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Domingo, 20 de febrero de 2005

Testigo de cargo

El testigo
Juan Villoro
Anagrama
470 páginas

“Sólo algunos llegan a nada, porque el trayecto es largo”, dice Antonio Porchia en uno de los epígrafes de El testigo. El aforismo no sólo alude al gusto por las paradojas que muestra Juan Villoro en su última novela; también condensa el recorrido del protagonista, Julio Valdivieso, profesor universitario mexicano que pasó la mitad de su vida en Francia y decide volver por un año a su país después de la derrota del PRI en las elecciones. El tiempo, la distancia y el olvido (“los temas fundamentales de la canción romántica”, dice irónicamente el narrador) lo han convertido en un testigo de la cultura y la política mexicanas: un testigo raro, que en vez de hablar guarda silencio sobre los hechos decisivos de su vida y que no trae un recuerdo, un relato cerrado, sino episodios no resueltos, todavía desconectados, que parecían haberse extinguido cuando quedaron en suspenso.

Julio proviene de una familia de profesionales y hacendados afectados por la reforma agraria; en el pasado tuvo un romance con Nieves, su prima, incesto que creyó oculto, aunque circulaba como un secreto a voces. Ella faltó a la cita en que huirían juntos de México, por razones enigmáticas que se despliegan poco a poco en el presente y van abriendo un abismo de interrogantes a los pies del protagonista. Julio se define en términos negativos, por ausencias y frustraciones: no ha sido escritor, no se unió con la mujer que amaba. Y también por falsedades. Para obtener su licenciatura en Letras, plagió una tesis ajena: pecado de juventud que sólo podía redimirse con la obra que no realizó. Sin estar al margen de lo que critica, la distancia le permite observar a sus colegas, “mandarines subvencionados” que integran un medio de “inocuos poetas multibecados” y funcionan como una burocracia, sólo interesada en preservar las condiciones que le permitan reproducirse. La derrota del PRI, sin embargo, resquebrajó la historia oficial: entre las grietas asoma la guerra cristera, alzamiento campesino contemporáneo de la Revolución Mexicana. Ese episodio negado es el tema de una investigación que Julio emprende por encargo y se asocia con otra pieza desajustada del pasado, el poeta Ramón López Velarde.

El regreso de Julio, personaje cuyas iniciales y edad coinciden con las del autor, es entonces el punto de partida de una historia compleja, construida con precisión artesanal y donde las impresiones de superficie se desvanecen rápidamente para mostrar el contexto de la época: los cárteles de la droga, la corrupción, el anquilosamiento de la cultura de izquierda. Sin ser testimonial, la novela de Villoro funciona como una especie de mirador sobre la historia y la cultura reciente de México, y en particular sobre el papel más bien miserable de los intelectuales.

Para desarrollar la investigación, con la que se escribirá el guión de una telenovela, Julio deja el DF y se instala en una hacienda familiar, en el desierto, el espacio opuesto a la ciudad: el sitio de la rebelión cristera y de sucesos fabulosos, entre ellos unos milagros que se atribuyen a López Velarde y a su espíritu. Y también la frontera de los cárteles de la droga. Julio descubre que detrás de la telenovela (de su financiamiento) están los narcos, pero hay poco de qué sorprenderse, cuando los narcos, dice Villoro, constituyen uno de los sostenes de la economía formal y son hasta agentes de inclusión social, a través de los actos de beneficencia que realizan y por los cuales lavan, con el dinero, su imagen.

Además de las grandes líneas que conecta en su trama, la novela descansa en un sinfín de apuntes, guiños, pequeñas iluminaciones, por ejemplo sobre los medios masivos (“La televisión no pertenece a la cultura sino a laneurología”), los engendros de la industria cultural (“Llegó a un remanso libre de cuerpos, donde lloraba un grupo de jóvenes. Parecían exponentes del pop argentino”) o ciertos comportamientos (“Nadie es tan paranoico ni delicado como un narco”), que ajustan con solidez la estructura del conjunto.

En el centro de las búsquedas de Julio, y de la propia novela, se instala un núcleo no narrativo: los poemas y la discusión sobre la obra y la biografía de López Velarde. Ese escritor que murió a los treinta y tres años es el punto de articulación del notable caudal de historias, personajes y reflexiones que Villoro moviliza paso a paso, con cálculo y resultado, como quien mueve piezas de un ajedrez. López Velarde, alguien al que no le importó la difusión de sus trabajos sino la pasión por el oficio literario, es un término de comparación para examinar a sus sucesores. Comprender a ese “renovador reacio” en sus contradicciones, en su capacidad de unir causas discordantes, exige desprenderse de las interpretaciones habituales. En sus poemas, Julio lee también la construcción de la figura del testigo, un tema sobredeterminado en su caso, dado que fue la preocupación de su padre y porque en su pasado dio un testimonio en falso que, como un boomerang, retornó para apartarlo de Nieves. Sujeto pasivo, el testigo mira al margen de la curiosidad o interés; hay algo obsceno, de voyeur, en esa persona que fisgonea en la vida ajena; su antiguo valor de acreditar un hecho ha caducado en tanto los reality shows y las cámaras ocultas convirtieron a la verdad en una estupidez.

Lejos de quienes quieren canonizarlo y de los que intentan aprovecharlo de modo superficial, Julio no se propone estudiar o escribir sobre López Velarde: lo importante, dice, es el vínculo que se establece con él. Ese poeta supone “un talismán, un fantasma decisivo”: es la elección que hace Juan Villoro en el cuerpo de la tradición y que reintroduce en el presente, como testigo de cargo, una concepción de la literatura que opta por el riesgo, el gusto por la invención libre, la conciencia del oficio y el rechazo al parasitismo en todas sus manifestaciones.

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