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Domingo, 24 de julio de 2011

Conejo sonríe

 Por Juan Ignacio Boido

En sus fotos, John Updike rara vez no sonríe. En algunas, incluso, aparece con los brazos abiertos, las palmas hacia arriba, los hombros alzados, como diciendo qué puedo hacer si no sonreír. Y tiene razón: hijo de una familia de trabajadores, de un padre maestro que bordeó siempre la pobreza, de una infancia en un pueblo del que siempre quiso huir, John Updike consiguió infiltrarse en una de las castas más privilegiadas de la Historia: la de los jóvenes wasp, en la rica, triunfante y liberal Costa Este norteamericana de posguerra. Con sus cocktails en Manhattan, sus veraneos en Martha’s Vineyard, sus escuelas privadas y sus universidades de elite, ese mundo aceptó gustoso al hombre alto, desgarbado y rubio, educado y culto, agudo para la controlada intrepidez de salón y dócil en la asimilación de los ritos sociales necesarios como el golf los sábados y la misa los domingos. Esa casta le abrió sus puertas, le presentó a sus hijas y, en un intercambio de conveniencia mutua –durante un tiempo del siglo XX, los escritores reemplazaron a los pintores en las nuevas cortes, antes de la llegada de los fotógrafos primero y los paparazzi después–, le permitió convertirse en escritor, viviendo de sus cuentos en el New Yorker y sus reseñas en el New York Times, mientras acometía la titánica tarea literaria de retratar ese mundo que lo aceptaba escribiendo una novela entera por cada cuento que había escrito Cheever.

Al igual que John Cheever, John Updike honró su privilegio, y al igual que en Cheever, siempre hubo en Updike un doble fondo, un lugar más allá de sus libros, donde no era el vecino cordial y sobreadaptado sino una conciencia aguda habitando esa distancia entre quién era y dónde estaba. Ese Updike es el Cheever de los Diarios, el del hombre solo sentado en el living de su casa en el medio de la noche. Igual de atento al gran arte, al sexo, al amor, a la infidelidad y a la muerte, Updike es más risueño, menos sombrío. Lo que para Cheever estaba envuelto en resaca, culpa y redención, en Updike es sosiego, arte y la suave nostalgia de una vida que está siendo buena a pesar de todo. Ambos hicieron de esos momentos libros que parecen escritos en los márgenes de su obra: si en Cheever son los Diarios, en Updike son sus libros sobre pintura (pequeñas maravillas que comparten estante con los de John Berger) y sus recopilaciones de poesía.

Endpoint and other poems. John Updike Hamish Hamilton, Londres, 2009 98 páginas

De los ocho que publicó, Endpoint quizá sea el más íntimo de sus libros de poesía. Dedicado a su mujer (“Para Martha, que me pidió un libro más: acá está, con todo mi amor”), escrito entre 2002 y 2008, en los últimos años de su vida, cuando las visitas al médico, los chequeos y las biopsias primero anticiparon y después confirmaron el tumor pulmonar, el corazón del librito consiste básicamente en casi treinta páginas escritas durante esos años cada 18 de marzo, para su cumpleaños. Se le suman también otros poemas, dispersos, que en su aparente sencillez perfuman el libro de melancolía y despedida (el adiós a la computadora que ya no prende, a los cantantes populares de nuestra vida, al amor imposible con las estrellas que se amaron en la adolescencia, a la mano izquierda que ya no responde como antes, a los templos religiosos que seguirán en pie sin dar demasiadas respuestas, el notable poema en el que se pregunta cómo se sentirá ser una obra de arte robada que ya nadie puede ver). Pero son, sobre todo, los cumpleaños, esos momentos en los que mira atrás y examina una vida por la que han pasado mujeres, hijos, nietos, padres, aventuras, infidelidades y cinco guerras, en los que la decadencia del cuerpo es algo extraño y propio a la vez, en los que vuelven los fantasmas de los lugares que ya no existen, de los amores perdidos, de la gente que ya no está, todo centelleando con tristeza, elegancia y ligereza, como la sonrisa que todavía vive en los labios cuando ya nadie la ve. Separado del mundo durante toda la vida por una psoriasis que combatió de los modos más feroces (el capítulo sobre esa enfermedad en sus memorias es un libro en sí mismo), empujado a escribir fluida, extensa y melódicamente por un asma y una tartamudez endemoniada que lo acecharon siempre, sus poemas, escritos en un museo, en un avión, en una sala de espera, en la mañana de su cumpleaños, en la mesa esperando a su mujer para comer, son momentos en que esa sonrisa, más tenue, se queda a solas y se despide de todo antes de irse.

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Imagen: Jill Krementz
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