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Sábado, 21 de octubre de 2006

EL CONCURSO URBANíSTICO AVANZA SIN SEGUIMIENTO

Nuevo Colegiales, de a partes

 Por Matías Gigli

El 2001 fue un año de concursos interesantes en la ciudad de Buenos Aires. Al llamado de la plaza Estado del Vaticano, al lado del Teatro Colón, le siguió otro no menos interesante y mucho más extenso en superficie. Pero a diferencia de la plaza del teatro, que actualmente se está construyendo y es seguido de cerca por sus autores el otro, al de Nuevo Colegiales, no lo sigue nadie.

Como nadie tiene la batuta del plan general, está naciendo uno de esos engendros urbanos de los que ya tenemos varios en la historia de nuestra ciudad.

Todo empezó cuando se largó el concurso de ideas para la gran pieza urbana de ocho manzanas vacantes, comprendida entre las calles Dorrego, Alvarez Thomas, Jorge Newbery y Amenábar, con el Mercado de Pulgas incluido. Este último tocaba alarmantemente de cerca manzanas que, hacia la avenida Juan B. Justo, eran un dechado de promesas y de crecimiento espontáneo. Nombres sugerentes y promisorios salieron a la luz: Nuevo Colegiales, Palermo Hollywood. Entonces llegó el concurso de ideas para que el planeamiento y la intervención estatal acompañe a los nuevos emprendimientos del sector del cine y la televisión, a los restaurantes de onda y a las viviendas colectivas de buen nivel que a todas luces estaban levantando el barrio.

A cinco años de distancia todo es realidad, salvo la parte que le tocaba hacer a la ciudad. Y lo que se está haciendo, de a pedazos, no se está materializando como debería.

Haciendo historia, el concurso que organizó la SCA fue un éxito. Sobre cuarenta y ocho propuestas el jurado eligió la de los arquitectos López, Leyt, López, Yablón, Rezzoagli. Después se presentó un expediente a la Legislatura con el plan del sector y todavía con los autores refrendando la presentación con planos y con propuestas de codificación de la zona.

Desde la ciudad y dividido por áreas de gestión, se fueron poco a poco materializando las ideas ganadoras. Pero lejos de contratar a los autores para que ellos mismos materializaran las etapas, o formaran parte de los equipos de gestión, desde las distintas reparticiones se empezaron a confeccionar de a partes proyectos y construcciones en el área involucrada.

Surge así de a poco y sin que nadie se percate una especie de Frankenstein porteño, que aún no ha terminado de nacer. Lo extraño es que a la ciudad no sólo le interesó el plan ganador sino que lo toma todos los días como hoja de ruta. Así y todo, se opta desde la gestión por involucrar a tantas áreas como sea necesario en la materialización, que nadie controla de un modo totalizador.

¿Es que el apuro de solucionar temas impide hacer las cosas bien? El desalojo del Mercado de Pulgas, la generación de un espacio destinado a cines, las áreas vinculadas a ferias de jóvenes diseñadores, los espacios verdes y corredores pavimentados ¿son siempre incendios a apagar que sólo pueden ser resueltos por contratos a dedo o equipos de planta? ¿Por qué si se empezaron las cosas bien se tienen que materializar a los ponchazos?

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