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Domingo, 27 de enero de 2008

MALDONADO

Los misterios del lenguaje

Una original novela policial que transcurre entre lingüistas, neurobiólogos y otros expertos en comunicación y lenguaje.

 Por Luciano Piazza

El icono de Dangling
Silvia Maldonado
Paradiso
191 páginas

Un interdisciplinario grupo de investigación intenta reponerse de la indiferencia de las lecturas de los congresos y de la desidia de la rutina académica. Se proponen un retiro académico para recuperar la pasión por el conocimiento. Una de las integrantes, René Dangling, es una doctora en ciencias del lenguaje, y quien ofrece una vieja y retirada casa en el sur para llevar a cabo sus jornadas privadas de estudio. En la tercera noche en que transcurrían las jornadas, en medio de una borrachera generalizada y de la distensión nocturna, ocurre un asesinato. Dangling, protagonista de la trama de confabulaciones académicas y de intriga policial de Silvia Maldonado –antropóloga y lingüista, El icono de Dangling es su primera novela–, se ve forzada a encarnar el papel de detective.

Es sabido que el investigador de la novela policial inglesa no se diferencia mucho del investigador académico, llamémosle científico. Si un asesinato ocurre en un retiro académico de un grupo de científicos, nada mejor que uno de ellos, uno de los sospechosos, encare la investigación imponiendo su riguroso método y su intuición. Y esa voz que lleve adelante la investigación no tardará en dar relato a las peores miserias que ese grupo de personas silenciaban. Porque así como todo grupo de trabajo lleva registro sordo de sus miserias, un grupo de investigación académica tercermundista silencia celos, traiciones políticas, resentimientos y hasta chantajes sexuales que no resisten a la indagación en la búsqueda de un asesino.

René Dangling, como voz narradora, es quien devela la batalla que se está dando dentro del grupo, sin piedad para reconocer que ellos mismos escenificaban una parodia de un largo debate entre cognitivistas y conductistas: “Al acostarme, mi último pensamiento fue para Piaget y para Chomsky, quienes nunca hubieran imaginado que un grupo de científicos intentarían replicar aquella experiencia de Royaumont en el culo del mundo, y que terminaban su primera noche envueltos en bolsas de dormir, en una casa en la punta de la montaña, sin calefacción, aunque con buenas salamandras, y con una perspectiva mañanera de café soluble”.

Una tormenta de nieve los confina a solucionar el misterio entre ellos mismos. Dangling irá despejando sus propias pasiones, las confabulaciones entre sus colegas y otras relaciones más turbias que enrollaban a los integrantes de ese grupo. Sus colegas, lingüistas, neurólogos, bioquímicos quedarán dando vueltas alrededor del cadáver, esperando un veredicto que oscila entre la ironía de la tradición de la que participan como personajes y la pena de ser marionetas de la experiencia.

La novela no es un mero rompecabezas, porque no se esfuerza exclusivamente en la intriga policial, y porque no se despega ni un párrafo de la problemática del lenguaje. Y es la metáfora de la llama y el diamante, que en El icono de Dangling tal vez no quede reservada sólo para entendidos. Dado que “el lenguaje se constituye merced a la experiencia, gracias a una llama avivada por los vientos de la inteligencia, ¿qué puede construirse merced a una llama? La llama sólo puede darle otra apariencia al diamante”.

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