación (Rozitchner), la “confiscación del orden simbólico de la madre, de su potencia creadora por parte del Orden de géneros falo- logocéntrico.”

De lo que se trata, entonces, es de una denuncia del carácter “histórico, político y fálico” de la razón que nos rige, que ha recluido lo femenino en el ámbito de la irracionalidad muda de la materia. La mujer, en tanto que modelo humano, tendrá entonces una racionalidad prestada y siempre inadecuada: la que propone el modelo humano del “hombre”. Pero que exista tal cosa como una “materia muda”, es decir, que el sentido sea lo otro de la materia, es claramente resultado del abismo abierto entre las palabras y las cosas. El signo es entonces el campo de batalla (Voloshinov) en el que se juega no solo la dominación de clases sino también, y de un modo anterior, la de géneros.

Otro logos Signos, discursos, política. Elsa Drucaroff Edhasa 476 páginas

¿Pero cómo se da esa cristalización del Orden de géneros en el lenguaje? Principalmente, a través de la instauración de una jerarquía entre los dos modos fundamentales de la significación: la metáfora por sobre la metonimia (Muraro). La metáfora sería la forma de significación en la que el signo sustituye aquello que denota. Es la forma del pensamiento abstracto, de los razonamientos puros, del logos masculino. Por su parte la metonimia supone una lógica antagónica a aquella: el signo no sustituye sino que señala más allá de sí mismo. Un dialogo, por lo tanto, entre semiosis y no semiosis. Este aspecto del lenguaje, en el que los cuerpos no se pierden en la significación, tiene su origen y fundamento en el orden simbólico de las madres, es decir, en ellas como garantes originarias de la relación entre las palabras y las cosas.

El libro se cierra dejándonos abierto un desafío: “¿Qué pasaría si el falo no fuera la única forma de producir sentido? ¿Cómo sería una cultura que dialogara con lo real, con la no semiosis, con la naturaleza, con la muerte?”

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