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Domingo, 24 de marzo de 2002

BRUCE WAGNER: LETRA Y CELULOIDE

Locos por el biógrafo

Pocos escritores han sabido explorar y explotar las relaciones entre la industria cinematográfica de California y la literatura como Bruce Wagner –novelista, guionista, realizador cinematográfico él mismo-, cuya última novela, I’ll Let you Go, está llamada a convertirse en un clásico.

POR RODRIGO FRESAN
Pocas relaciones más peligrosas y al mismo tiempo más benéficas que la que se ha producido –desde que el cine empezó a hablar y los productores descubrieron que necesitaban escritores que escribieran esas palabras– entre Hollywood y la literatura. Así, los escritores partieron a una nueva Tierra Prometida para ser apilados en cabañas como vacas de raza o caballos pura sangre. Faulkner, Mann, Huxley y Cheever se asomaron a los bordes del agujero negro, Fitzgerald se cayó adentro para ya no levantarse. Se iba a Sunset Boulevard a hacer dinero o a deshacerse uno. Y, en la pesadilla de la ciudad de los sueños al borde del desierto, surgió al borde del desierto el poderoso y encandilante subgénero de la novela hollywoodense narrando los ensayos, estrenos y fracasos de personajes unidos más por el amor que por el espanto. Y, claro, muchas buenas historias arrancadas a ese celuloide especialista en arruinar grandes libros a la hora de llevarlos a la gran pantalla.
De ahí que buena parte de la novela de Hollywood esté escrita con furia hambrienta y sed de venganza apenas matizada, en ocasiones, por aires de comedia cruel. La lista es larga y siempre incompleta a la hora de contar la película: Bukowski, Vidal, Beattie, Oates, Stone, McCoy, Updike, Roth, Ellroy, Yates, Tolkin, Didion, Schulberg, Dunne, Mailer, Chandler son apenas algunos de los locales a los que se les han unido –en abigarrado escenario digno de Cecil B. DeMille– extranjeros que incluyen a Boyd, Rushdie, Puig y Soriano a la hora de contar, en Triste, solitario y final, la entrega de Oscar más inolvidable de la historia del asunto.

AUTOPISTAS Y TEMBLORES
Y de vez en cuando aparece un novelista hollywoodense puro, alguien que hace de la Meca del Cine su territorio y tema. Este es el caso de Bruce Wagner (Wisconsin, 1954), quien llegó allí para quedarse y acaba de completar su Gran Trilogía con la celebrada publicación de la tantos años anunciada I’ll Let you Go.
Wagner –de aspecto cuanto menos inquietante en las fotos de solapa– se dio a conocer en 1991 con Force Majeure, título que alude a la cláusula por la que las aseguradoras pueden quedarse con la película y hacer lo que quieran con ella, generalmente algo malo. La novela narraba las desventuras de Bud Wiggins –chofer de limousina de las estrellas y alguna vez guionista promisorio– mientras planea su retorno triunfal con un script que no deja de mutar en su cabeza cada vez más enloquecida y, sí, Nathanael se hubiera partido de risa y de angustia leyéndola. En 1996 fue el turno de la más experimental y coralmente Altman-Pynchon I’m Losing You. Esta vez el título tenía que ver con el mantra/mentira telefónico que uno le dice a quien sea al otro lado del celular cuando quiere quitárselo de encima y sacarlo del área de cobertura. Para algunos, el libro era una obra maestra de la crueldad; para muchos, una obra maestra y punto. Entre una y otra, Wagner escribió el guión de alguna película de Freddy Krueger y de la revulsiva Escenas de la lucha de clases en Beverly Hills, filmó documentales gimnásticos con Carlos Castaneda y escribió primero el comic y después la serie Wild Palms –producida por Oliver Stone–, donde se burlaba con estética à la David Lynch del mundo de la Sciencetology y sus efectos en las mentes tiernas de divos y divas del celuloide. Después se sacó las ganas de dirigir Women on Film (2001), adaptación libre de su opus 2 con la que se paseó por los mejores festivales buscando, seguramente, más inspiración para disparar una tercera bala entre los ojos de la bestia.
GRANDES DESESPERANZAS
“Dickensiana” es el adjetivo que la crítica ha dedicado con mayor frecuencia y más ganas a la recién aparecida I’ll Let you Go a la hora de definir las 550 páginas de su abigarrada trama donde los buenos modales satíricos y victorianos de cierta novelística decimonónica se funden con la locura del demoníaco Los Angeles de ahoramismo. Pero también se podría invocar a Proust a la hora de explorar los misterios infantiles de la memoria o a las compulsiones góticas de las Brontë o a la fascinación por lo deforme en Victor Hugo. La trama de I’ll Let You Go es la más ordenada y la más ambiciosa y barroca y, sí, clásica –hasta ahora– en la obra de Wagner: novela familiar con palacio ruinoso digno del Gormenghast de Mervyn Peake, abuelo millonario obsesionado con su propia muerte y resurrección, y madre drogadicta y padre supuestamente muerto, pero...; de misterio, con niños prodigio y desfigurados y detectivescos, y un gran danés que ha visto demasiadas cosas; de clases, con un tribu de sirvientes iluminados y sombríos; de paisajes, con una Venice Beach de Bette “Baby Jane” Davis que, por momentos, se parece más al Balbec de la perversa Albertine; y, finalmente, con una riqueza de lenguaje en la que comulgan lo que se mira y se lee, que es, inequívocamente, de Bruce Wagner.
Hay que decirlo: I’ll Let You Go sería un gran film. Hay que decirlo también: el libro va a ser siempre mejor.

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