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Sábado, 14 de abril de 2007

ARQUITECTURA Y CAMBIO CLIMáTICO

Verdes, por arriba

Resulta que los autos no son los peores villanos en esto de la polución y el recalentamiento global: los edificios de uso residencial causan el 25 por ciento de los gases responsables del efecto invernadero. No extraña entonces que cada vez más se estén diseñando viviendas más ecoeficientes, que usen menos energía y sean más isotérmicas.

Entre nosotros los parámetros económicos de conservación son apenas conocidos porque la energía en Argentina es todavía barata y porque aún no llegaron las revistas internacionales que pongan de moda el tema (todavía circulan las que mandan hacer torres altísimas y muros vidriados, con ambientes habitables sólo si hay aire acondicionado). Pero esto es cuestión de tiempo, ya que tarde o temprano llegarán las revistas y tarde o temprano éste o algún otro gobierno blanqueará el verdadero costo de la energía argentina. Y ahí habrá que correr...

En el primer mundo, donde la electricidad se paga en dólares y euros, la construcción nueva ya utiliza regularmente chiches como detectores de movimiento en las llaves de luz, de modo que se apaguen solas después de un tiempo programable si no hay nadie en un cuarto. También se retomaron viejas ideas industriales, adaptadas estéticamente, como las ventilaciones de techo con capuchón-veleta, un invento naval que servía y sirve para capturar el viento y enviarlo cubiertas abajo, para refrescar salas de máquinas y pasillos sin ventanas. En sus nuevas adaptaciones, estos capuchones giratorios se orientan solos y capturan brisas frescas, ventilando ambientes sin necesidad de motores o bombas.

Es fácil percibir que estas tecnologías pueden adaptarse con facilidad a construcciones que no sean nuevas sin mayores horrores estéticos. Una idea de mayor impacto son los techos “verdes”, ajardinados, con césped, arbustos y huertas. Este tipo de revestimientos es muy antiguo y en Europa todavía hay miles de granjas con techos vivientes, incluida una en Suecia, donde crece hace décadas un bonito árbol. La novedad es su uso urbano para disminuir el efecto de “islas de calor” en las ciudades. Como se sabe, los muros absorben calor durante el día y lo liberan de noche, cosa perceptible por ejemplo en Buenos Aires. Las infinitas terrazas y techumbres de una gran ciudad funcionan como enormes reflectores de calor hacia la atmósfera, por no mencionar el inmenso uso de energía para mantener la temperatura interna bajo control.

Los jardines aéreos disminuyen justamente este efecto, ya que son una capa de aislamiento imbatible y no reflejan el calor. La idea fue probada aquí y allá, generando un rico anecdotario de manchas de humedad, desagües tapados y otras calamidades, con lo que es una suerte de tabú. Pero la tecnología y el ingenio aplicado crearon nuevos materiales –redes de ojo fino, para retener el substrato– y reusaron otros –camas de piedra de lava o escoria de alto horno– para hacer más practicable la idea.

Sin irse a grandes utopías –villas ecológicas, jardines hidropónicos– es fácil percibir que una terraza así tratada es un espacio ganado para la vivienda y no un lugar “técnico”, un ahorro directo de energía y un pasito para mejorar la peor vista posible de nuestras ciudades, ese mar de techos sucios, llenos de cables y muebles en desuso.

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