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Domingo, 27 de mayo de 2012

> LA NOVELA, EL LADO OSCURO DE LA ERA DORADA, KENNEDY, OBAMA

Del ’63

 Por Stephen King

Siempre quise escribir sobre alguien que fuera capaz de viajar en el tiempo y salvar a Kennedy. También tuve ganas de escribir una novela histórica, me gustan los ‘50 y los ‘60, suelo escribir sobre esos años. La idea la tuve por primera vez en los años ‘70, pero no la escribí porque la mayor parte de mi tiempo se iba dando clase –era docente en esos años–; hoy, me alegro de no haberlo hecho, porque todo estaba demasiado fresco, las heridas estaban demasiado abiertas y mucha gente todavía estaba viva. Además, un escritor debe madurar para tener la habilidad de escribir sobre algo como esto.

La investigación fue enorme y al final tenía en casa una pila de libros y películas sobre el tema más alta que yo –y era apenas una parte de lo que se podía leer. Los puntos de vista sobre los eventos son variados: se sabe que hay muchas teorías conspirativas. Pero yo estoy seguro de que fue Oswald y de que actuó solo. La línea de evidencia es bastante clara. Creo que hay dudas porque Jack Ruby lo mató antes de que pudiera hablar y porque a la gente no le gusta pensar que un tipo solo, con una sola acción, puede cambiar el curso de la historia.

Los fans de las teorías conspirativas se cuidan bien las espaldas: algunas de sus teorías son muy complejas, otras muy simples, otras fueron desacreditadas sin que quedara lugar a dudas. Pero algo que se me grabó a fuego en la investigación fue que ninguna pudo ser probada. Entonces para mí son como los ovnis. Si realmente existen, ¿cómo es que ninguno ha aterrizado, cómo es que nunca se nos ha dado una prueba definitiva?

Norman Mailer, que provee un epigrama al comienzo del libro, dice que a la gente le cuesta creer que pasó como pasó porque eso sugiere un universo absurdo. Pero pasó así. Para mí las pruebas y la línea de evidencia son concluyentes. Entonces todo lo que necesitaba para mi personaje era que viajara al pasado y eliminara a Oswald.

Tengo que admitir, igual, que finalmente, cuando alguien cuestiona mi certeza, digo que uno cree lo que quiere creer. Mi esposa cree que fue una conspiración. No estamos de acuerdo. Ella amó a John Kennedy de una manera intensa, muy diferente a la mía, yo nunca lo amé así. Crecí en una casa republicana. Sin embargo, mi madre lloró cuando lo mataron, lloró como loca. Era inevitable, no importaba si eras republicano o demócrata. No sé qué pasaría hoy, pero sé que una de las razones por las que escribí el libro fue que hay demasiado odio en el aire. Creo que decidí escribirlo en un momento específico, cuando Obama estaba dando su discurso del Estado de la Unión y alguien le gritó: “¡Está mintiendo!”. Ese fue un gran cambio en la política norteamericana. Una actitud que sólo se vio con Kennedy, un tipo al que también odiaban y al que querían ver muerto.

Yo siempre me he preguntado cómo serían los Estados Unidos si Kennedy se hubiera salvado aquel día en Dallas. Es imposible no preguntárselo, así que escribí este libro para encontrar esa respuesta. Con frecuencia escribo libros a partir de una pregunta, y el libro se convierte en la respuesta.

Hubo cierta discusión con los editores sobre cambiar el título, que es la fecha del asesinato de Kennedy. La duda atacó a mi editor cuando un joven que trabaja para la editorial entró, vio la tapa y preguntó: “¿Qué pasó en esa fecha?,¿Qué pasó ese día?”. Me pareció brutal que no lo supiera. Para mi generación, para los baby-boomers, es nuestro 9/11.

No es un libro de ciencia ficción –no sé escribir ciencia ficción dura, no tengo ningún tipo de formación ni interés en ciencias duras, no sé nada de física, nada. De hecho, no creo que a la gente le gusten los detalles técnicos. Lo único que hago es proponer una burbuja en que uno puede entrar y salir siempre en el mismo lugar y en el mismo momento: se entra hoy y se sale en la mañana del 30 de septiembre de 1958. No importa cuánto tiempo uno permanezca en el pasado, cuando vuelve al presente sólo han pasado dos minutos, siempre se vuelve apenas dos minutos más tarde. Al hacerlo así, sencillo e inexplicable, me ahorro todos los detalles explicativos de la ciencia ficción y propongo sólo la aceptación de este pasaje, para poder enviar a una persona al pasado y ver cómo vive allí. Y ese pasado es obstinado: no quiere ser cambiado porque no quiere que se cambie el presente. De hecho es proporcional: el personaje, Jake, puede comprar una cerveza relativamente sin problemas. Pero cuando trata de cambiar otra cosa, un drama familiar de una persona que conoce –lo hace como test, como prueba: si evita esa tragedia y comprueba los efectos de su supresión en el presente, para Jake sería un ensayo de lo que podría pasar si evita el asesinato de Kennedy– ese primer cambio le cuesta mucho hacerlo. Y no funciona demasiado bien. No cambia demasiado.

Tengo muchos buenos recuerdos de los ‘50 y los ‘60, porque era un chico, y un chico en un pueblo pequeño con una familia estable. Tengo una tendencia a ver el pasado con afecto y nostalgia. Me es fácil imaginar el pasado como algo dorado y olvidar el racismo, el machismo... Tuve que trabajar en eso. Estuve mirando noticieros de época, viendo a la policía sureña atacando a ciudadanos negros en Selma, las bombas en las iglesias de Montgomery, también en Alabama... Escribir sobre la historia es como entrar en un estado de hipnosis y tuve que obligarme a no narrar estas cuestiones sólo con el material de archivo, sino con el recuerdo, de cómo se sentía vivir en un país así. No quería sencillamente la nostalgia de las buenas cosas de los ‘50 y ‘60, una mirada sobre esos años que hoy en día abunda. No podía permitirme olvidar lo malo, que era tanto. Los vecinos eran más amables y dejaban la puerta sin llave, pero también hablaban de linchar y de “hacer algo judío”, el habla racista era absolutamente común y también los comportamientos, y si uno, por ejemplo, era gay en aquellos años jamás saldría del closet si podía evitarlo, porque el prejuicio y la potencial violencia eran abrumadores.

Como dije, tenía la idea de este libro desde hace treinta y cinco años. Pero tuve la motivación de retomarla después de la elección de Barack Obama, porque empecé a ver paralelismos: dos hombres que eran presidentes después de un breve tiempo en el Senado, dos hombres carismáticos, grandes oradores, que tenían la habilidad de conectarse con los jóvenes, dos hombres con esposas e hijos hermosos, pero también dos hombres que provocaban verdadero odio en la oposición. No disgusto, no diferencias políticas: odio. Ese odio que convirtió a Dallas en una tormenta política: Dallas, la ciudad donde en 1962 la esposa de Johnson dio un discurso para amas de casa que la escupieron. Era un tiempo de odio: cuando Kennedy llegó a Dallas para ser asesinado, en todas las casas había banderas confederadas y las de EE.UU. estaban puestas hacia abajo.

En este sentido, creo que este libro tiene algo en común con el resto de mi obra. No había sólo odio entonces y ahora: también había y hay miedo. Con Kennedy, además, odio religioso –es increíble, pero había gente que sinceramente pensaba que JFK cumplía órdenes del Papa en Roma–; con Obama está el innegable racismo, pero también la cantidad de gente que enloqueció porque su segundo nombre es Hussein, lo que llevó a la discusión sobre dónde nació, sobre su certificado de nacimiento. Todo eso viene de un miedo primal: él no es como nosotros, es un alien, hay algo extraño en él. Cuando esa retórica se va de las manos, cuando se recalienta, con frecuencia termina con un hombre con un arma en las manos.

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