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Sábado, 13 de marzo de 2010

Media cuadra de Buenos Aires

Esta semana se presentaron las restauraciones en la calle Defensa, que incluyen varias fachadas y un acto de justicia, la consolidación de la Casa de Ezcurra. Los trabajos ayudaron a preservar algunos de los edificios más antiguos de la ciudad, comprados hace décadas por la Municipalidad.

 Por Sergio Kiernan

Esta semana ocurrió algo realmente particular. Después de esperar casi exactamente cuarenta años, después de casi derrumbarse por la falta de fondos y el abandono, después de desesperar a todos los que sabían que existía y la veían en ruinas, se inauguró la Casa de Ezcurra consolidada y con su fachada puesta en valor. La interminable obra resultó ser posible, como siempre cuestión de voluntad política, y forma parte de un conjunto en el que se restauraron dos fachadas vecinas, Altos de Elorriaga incluidos, como parte del programa de arreglos en la calle Defensa. La historia de esta obra es una muestra típica de lo que tiene que padecer el patrimonio en Buenos Aires. Lo único atípico es que tuvo final feliz.

Quien se arrime a la esquina de Alsina y Defensa va a ver algo muy, pero muy raro: un pedacito de la ciudad colonial. Hay que tener muy buen ojo para distinguirlo, porque la pasión con que los porteños siguen las modas le sacó su aspecto original hasta a la iglesia de la Compañía, que a fines del siglo 19 se ganó su aspecto actual, tan mitteleuropa que parece un templo checo del barroco imperial.

Aun así, en diagonal a la iglesia se eleva una casona blanca, de dos pisos, todavía con un claro aspecto hispánico, que perteneció a un señor Elorriaga y era una de esas rarezas del lujo colonial, una casa “de altos”. Mirando intensamente esta esquina, que ni ochava tiene, se puede entrever cómo fue esa ciudad baja. A la derecha por Defensa, con la fachada remodelada para europeizarla, tomada y roñosa, todavía está una casa idéntica a la de Elorriaga, justo antes del magnífico edificio de inspiración británica de la telefónica. A la izquierda, por Alsina, siguen tres propiedades también idénticas entre sí y también con fachadas remodeladas en distintas épocas y estilos. La última para arriba es la Casa de Ezcurra. Y quien quiera maldecir a los especuladores merecidamente que lo haga en los lotes que completan la manzana hasta Bolívar y por esa calle hasta el City, ya que ahí se demolieron varias casas más, igualitas a las preservadas, para hacer dinero nomás.

Y esto ocurrió porque el lote original era “redituante” del Colegio Grande de San Ignacio y los jesuitas tenían allí un edificio del que no quedan mayores rastros documentales, más que una marca en el plano de Buenos Aires de 1740. El rastro detectivesco indica que las tres casas que todavía existen sobre Alsina fueron construidas entre 1744 y 1768 como una inversión de los jesuitas, que las alquilaban. El primer ocupante conocido de la Casa 5, la de Ezcurra, es la inquilina María Magdalena Vargas, que compra la casa en 1788, después de la expulsión de la Compañía. La señora hasta aparece litigando contra su vecino por un problema de desagües en 1790.

Según los documentos de remate de la casa, el primer piso era apenas lo que llamaban en esos tiempos “altillo”, un nivel de techo bajo, con las ventanas tocando el techo, frente simple y ningún ornamento. Vargas muere en 1801 y la casa la compra Vicente Miseveti, uno de los primeros vidrieros de Buenos Aires, de cuando el vidrio plano era un artículo de recontralujo y sus importadores e instaladores se hacían ricos. Según parece, fue el vidriero quien reformó la casa jesuítica, la amplió y elevó el primer piso de altillo con techo de teja a nivel de altura completa con techo plano, de terraza.

El frente que se construyó Miseveti siguió básicamente intacto por muchos años y era en un estilo muy hispánico, con una puerta de hoja doble al centro –la misma que está al costado izquierdo hoy, corrida mucho después– y una ventana enrejada a cada lado. Arriba se repetían las aberturas, con un balcón en el medio. Según el arqueólogo Jorge Schavelzon, que realizó un prolijísimo relevamiento de la casa, Miseveti tenía un alto nivel de vida, se daba el lujo de comer en vajilla importada y hasta se mandó a hacer un aljibe, cosa bastante más cara y rara de lo que pensamos hoy en día.

En 1841, el vidriero le vende su casa a una dama de la más alta sociedad y muy conectada políticamente. María Josefa Ezcurra, de 55 años, es cuñada de Juan Manuel de Rosas y se muda al centro para estar a mano del Fuerte y el Cabildo. La casa se transforma en una suerte de unidad básica rosista, con cotidianas reuniones y besamanos, y es pintada completamente de rojo punzó. La puerta colonial todavía muestra rastros, en la parte de adentro, del intenso color que hizo tan famosa esta casa que hasta figura en Amalia, la novela unitaria de José Mármol.

Ezcurra muere en 1856 y le deja la casa a su sobrino político, Andrés Costa de Arguibel, un español estanciero a quien adopta como hijo. Arguibel se muda y divide la casa en dos, con lo que el primer piso se transforma en vivienda de alquiler y la planta baja, por primera vez, en locales comerciales. De esta época, se calcula, data la reforma importante que hace que Alsina 455 tenga tres entradas, con la puerta colonial corrida a la izquierda como acceso al primer piso.

Arguibel le vende la casa a Gabriela Díaz de Hayton en 1869, quien le da el mismo uso y hace reformas en 1901, 1917 y 1919. La casa siguió alojando locales –imprenta, óptica, bares– y hasta fue aportada como capital para el City Hotel por su último dueño privado, Luis Irigoyen, que la compró en 1928 y se la vendió al estado en 1971.

Que es cuando empieza el calvario municipal de la Casa de Ezcurra. En 1968 se había fundado el Museo de la Ciudad, la idea del arquitecto José María Peña que en 1970 logra sede propia en la farmacia de La Estrella, donde sigue todavía. En 1971, la entonces Municipalidad porteña compra la Casa Ezcurra muy deteriorada, para hacer espacios de exhibición. Lo único que se hace es un muy completo relevamiento, excavaciones arqueológicas y el retiro de puertas y elementos originales para preservarlos. Hizo muy bien Peña, ya que las obras nunca se hicieron y la casa terminó con derrumbes parciales por la falta de cuidados.

En 1996 se anunció con bombos y platillos que el entonces flamante gobierno porteño, con Fernando de la Rúa al frente, iba a intervenir la casa. Por supuesto nada pasó y los sucesivos gobiernos de Aníbal Ibarra y Jorge Telerman archivaron minuciosamente la idea, con una excepción típica: publicaron un libro con el relevamiento, páginas y páginas de buenas intenciones, y anuncios de obras que nadie iba a realizar. La editorial Silvia Fajre tenía otro título en su colección y todos con la conciencia en paz.

Ahora llegó el Bicentenario y las polémicas fortísimas por las obras en la calle Defensa, que iba a ser “semipeatonalizada” –genialidad del ministro Daniel Chaín, al enterarse de que el Ejecutivo no puede peatonalizar nada sin una ley votada en la Legislatura– y terminó siendo repavimentada con adoquines. En medio de tanta polémica y protesta inútil surgió la idea de comenzar a restaurar fachadas en esta calle que funciona como eje central de comunicación entre Plaza de Mayo y San Telmo. Y así resultó natural que se restauraran las fachadas de Elorriaga, de su vecina tan federal y de Ezcurra, que también fue consolidada en sus interiores.

Y que se creara un ámbito urbano muy agradable, al poner adoquines, sacar los colectivos e instalar faroles a la francesa, mucho menos antipáticos que los postes modernudos que afean un par de cuadras de la calle Estados Unidos. Quien levante la vista se encontrará con farolas colgantes, las famosas catenarias, copiadas de los viejos modelos originales del primer alumbrado público eléctrico. Con sus capuchones negros son exactamente lo que tenían el centro viejo y San Telmo cuando se instaló el alumbrado eléctrico en la ciudad. Ojalá que se pongan de moda y se extiendan por el resto del APH.

El proyecto que soñó el arquitecto Peña no se realizó y nada indica que se realizará. Su idea era restaurar las cuatro casas, crear espacios de exhibición en los locales de la planta baja y reconstruir ambientes de diversas épocas de Buenos Aires en los primeros pisos. Las casas consolidadas están ahora vacías y habrá que encontrarles una utilidad pública que ojalá que sea afín a la cultura, privada o pública. Por ejemplo, en el local sin ochava de la Elorriaga siempre hubo un bar –parece que desde la colonia– con lo que no extraña que haya ya una propuesta para abrir uno con cierta propuesta histórica, cosa de mantener vivo el lugar y alegrar el presupuesto del museo.

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