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Sábado, 25 de diciembre de 2010

Cosas de alemanes

El nuevo y notable libro de Fabio Grementieri descubre una historia poco conocida, la de la íntima relación de los alemanes en el arte de construir de los argentinos.

Debería ser más común, pero sólo acontece cada tanto. Hay un libro que aparenta ser sobre un tema y termina siendo sobre otro, termina descubriendo algo y termina abriendo panoramas. Alemania y Argentina: La cultura moderna de la construcción tiene todos los síntomas de ser un álbum para el Bicentenario, financiado por una empresa alemana y presentado para la Feria de Frankfurt. Pero el libro de Fabio Grementieri y Claudia Shmidt abre una cortina y revela la profunda, abarcativa presencia de los alemanes en la arquitectura argentina. Que es impactante, es temprana y es una sorpresa.

En el prólogo los autores revelan la intencionalidad del libro publicado por Ediciones Larriviere y auspiciado por Siemens, y avisan que se compiló en apenas un año. Es impresionante enterarse de que esta historia fue hecha en ese plazo, como la investigación y las fotos de Facundo de Zuviría. Es apenas la primera de las impresiones, porque lo que nos descubren Grementieri y Shmidt es que hubo alemanes construyendo entre nosotros desde los tiempos más remotos, que lugares insospechables de germanidad tienen firma alemana y que todo empieza mucho antes de la esperable modernidad de la ingeniería.

De hecho, empieza cuando alemanes y españoles compartían emperador. Carlos V era Karl I y los jesuitas encontraban hasta natural enviar hermanos alemanes, legalmente compatriotas, a las muy cerradas colonias de América. Es por esto que el primer edificio que aparece en este libro es la iglesia más vieja de Buenos Aires, la de San Ignacio, construida por Johann Kraus, Johann Wolff y Peter Weger. Y a esa le sigue la también jesuítica y también del siglo XVIII de Santa Catalina, en Córdoba, obra de Anton Harls, y el rastro de muchas otras obras rurales y urbanas de estos alemanes de sotana.

La segunda ola se ve en la Argentina post Caseros, la que se lanza de cabeza a una modernidad globalizada que tuvo una fuerte impronta constructiva. La ciudad de La Plata, un sueño gigantesco para el país de 1880, tiene un protagonismo alemán notable. Hubert Stier diseña la muy bella municipalidad de la ciudad, colocada justo enfrente de la catedral codiseñada por Ernst Meyer –con Pedro Benoit y otros–, Adolf Büttner el Palacio de Justicia, Georg Hägemann y Gustav Heine la Legislatura provincial, Karl Heynemann y Henrik Aberg el inolvidable Museo de Ciencias Naturales, para nombrar edificios notables a los que se suman incontables residencias y predios comerciales.

Según Grementieri y Shmidt, había un entendimiento particular entre argentinos y alemanes. Los de aquí sentían que su país arrancaba una etapa nueva y mejor, de expansión y atracción de inmigrantes, mientras que los de allá conseguían algo al parecer imposible, que una colección de principados y reinos con la misma lengua se unificara en un país. La guerra franco-prusiana de 1870 abría las puertas para la coronación del primer Kaiser y la aparición de una nueva entidad política. Alemán dejaba de ser una cultura y pasaba a ser un pasaporte.

No es que nadie comparara la existencia concreta de ambas naciones, sino que las dos tenían algunas preguntas relevantes en común. Como la que había planteado Heinrich Hübsch y seguía vigente: “¿En qué estilo debemos construir?”. La búsqueda de una manera que representara la nueva nación era algo que los profesionales alemanes emigrados se encontraron también aquí, y es por eso que su aporte al eclecticismo argentino se peculiar y rico; no se limitaron a importar su estilo tradicional, sino que más bien importaron su búsqueda propia. Lo que explica, por ejemplo, la rara identidad de la obra pública de La Plata, que aúna toques y pinceladas sin ser particularmente de algún lugar.

En la historia aquí contada surge enseguida la figura de Ernesto Bunge, el primer arquitecto argentino con título. Nacido en Buenos Aires, formado en la Escuela Superior Técnica Real de Berlín, tuvo su primer trabajo en 1870 con un arquitecto-ingeniero (así era el título en ese entonces) cuyo nombre haría carrera en el siglo siguiente, Martín Gropius. Bunge vuelve al pago y en 1875 participa en la fundación de la Facultad de Ingeniería. Pero su gran aporte es traer una profunda influencia de las sanas, la del gran Karl Schinkel que había creado un clasicismo para alemanes. Para darse una idea de cómo diseñaba Bunge basta pasar por Córdoba y Ayacucho y ver el Normal Uno, o estirarse a Barracas a ver Santa Felicitas, una iglesia milagrosamente intacta.

Casi compatriotas suyos construyen por todo el país, y son autores de algunos edificios de gran poder simbólico. Por ejemplo, el Palacio Pizzurno, diseñado por Carls Altgelt, que construyó varias escuelas y nos dejó esa notable que es la Vicente López en la calle Charcas. O el ahora olvidado Banco Germánico de Buenos Aires en Alem, hoy una anónima oficina pública pero todavía con lo que debe ser una de las más logradas claraboyas del mundo, diseñada por Ernesto Sackmann. Que, de paso, fue uno de los remodeladores de la iglesia de San Francisco y años después creó el Edificio Lahusen.

En la lista figuran la sede central de Bunge y Born, de Pablo Naeff, el viejo edificio de la CATE de Gunther Muller –más famoso como la sede de Editorial Kapelusz–, el Plaza Hotel de Alfred Zucker, la ferretería Hirsch de la calle Perú, de Lorenzo Siegerist, y muchos otros. También es interminable la lista de constructoras alemanas o de alemanes que construyeron en este país, y la lista de lo que construyeron: desde subtes a puertos, pasando por infraestructura eléctrica, cervecerías, silos, puentes, diques, túneles, rascacielos y centrales atómicas.

Obviamente, también está la Bauhaus y su peso conceptual en el racionalismo, quizá nuestro estilo más característico. La obra cierra con un afinado repaso de nombres y obras cumbres de esta “última modernidad”.

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