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Sábado, 11 de septiembre de 2010

Tilingos, vivos y doña Rosa

Un increíble debate donde el vicepresidente primero de la Comisión Nacional de Monumentos defendió el elitismo, los trucos en Caballito y un par de descansos visuales.

 Por Sergio Kiernan

El Cippec está organizando un ciclo de encuentros sobre temas culturales, y este martes el asunto fue el patrimonio. En el Centro Cultural Borges hubo una mesa sobre Patrimonio Histórico: una cuestión pendiente en la que se escucharon cosas increíbles. Los que hablaron fueron Facundo de Almeida, que es columnista de m2 y asesor de la comisión de cultura de Diputados, y Alberto Petrina, Director Nacional de Patrimonio y Museos, y Vicepresidente Primero de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos. Fue justamente el encumbrado funcionario, que supo ser encargado de Patrimonio porteño en los inolvidables tiempos de las Chicas Superpoderosas, el que dejó con la boca abierta a más de uno.

Petrina hizo un detallado relato sobre el surgimiento de un grupo de arquitectos americanistas liderado por Ramón Gutiérrez e integrado por Alberto Nicolini, Alberto de Paula y Maria Waisman. Este grupo trabajó en una fuerte revalorización del barroco americano y del prehispánico, bastante despreciado por esos tiempos. Hasta ahí todo bien, pero luego Petrina agregó que lo que se hizo fue superar la visión “tilinga y europeizante” y que lo que había que hacer era preservar la arquitectura prehispánica, hispánica, federal, de las presidencias de Yrigoyen, Alvear, Justo y Perón. Estos recortes asombrarán seguramente a los miembros del Cedodal, que dirige Gutiérrez y tiene posiciones vastamente más ecuménicas y serias sobre el patrimonio edificado.

Pese a su reivindicación de lo nacional y popular, Petrina opina que sólo una elite puede ocuparse del patrimonio: el que no sea arquitecto que se calle, porque “yo no le digo a un médico cómo tiene que operar”. Esto de meterse, según Petrina, sucede por la “popularización del patrimonio”, que se trata “de una moda como la ecología o la arquitectura sustentable. Ahora hasta doña Rosa quiere decir qué es lo que hay que proteger. Antes se habían puesto de moda las canchas de paddle, ahora está de moda el patrimonio”.

Almeida, que no es arquitecto pero sí especialista en gestión cultural, tuvo que recordar cosas como que el patrimonio es un derecho constitucional de los ciudadanos desde 1994, y no un kiosco para Petrina. También se concentró en el tema verdaderamente central, que es la falta completa de una política pública de preservación patrimonial con recursos, normas fuertes e instituciones suficientes. Para ilustrarlo, comparó nuestra anomia con la potencia de México, donde hay 110.000 monumentos históricos nacionales frente a nuestros 400. Por el norte, todo lo construido en el período prehispánico, colonial y de la primera independencia, hasta 1900, es automáticamente patrimonio, sin leyes ni catalogaciones especiales. Este tesoro cultural es administrado por una institución con cientos de funcionarios, operando con leyes claras y duras.

De Almeida es una persona sumamente amable en el trato, con lo que no le explicó a Petrina qué abismalmente zonzo resulta escuchar al vicepresidente primero de la Comisión decir cosas tan elitistas, altaneras y despectivas. Doña Rosa tiene derecho a custodiar su patrimonio, y si bien no dirige sus operaciones, bien que elige su médico y opina –de palabra y de voto– sobre las políticas de salud. La gente como Petrina simplemente no entiende que el patrimonio ya es parte de la agenda política y ahora tienen que hablar con el deplorable demos de los que no son arquitectos.

O en realidad no: bien puede quedarse en su casa, escribir y pensar, y dejarles a otros que tengan ganas eso de tratar de generar una política pública que de una buena vez detenga la destrucción.

Por Barracas

El sitio de Proteger Barracas es, ya se sabe, una fuente de delicias por su sentido del humor, sus denuncias atinadas y su desparpajo en tocar temas muy tabú. Por ejemplo, el de la ínfima calidad de lo que se construye hoy, en el plano material como en el conceptual. Esto es tabú porque ningún constructor lo va a aceptar –murmurarán sobre condiciones de mercado, etc.– y porque los arquitectos, curiosamente, defenderán lo que se construye en Buenos Aires como si fueran tesoros de la Bauhaus.

La construcción comercial argentina ya no es arquitectura, ya que no hace falta un arquitecto para “crear” siempre el mismo edificio, de losas de hormigón, balcón al frente y local o cochera en planta baja. La falta total de ideas es fácilmente perceptible en cualquier ciudad del país, pero tantísimos arquitectos defenderán a sus empleadores con ferocidad, acusando al crítico de nostálgico. En realidad, las ideas aparecen –cuando aparecen– en encargos más pequeños, generalmente casas particulares o pequeños edificios, donde el comitente es más flexible o permeable.

Como se ve en las fotos seleccionadas, la calidad constructiva ya es grave. El edificio de las imágenes se está terminando en Perú 1795 y ya se ve la penosa falta de ideas en su diseño. También se ve que para ahorrar se ponen los ladrillos huecos de canto, de modo de llenar los vanos entre losas con menos hileras. El edificio se vende como de “calidad y diseño”. Este edificio es apenas una muestra del show de barbaridades que recogió Proteger Barracas en su página de Internet.

Protesta en Caballito

SOS Caballito reunió ayer a los vecinos de su barrio frente a una obra en la calle Pujol 1150/54, que infringe la ley 2722. Esa famosa ley, piloteada por la entonces diputada Teresa de Anchorena, bajó las alturas en un amplio polígono de Caballito, llegando al Parque Centenario. Eso fue hace 26 meses, pero resulta que se iniciaron hace poco nada menos que cuatro obras en altura: Pujol 1150, Felipe Vallese 1463, Repetto 1041 y Cucha Cucha 958. SOS Caballito denunció las obras a la Ciudad, pero la respuesta fue que todo estaba en orden porque tenían permisos anteriores a la promulgación de la 2722.

Para SOS Caballito, “la respuesta es lamentable porque deja ver que se prefiere preservar la inversión de algunos por sobre el bien común que defiende la ley vigente”. Con tino, los vecinos señalan que para la Dirección General de Registro de Obras y Catastro “las edificaciones en altura son culpables de afectar las características edilicias, la forma de vida, la infraestructura y tantas otras consideraciones largamente reconocidas, sólo si se solicita permiso para su construcción después de la ley 2722. Pero si esos mismos edificios cuentan con una autorización más antigua, automáticamente obtienen certificados de inocencia”.

Por supuesto, todo esto es un macaneo de los funcionarios. Como bien señala SOS, el Código de Edificación indica en su disposición 2.1.5.2 “Obras paralizadas” que “si la Dirección comprueba que una obra no tiene movimiento durante seis meses por la no ejecución de trabajos constructivos y/o de instalaciones la declarará Paralizada”.

Basta hacer la cuenta: la 2722 ya tiene 26 meses, que son 20 más que los seis que indica el Código. Las obras con improcedentes.

Cosas buenas

A quien quiera descansar la mente de estas cosas, dos paseos para recomendar. Uno es acercarse a la esquina de Guido y Rodríguez Peña, donde se alza un Bustillo particularmente gentil que acaba de ser restaurado. Y otro es a esa inefable arca que es el Museo Nacional de Arte Decorativo, que tiene ambientes nuevos para ofrecer.

El Bustillo es una muestra del estilo francés tardío del maestro, un muy lindo edificio en esquina, con ochava curva y rematado en mansarda, con máscaras marcando un piano nobile y muros perfectamente trabajados. El edificio fue vandalizado hace años, cuando su departamento de planta baja fue destruido para crear una absurda minigalería comercial de apenas tres locales. Los interiores fueron completamente demolidos y las aperturas cortadas hasta el suelo para crear arcadas. Los locales fueron construidos de la manera más berreta posible, en vidrio y chapa, retirados de la línea de frente de modo de crear una pequeña recova.

Pero la potencia de Bustillo disimula hasta esto, y ahora que el frente está limpio, este pequeño edificio es un deleite de calidad y elegancia. Es que se puede apreciar la exacta rusticación de los muros, con sus cortes y marcos, la belleza escultórica de las máscaras y el subido color arena, como de piedra de Bath, del tratamiento. Es un placer y una invitación a quedarse mirando para descubrir las proporciones de un verdadero clásico.

No tan lejos del Bustillo, sobre Libertador, está esa arca que es el Museo Nacional de Arte Decorativo, en el viejo Palacio Errázuriz. El museo sigue avanzando en recuperar para el público ambientes antes utilizados como oficinas o cerrados por su mal estado. Estos ambientes se concentran en el primer piso del palacio, balconeando sobre el notable ambiente principal como si fuera un patio y todos con ventanales a la calle. Los Errázuriz siguieron la tradición de las grandes residencias, donde la familia vive en realidad en un apartamento interno, usando los salones para momentos más públicos. Hace poco se restauró el departamento de Matías hijo, con su sala decorada en 1916 por José María Sert en un Art Déco orientalista y su dormitorio transformado en una linda fantasía napoleónica.

Ahora se estrenó el dormitorio de Matías padre, creado también en 1916 por André Carlhian bajo cercana marcación de su cliente. El ambiente es una sinfonía de rojos vibrantes y maderas sorprendentemente claras, que fue reconstruida según los planos originales de la firma Carlhian-Beaumetz, cuyo archivo completo está en esa maravilla que es el Museo Getty de Malibú. La investigación fue necesaria porque en 1940 se había cambiado el esquema de color –boisseries más oscuras, muros crema– para transformar el ambiente en oficina.

De los depósitos del Museo surgió el mobiliario original, un conjunto portugués Don José I de mediados del siglo XVIII muy influido por el rococó francés y por tanto en armonía con el diseño Luis XV del ambiente. Es posible que este mobiliario ya estuviera en la familia, porque estas piezas portuguesas eran moda en tiempos coloniales y pasaron de generación en generación, como un hilo conductor con el pasado.

Para los ojos modernos, el otro ambiente maravilloso es la sala de baño en suite con el dormitorio. Es un lugar curiosamente romano, francés y moderno a la vez, con muros estucados imitando el mármol, piso en damero, y una bañera monumental en piedra. Los artefactos parecen portaaviones y las dimensiones del cuarto dan envidia: es como entrar a una nube blanca capitaneada por una ventana oval de gran porte.

Como para terminar con las buenas noticias, el Museo tiene una nueva guía muy competente y bonita, aunque la traducción inglesa deja bastante que desear.

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