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Domingo, 27 de enero de 2008

EL EXTRANJERO › EUGENIDES

Amores míos

Antología de autor: Jeffrey Eugenides ofrece una antológica antología de historias de amor.

MY MISTRESS’S SPARROW IS DEAD:
GREAT LOVE STORIES FROM CHEKHOV TO MUNRO
Editado por Jeffrey Eugenides
Harper Collins, 2008
587 páginas

POR RODRIGO FRESAN

Hay antologías por encargo, para meter a los amigos (y, lo más importante, dejar afuera a los enemigos de siempre o nuevos enemigos que hasta ayer eran amigos que, pensaban, serían incluidos), temáticas, para rendir culto a los propios maestros, obvias, sorprendentes. Y –la variedad más rara y agradecible de todas– hay antologías de autor que, con el tiempo, por encima de toda variedad e intención antes citada, se convertirán en obras por derecho propio.

Tal es el caso de My Mistress’s Sparrow is Dead en la que Jeffrey Eugenides es más autor que recopilador porque lo que aquí se ofrece es la visión y las sensaciones que tiene del amor aquel que firmó dos novelas decididamente amorosas como la perfecta Las vírgenes suicidas y la muy exitosa Middlesex.

Una antología que es un amor a primera vista y lectura, y Eugenides –están advertidos– propone aquí una fiesta de tristezas ya desde el título, cuya elección y función el antólogo explica en un preciso e iluminador prólogo donde lo señala como acaso el primero en escribir largamente sobre un love affaire en detalle y en extenso, y en donde todo terminó mal. Veintiséis invitados donde, por invocar a algunos (y luego de preguntarles a colegas y conocidos acerca de cuáles eran sus amores escritos preferidos) hay sitio tanto para “The Dead” de James Joyce como para “Spring in Fialta” de Vladimir Nabokov o “Dirty Wedding” de Denis Johnson. Y, sí, están los siempre nuevos y modernos clásicos como Carver y Maupassant y Faulkner y Malamud y Babel y Kundera y Ford y Musil y Brodkey y Paley y Trevor. Pero, también, selecciones más inesperadas –pero ampliamente justificables– como George Saunders, Mary Robison, Lorrie Moore, Eileen Chang, Gilbert Sorrentino, David Gates y la gran Deborah Eisenberg, así como los maduros novatos Miranda July y Stuart Dybek y David Bezmogis. Y, en el subtítulo, Chejov y Munro, su descendiente directa, se besan y, acaso, seguro, se despiden con lágrimas de feliz infelicidad.

Y claro, toda antología tiene una siamesa fantasma donde se pasean los ausentes. Así, extraña que no haya algo de Haruki Murakami (“On Seeing the 100% Perfect Girl One Beautiful April Morning” hubiera encajado aquí a la perfección) o de García Márquez, a quien Eugenides ha reconocido desde siempre como uno de sus maestros (y ahí está el evidentemente marqueziano párrafo perfecto que abre Las vírgenes suicidas). Quién sabe. Unas ausencias sí han sido aclaradas por el anfitrión: Eugenides no pudo conseguir los derechos de “Brokeback Mountain” de Annie Proulx y descartó la sugerencia del “Secretary” de Mary Gaitskill por “no tratar exactamente del amor”.

Y ya se dijo: por encima de los apellidos impera la tristeza –lectura ideal, ya que estamos en tema y suplemento para leer con alegres canciones tristes de The Magnetic Fields como música de fondo– y Eugenides lo justifica así: “Cuando se trata del amor, hay un millón de teorías para explicarlo. Pero cuando se trata de cuentos de amor, las cosas son mucho más sencillas. Un cuento de amor jamás podrá ser sobre la posesión absoluta. Los cuentos de amor dependen de la desilusión, de familias enfrentadas y de cunas imposibles de emparentar, de matrimonios aburridos y de, por lo menos, un corazón helado. Las historias de amor, casi sin excepción, le dan mala fama al amor... Ofrezco este libro, entonces, como una cura para el mal de amores y un antídoto para el adulterio. Lean estas historias de amor en la seguridad de su cama solitaria y dejen que los demás sean los que sufran”.

Y no está de más apuntar que todo lo recaudado por la venta de este libro –sugerido a Eugenides por Dave “McSweeney’s & Co.” Eggers– se dedicará a la financiación de los programas de escritura creativa de la organización 826 Chicago para jóvenes de 6 a 18 años. Años en que se rompe o te rompen el primero de muchos corazones a romper. Así que –ya que estamos, flechados por la literatura–, ¿por qué no escribir algo antológico al respecto?

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