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Sábado, 1 de febrero de 2003

OPINION

El deber de preservar

¿Para qué ocuparse del patrimonio? Un especialista enfoca la pregunta desde el contexto de ciertos errores históricos y de apreciación, y hasta le pone fecha al cambio de actitud que deberíamos tener.

Por Jorge Tartarini *

La frase “somos un país joven” es un lugar común utilizado por muchos argentinos para justificar lo injustificable. No pocos funcionarios y políticos la han empleado con la visión de que la nuestra es tierra de promisión, bendecida por Dios, en la que –por si fuera poco– todo, o casi todo está por hacerse. La realidad exige sacrificios cuyos frutos recogeremos más adelante, cuando lleguemos a la esperada madurez. Una segunda argumentación, casi tan endeble como la primera, se usa recurrentemente para explicar los tropiezos y errores que hemos cometido a lo largo de los últimos cien años de historia institucional, poblados de rupturas, discontinuidades y de esa arraigada costumbre local de empezar siempre de cero. La imagen de una juventud como edad de “tránsito hacia”, como sinónimo de inexperiencia, de errores sistemáticos y de falta de previsión, campea ambos discursos.
Pocas veces se explica con respecto a qué o a quiénes somos jóvenes. Si la medida son los antiguos Estados europeos, sin dudas nuestro país luce imberbe e inmaduro. Distinto es el panorama si se lo compara con países de nuestro continente, una mayoría de repúblicas nacidas en momentos históricos más o menos cercanos. Pero este estigma de considerarnos jóvenes y sin historia, más que de precisiones etimológicas se alimentó casi invariablemente de subvaloraciones hacia lo propio y de admiración hacia pasados de otras latitudes, bastante alejados de estas tierras. Aquello era lo consagrado por la historia; lo nuestro, algo modesto y periférico que, aunque valioso, poco podía hacer frente a las grandes creaciones del arte, la arquitectura y el urbanismo occidentales.
Si en etapas de nuestra historia fuimos expertos en inventarnos un inmaculado y lustroso pasado, no menos cierto es que cuando comenzamos a valorar nuestros propios monumentos hacia 1940, la mirada se dirigió casi exclusivamente hacia lo que nos quedaba de nuestro pasado colonial, predominantemente a los edificios religiosos. Esta visión, cronológica y temáticamente sesgada, acorde a aquel momento histórico, también tuvo que ver con esa percepción de país joven, de Nación que debía exaltar, proteger, y hasta recrear, los símbolos nacionales representados en lo hispano colonial, en el gaucho, y en los grandes edificios cívicos y religiosos del siglo XIX. Fueron años en los que se recuperaron dignamente monumentos nacionales desfigurados como la Casa de Tucumán y el Cabildo, pero también en los que, en alarde revisionista, se demolieron construcciones coloniales originales para construir otras que simulaban serlo –como sucedió en el centro histórico de Salta– y se levantaron réplicas de edificios históricos para albergar museos de la tradición en los lugares más dispares, sin importar demasiado lo genuino, la autenticidad y la claridad del mensaje que se quería transmitir.
Pareciera que todo esto forma parte de un pasado bastante lejano. Pero lo cierto es que recién en los últimos veinte años se fue ampliando el concepto de patrimonio cultural, incorporando expresiones de otros períodos históricos, otras temáticas y tipologías. Este concepto antropológico integrador fue el que poco a poco permitió considerar bienes que reflejasen el pluralismo cultural que nos caracteriza.
Hoy poseemos monumentos que no sólo hablan del pasado colonial sino de las sucesivas corrientes migratorias que poblaron nuestro país, de sitios arqueológicos prehispánicos, de la producción fabril y rural, de la arquitectura vernácula, de la excelente arquitectura del historicismo, y también de obras contemporáneas de gran calidad como el Kavanagh, la Casa Curutchet, la Casa del Puente, entre otras no menos importantes. También existen bodegas mendocinas, estancias patagónicas, estaciones de ferrocarril, puentes transbordadores, poblados históricos como San Antonio de Areco, colonias de inmigrantes como Moises Ville, sectores urbanos de alta significación como la Avenida de Mayo, etcétera. Cierto es que los mecanismos legales y los recursos necesarios para una protección efectiva de estos monumentos son insuficientes, todavía una asignatura pendiente. Sin embargo, vale la pena reconocer que la comprensión amplia de temas, épocas y escalas (del monumento aislado al conjunto, el barrio, el poblado, la ciudad) nos coloca en un contexto impensable no muchos años atrás. Los desafíos que hoy tienen por delante los organismos encargados de la tutela y salvaguarda del patrimonio histórico exigen políticas culturales innovadoras que permitan la creación no sólo de una nueva legislación sino de lograr la necesaria autosustentabilidad del patrimonio. Dejar de actuar frente a la emergencia llegando siempre tarde y cuando los daños son casi irreparables debería dejar de ser lo habitual en la conservación monumental, para ser reemplazado por el cuidado preventivo y permanente de nuestro patrimonio.
Y en este sentido, aquel país joven que miraba hacia atrás, pero no a su alrededor, hoy debe definitivamente asumir las responsabilidades de su “juventud”. Si ésta durante años conspiró contra una correcta valoración del patrimonio histórico, ahora debería transformarse en un argumento de peso para conservarlo. Porque, fundamentalmente, la mayor parte del paisaje cultural que nos rodea, y el que constituye el ámbito natural de lo cotidiano en nuestros pueblos y ciudades, no llega a los doscientos años de historia. Algo que en Europa puede parecer poco, pero que entre nosotros es esencial. Aquello que es juventud en otra latitud, en nuestro contexto constituye pieza clave de una memoria que es preciso preservar.
No desconocemos los importantes sitios arqueológicos que superan claramente esta generalización temporal. Aquí hablamos de un patrimonio que por lo cercano en el tiempo históricamente mereció menos atención. Y no nos referimos a los expertos sino a la comunidad en general, principal protagonista en la protección activa de los bienes culturales.
¿Qué sería de nuestra historia si desapareciesen, por ejemplo, los paisajes culturales creados a partir del ferrocarril y la industria? ¿Cómo comprender el paisaje histórico productivo de la Pampa, por ejemplo, si desapareciesen las estaciones que fueron jalonando ese espectacular movimiento poblador de fin de siglo XIX que se dio en llamar la “urbanización de la locomotora”? ¿Cómo serían nuestras ciudades si no preserváramos la excelente arquitectura residencial de los años 1880-1950 que da carácter e identidad a muchos de los barrios que las conforman?
Apenas ayer, para algunos. Toda una gesta para nosotros.
Actuar con criterios de valoración acordes a nuestra realidad cultural pareciera ser un imperativo clave en los albores de este nuevo siglo, a pocos años del Segundo Centenario. Una fecha significativa para el patrimonio histórico de nuestra Nación. El año 2010 será una magnífica oportunidad para los testimonios vivos de nuestro pasado, que representan cada momento de nuestro devenir, sin parcialismos temáticos ni cronológicos sino con una vocación integradora, democrática y plural. n

* Arquitecto Especialista en Preservación
del Patrimonio Arquitectónico.
Investigador del Conicet. Secretario
de la Comisión Nacional de Museos,
Monumentos y Lugares Históricos. Becario
de la Fundación John Guggenheim de Nueva York.

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