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Domingo, 27 de septiembre de 2015

EL BOHEMIO Y EL OFICINISTA

 Por Claudio Zeiger

Martínez Estrada no mostraba ninguna simpatía por los bohemios, y así lo explicita en algunos fragmentos de La cabeza de Goliat.Tampoco los despreciaba. En su semblanza del café de Los inmortales la imagen es la de unos pobres tipos que se deshacen en la niebla, corroídos por el ácido de sus propias ilusiones esfumadas. Hay una cierta tradición antibohemia en la intelectualidad argentina: Lugones, Gálvez, Estrada al primer vistazo. En el caso de EME lo que quizá lo alejaba de los bohemios no era el ímpetu profesionalista como en el caso de Gálvez, escritor de tantas páginas por día, sino el miedo al fracaso en términos discepolianos. El pensaba sin dudas que fracasar estaba muy bien, pero en plan incomprendido, no malogrado. Nadie es profeta –no en su tierra– sino en su tiempo. Y él lo sabía y lo anhelaba. Hay que arar en el desierto para ser el escritor del desierto. Pero hay algo en sus ficciones, en sus cuentos, que si bien mantienen esa napa profunda de la incomprensión que pesa sobre el Hombre frente a la deshumanización de la burocracia, el Estado, la masa o el populacho, no los cierra del todo sobre su propio nihilismo. Hay algo que penetra su literatura y la aceita y prepara para accederla, para penetrarla, y es la enorme capacidad para volver “literarios” esos ambientes inhóspitos y claustrofóbicos que bien podemos resumir en la imagen del laberinto. Y EME nos dice que aun en el laberinto es posible la aventura del hombre. Y por eso, volviendo al rechazo o desconfianza por el bohemio, Martínez Estrada recurre a su contrafigura más diurna como representante de lo humano y su posible deshumanización: el oficinista, Como bien se señala en la nota central, el “hombrecito” es el fantasma que recorre gran parte de los cuentos de Martínez Estrada. El oficinista, el chacarero en su versión rural, el cliente de la burocracia, el paciente del hospital, expresan socialmente a ese hombrecito gris. Nos interesa particularmente el oficinista (el de “Sábado de gloria” es empleado de un ministerio, pero el paciente que va a visitar a su jefe al hospital en “Examen sin conciencia” y termina operado él mismo, también es un empleado de la Compañía) no sólo porque el propio ensayista fue un empleado del correo y porque él mismo sufrió una de las internaciones hospitalarias más connotadas de la literatura argentina sino por otro motivo menos autobiográfico..

Existía desde los años veinte otra versión de los percances y la triste épica de la oficina, la de los Cuentos de la oficina de Roberto Mariani, un autor al que no le habría caído tan mal el sayo de bohemio. Pero lo destacable es que el hombre de la oficina marianista orbita por el subsuelo angustioso de Arlt y Scalabrini Ortiz, sin por eso dejar de tener algunas de las marcas más universalistas y laberínticas del ser estradiano. En síntesis, sufre lejos del sol que lo llama desde el afuera de la oficina, comparte esa grisura que suele traer la medianía de los libracos de contabilidad o los “expedientes” de las dependencias; se puede obsesionar con ese sutil error que amenaza con derrumbar el edificio de la administración. Mariani era uno de los adelantados conocedores de Proust, mientras que Estrada buceaba hacía décadas en las miserias y esplendores de Balzac, de donde supo extraer una filosofía intuitiva que, luego, engordada en Nietzsche, aderezó su gran plato fatalista. Quizá, la gran diferencia de época habla de aquello que aconteció en la Argentina entre ambas oficinas: los años de trifulcas militares desde el golpe del treinta al GOU de 1943 con toda su conmoción estatalista y, finalmente, el peronismo, teñirían gran parte de la visión en laberinto de EME y quizá le dio ese tono enconado que se nota más todavía en cuentos “de campo” como “Viudez” y “La cosecha”, donde el Hombre enfrenta en doble combate a la naturaleza y a la Autoridad.

La oficina como un lugar doliente, de melancolías insondables y derrotas metafísicas, se resignificaría años después. Con Martínez Estrada empezaba el tiempo de los hombrecitos grises atascados entre la familia, el Estado, las secretarías de previsión social y las masas en la plaza, siempre inquietantes.

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