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Domingo, 14 de agosto de 2005

No tenemos tiempo, por Daniel Link

Aunque éste no es un libro de historia, tiene una hipótesis historiográfica: no tenemos tiempo. Piensen en la causa que quieran, porque nos fue arrebatado por los poderosos, porque es indecidible la relación entre tiempo y movimiento, o porque, como en el cuadro Los embajadores (1533) de Hans Holbein, la anamorfosis de la muerte es lo que domina el conjunto.

En todo caso, en relación con los modestos propósitos de este libro de comentarios sobre literatura y cultura del siglo XX, lo que importa verificar es que nuestra civilización, por todas partes, hace agua. Y esa ruina sucede, paradójicamente, en un más allá de la dialéctica, que fue la forma dominante de la política en el siglo XX (la época de la economía de la necesidad).

Hoy, nos dicen (por ejemplo Zygmunt Bauman), la modernidad ya no es sólida, el poder se asocia con la velocidad y la movilidad, el trabajo ya no se opone (dialécticamente) al ocio, como antaño, y lo que sucede ante nuestros ojos es el nacimiento de una nueva era: la modernidad líquida, la época de la economía del deseo, las sociedades en red, en las que cada uno hará lo que le plazca porque el trabajo se vuelve inmaterial, y la cultura quedará libre de todo afán lucrativo.

No soy (no seremos) tan optimista como Bauman y otros teóricos igualmente milenaristas, pero lo cierto es que nos movemos en un tiempo (¿habría tiempo si no hubiese movimiento?) dominado por un salto tecnológico sin precedentes que las mentes más lúcidas del siglo pasado (Valéry, Benjamin, Borges) habían a medias preanunciado: una utopía anárquica que entonces tenía la forma de la enciclopedia o el libro de los pasajes y que hacía de la mera actividad (y no el producto que de ella se deduce) la fuente de todos los goces estéticos y culturales. Y ese salto tecnológico es lo que nos obliga a pensar todo de nuevo (sobre todo el sentido y el lugar de la resistencia y la disidencia en el arte, o lo que es lo mismo, en el pensamiento).

En un bello libro distribuido en 2002 entre nosotros, La ética del hacker, Pekka Himanen (prologado por Linus Torvalds y epilogado por Manuel Castells) anunciaba el fin de una era, una ética, una perspectiva temporal y una economía. Además de amigos y expertos en nuevas tecnologías, los tres son hackers, es decir: defensores de una ideología libertaria y militantes contra el ejercicio (ciego o sabio) del poder respecto de la manipulación de informaciones. El hacker, esa misteriosa categoría hoy en boca de todos, pone en entredichos las ontologías del presente con las que solíamos manejarnos. Tal vez por eso el poder (paranoico) ha criminalizado esa práctica anárquica, sin haber podido, claro está, detener la marea (¡nuestra modernidad es líquida!) de generosidad, uso compartido y rechazo de la propiedad intelectual que todo hacker ostenta a la vez como gesto a la vez de democratismo extremo y soberana aristocracia (después de todo, queda dicho, esa dialéctica también es ya caduca).

Mientras la Iglesia, en tiempos de Il Perugino, borroneaba sus documentos condenatorios, la imprenta empezaba a fatigar los materiales de esos edificios de Hate Speach. Y los artistas hacían otro tanto. Lo que se oponía (entonces como ayer) al sistema teológico, al Estado como cosa circular y cerrada, a los regímenes de normalización y de exclusión, a los dispositivos de encierro y disciplinamiento, era la serie desordenada de intervenciones y movimientos en el tiempo que funcionaron (entonces como ayer) como máquinas de guerra. Eran las sectas, los complotados, el terrorismo discursivo y político, los monstruos: todo lo que se salía de los sistemas de clasificación dinamitando sus mismos principios clasificatorios, desmoronando las clases.

“Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno”, decía Borges en “La biblioteca de Babel” (1941). Es que no tenemos tiempo y por eso miramos el cielo, queremos, como Borges, San Sebastián o John Cage, el cielo, aunque no sea el lugar para nosotros.

Fragmento de la introducción a Clases (Literatura y disidencia).

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