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Sábado, 16 de abril de 2011

Obras de colores

Nushi Muntaabski, vida y obra impresa por el carácter de un material: el mosaico veneciano. Murales, mobiliario, objetos, piezas artísticas y mucho trabajo social.

 Por Luján Cambariere

A simple vista o por la combinación letal de desconocimiento y prejuicio, el mosaico veneciano, la venecita, parece un material duro, frío, hasta áspero. Pero su compañía revela todo lo contrario: como lo templa el fuego, en su interior queda esa llama, su danza, sus pigmentos. La dama que en nuestro país más lo honra y dignifica desde hace tiempo es Nushi Muntaabski, que resulta como su fetiche, genial, virtuosa e intensa.

Pudimos entrevistarla allá lejos y hace tiempo en este suplemento y, siguiendo nuevamente su línea de tiempo revestida en mosaico, llegamos a un hoy donde su vida y obra han tomado rumbos maravillosos y precisos. Es que a Nushi, por haberlo elegido como su compañero, le tocó estar un tiempo en el limbo, defendiendo si lo suyo era decoración, diseño o arte. Y ahora, que a fuerza de trabajo trascendió ampliamente esas fronteras, explotó (como a veces también le pasa a él) y es todo eso y más, porque su don, oficio, promesa de vida (a lo budista) también lo emplea para ayudar a los demás, embelleciendo espacios compartidos (plazas, calles, escuelas) y, lo que es más importante, sus vidas a través del aprendizaje de un oficio.

La empresa Weber dona materiales y ella levanta un mural en el Hospital Garrahan o una iglesia en la Villa 31. Entre tanto, además hace escuela, de éstas y otras cuestiones relacionadas con la estética, el mundo del arte y lo solidario en radio como columnista en Tarde Negra programa de la Rock & Pop. Coloridos caminos, surcos, de piedras preciosas (así apoda su proyecto integral donde integra su labor artística a la arquitectura, realizando murales y otros trabajos que hace por encargo para coleccionistas, arquitectos y diseñadores industriales) que tienden puentes.

–¿Hace cuánto que venís trabajando la venecita?

–Desde el ’95. Hice un intento por divorciarme, sobre todo porque incluirla en el arte contemporáneo no fue fácil. Fui muy castigada por ser decorativa y animarme a usar un material perteneciente para muchos a las artes menores y artes aplicadas. Por eso yo muchas veces me defino como artesana con todo el orgullo que eso significa. Ahora creo que ya me lo perdonaron, pero realmente en un momento pensé en divorciarme pero, por suerte, no pude. Me sentía muy aliada a este material por mil motivos. Y me encantaba tenerlo. Me encantaba mezclar lo útil a lo bello y al discurso. Me acordaba de Burle Marx y Niemeyer. Por supuesto de todo el cuerpo de Brasil que usa mucho la obra arquitectónica.

–¿Vos estabas en un limbo? Para los diseñadores eras artista, para los artistas, diseñadora o artesana...

–Una situación difícil, pero por suerte no pude divorciarme. Hubo un tiempo donde experimenté con video, fotografía, escritura, pero retomé con el mosaico. Y además en un momento me daba vuelta y en mi estudio tenía 6000 kilos de venecitas. Y pensaba: “Por qué tengo que renegar de esto”. Además abría las bolsas y me miraban como diciendo: “Mami, acá estoy”. Entonces desde el ’95 a hoy sigo trabajando y cada vez le encuentro más placer y la vuelta. Y al estar todos más relajados –curadores, arquitectos, decoradores– quedé como la artista que hace su trabajo en estos materiales.

–¿Hoy cómo te definís?

–Como todo eso. Mi obra tiene un discurso, los últimos diez años, empecé a darme vuelta desde lo social. Tuve la suerte de encontrarme con una empresa que es única, como Weber, que tiene un espacio que se llama Piso de recuperación de espacio público y me convocan para hacer eso con capacitación para la gente. A raíz de esto empecé en contacto con un montón de fundaciones, con la Villa 31, con el padre Pepe. Entonces empecé a usar todo lo que descartaba y a capacitar, y a raíz de eso me acerco a otra fundación que se llama Azara que se encarga de animales en extinción en Argentina de los que quedan cincuenta, entonces también empecé a recrear esos bichitos en una manera de revivirlos eternamente aunque sea de forma simbólica. Homenaje y uso y amor. Y a raíz de eso me sentí mucho mejor porque encaré un trabajo que siempre quise hacer pero no sabía cómo. Yo había hecho cosas –saqué piojos a chicos en hospitales, cuidaba chicos con sida–. Hice un montón de trabajo social pero no a través de lo mío. Ahora empecé a llegar con lo que sé hacer y empecé a transmitir y uno logra ayudar mucho más de ese modo.

–¿Siempre seguís con tu trabajo de mobiliario, objetos, pisos?

–Cada vez más. Porque históricamente el mosaico veneciano estaba asociado a zonas húmedas de la casa. A la cocina, baño, piscina, cuanto mucho una fuentecita. Pero ahora se amplió mucho más. Y la idea es tratar de meter ese material también en interiores, bibliotecas, mezclarlo con terciopelo, madera. Porque convive perfecto con cualquier material. Ahora mismo también estoy muy enganchada con hacer recipientes para plantas, portachampagne, y portatoalla, objetos, cosas que se pueden tener cerca.

–¿La obra artística?

–Ahora está anclada en la taxidermia y esta locura de la caza y los animales en extinción. Aunque la problemática hoy no es la del cazador furtivo porque eso ya es hasta poético. La problemática hoy es la falta de terreno, la deforestación, los diques. Lo más triste es que es irreversible. El cazador furtivo tiene un coto, esto no. Porque están en juego poderosísimos intereses. Este es hoy un tema que me tiene muy tomada con mi obra.

–¿Y las intervenciones urbanas?

–Tienen que ver con mejorar espacios, capacitar a gente que está desocupada o en situación de riesgo. Me relaciono con otras instituciones como por ejemplo ahora Conin, que lucha contra la desnutrición infantil. Todos a través de esta empresa que yo amo y son como mis ángeles guardianes que es Weber de materiales para la construcción. Ellos me escuchaban en la radio. Y me propusieron qué espacio quería hacer. Hicimos una placita abandonada en San Telmo. Weber da materiales y personal, con lo cual la gente que quiere del barrio, el albañil sin laburo, chicos que no saben qué hacer, aun el ama de casa que va a la plaza a pasear a los chicos aprenden una técnica que es muy sencilla, de colocación. Tiene su vuelta pero para trabajos comunitarios funciona. Es mosaico veneciano y trencadis que es lo que hacía Gaudí, donde se usan pedacitos de mosaicos. Y a raíz de eso, conozco a través de quien cuidaba la placita, al padre Pepe. Hicimos una capilla en Villa 31. Fue uno de los trabajos más lindos que hice en mi vida.

–¿Siempre apoyándote en esta empresa?

–Siempre. A raíz de esto hicimos otra iglesia y después vino la obra en el Hospital Garrahan. Toda la fachada nueva y un mural gigante sobre la campaña de donación de sangre, que es un gran tema porque es el hospital de niños más importante donde este recurso es vital. Y ahí te das cuenta por cómo trabajan esos profesionales, que hay un montón de cosas quebradas en nuestro país, pero ves eso y decís: hay algo que está funcionando, la calidad humana. Pura emoción. Que me hace acordar al querido Quinquela Martín, cuando puso el lactario donde los guardapolvos no eran blancos y los pizarrones no eran negros, donde puso color contra el dolor. Y el Garrahan tiene eso y además en el momento de colocar ahí cada chico que pasaba ponía un pedacito y vos los veías pasar y decían esto lo hice yo. Y aprendí un montón de la gente, un montón de cómo tratar a un chico enfermo. Y agradezco todos los días por esto y mi vida personal cambió también. Antes yo tenía una vida muy divertida siempre, más para adentro, con sensibilidad pero no aplicada y cuando la empezás a aplicar te das cuenta de que es facilísimo. Ahora vamos a capacitar a veinte escuelas de La Matanza para hacer las fachadas.

–¿Cómo definirías tu material?

–Para mí es supererótico en un montón de aspectos. En la temperatura que es helada hasta que lo tocas y se calienta. Los colores son caprichosos, cosa que me parece reerótica. Cambian diez grados el horno y el rojo se transforma en transparente, con lo cual es como una pelea cuerpo a cuerpo entre el calor, los pigmentos y el clima. Y entonces esperas un color y sale otro, entonces hay un amor, odio, sorpresa, dominio que no se somete nunca. No deja de ser orgánico, pero básicamente es de una carga, de una pulsión erótica enorme. Y tiene también esta cosa de que corta, y a la vez tampoco te cercena. Es como que te dice acá estoy, no te distraigas, te pide todo el tiempo una atención personalizada. No podés trabajar sin estar ahí. Hay un diálogo. Y me pasa mucho que hablo con el material cuando trabajo. Digo: hoy no querés entrar ahí en ese huequito. Bueno, te voy a cortar un poquito más. Y a veces se rompe y estalla y voy haciendo las composiciones como ellas quieren. Son independientes.

–¿A veces pensás una composición y termina en otra?

–Totalmente. El mismo cuerpo de trabajo pero más rota la piedra o más entera. O era más naranja y termina en azul. Es muy vital. Muy lindo.

–Y en un mundo efímero, algo que perdura.

–Los colores son eternos. Eso realmente es así. Pasan cien años y no se va con el sol. Y además tiene capacidad de aislamiento, ante la temperatura, la humedad, el sonido. Es funcional. Que históricamente se empezó a usar también por eso. En las iglesias se usaba no como decorativo sino como aislante. Y por eso nace en las iglesias, que eran los lugares de protección de la gente que no tenía nada. Iban a refugiarse con las paredes y pisos de venecita. Un tema nada menor el de la protección.

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