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Sábado, 4 de agosto de 2012

Cosas de chicos

Una charla con Daniela Pelegrinelli, especialista en juguetes, autora del primer diccionario de su industria en Argentina y flamante directora del museo especializado en San Isidro.

 Por Luján Cambariere

La excusa para hablar de ese objeto material tan importante es que ya nos llega el Día del Niño. Objeto de diseño, marca de industria nacional, nudo de sueños y de lo lúdico, el juguete tiene especialistas como Daniela Pelegrinelli, autora del primer Diccionario de Juguetes Argentinos y directora del novel Museo de Juguete de San Isidro.

–¿Cómo llega a ser una estudiosa del juguete argentino?

–Estudié profesorado de Educación especial y trabajé como maestra muchos años. Luego estudié la Licenciatura en Educación en la UBA. En una materia, como trabajo final, indagué la relación entre políticas orientadas a la infancia y juguetes durante el peronismo. En paralelo empecé a ir a una clínica de muñecas para aprender y esos mundos, que en principio estaban bastante separados, se fueron uniendo. También me interesaban los museos como espacios educativos y desde chica me gustaron los objetos: todo eso fue confluyendo hasta transformarse en un métier. No sé bien cómo me gustaría definirme, porque mi mirada sobre lo que hago es movediza, no me hallo cómoda en las formas demasiado preestablecidas. También está la definición de los otros sobre mi trabajo, que a veces me resulta naïf, como si ocuparme de los juguetes o bien me infantilizara, o bien me redujera a dar consejos sobre cuáles son mejores o peores. Escapo de ese encorsetamiento todo lo que puedo, aunque a veces me es difícil por mi cualidad de pedagoga y porque soy consciente de la responsabilidad que implica el discurso público.

–¿Qué le moviliza del coleccionismo? ¿La historia, mostrar que todo tiempo pasado para los juguetes fue mejor?

–En primer lugar me moviliza la curiosidad, lo desconocido, lo mítico, el querer saber. Así llegué a reunir la información que hay en el Diccionario. Pero, obviamente, siempre hay sentimientos y deseos más privados que sostienen una tarea, una meta. Desde la perspectiva más académica me interesaba mostrar lo que en otros lados era una obviedad, que los juguetes podían ser objetos de investigaciones serias, que hacía falta ocuparse de ellos y que los museos debían dejar de mostrar juguetes sin acompañarlos de contenido, sin enmarcarlos en un contexto industrial, político, social. Hay toda una discusión acerca de si la nostalgia ayuda o no a construir relato histórico, ya sea personal o social. Desde que empecé a hacer muestras de juguetes veo cómo la nostalgia que despiertan empaña la mirada más crítica sobre la crianza o los modos de crianza. Me parece un punto de partida, porque uno conecta con vivencias y experiencias subjetivas que han sido estructurantes y quizás olvidadas, pero más me interesa poner de manifiesto el lugar que los juguetes tienen en el marco social, económico y cultural.

–En su blog cuenta que su abuela le enseñó el “difícil arte de hallar”.

–Un blog es un ámbito de escritura más privado, aunque sea público, donde no necesito tanto cumplir con los parámetros de lo que se debe decir o no. El problema de situarse en un campo educativo es que hay poca libertad de expresión, porque la responsabilidad por los efectos de lo que se dice o hace es muy grande. Por eso el Diccionario está escrito como un ensayo, como un experimento literario, y no me preocupa mucho el vaivén de las ideas, ni siquiera mis propias contradicciones. Así también son los textos de ese blog, que tengo medio abandonado. Hablar de mi abuela es exponer en público la ligazón que hay entre mi trabajo y mi experiencia infantil. ¿Cómo uno aprende a mirar el mundo? Algo de la particular manera en que yo pude ver los juguetes viene de esos días de juego en la casa de mi abuela, aunque no sepa bien cómo se traza ese lazo. Otras personas me enseñaron a ver o a mirar menos convencionalmente. Marcelo Pombo, que es mi amigo desde hace muchos años, sin dudas ha sido otra de las grandes influencias. Cuando uno es chico va viviendo, explorando, y en medio de los obstáculos de la infancia también va cargándose de bienes, de dones, como ocurre en los videojuegos, o en el Juego de la Oca rediseñado por Patricio González Vivo, que pronto se podrá jugar en el Museo del Juguete de San Isidro, donde al caer en cierto casillero uno se carga de un don. Esos dones sirven cuando a uno le toca atravesar el laberinto o enfrentarse con el dragón, lo que en el juego es claramente una metáfora de la vida. Mi abuela fue una gran dadora de esos dones, como pasa con muchas abuelas, según me cuenta la gente que lee ese texto y se siente identificada. Muchos de esos dones puede que los obtengamos mientras jugamos. Porque al jugar podemos ser otros, vernos a nosotros mismos como si fuéramos otros, y eso abre posibilidades de acción. Cada juego que jugamos –me refiero a esos juegos libres y autoguiados que inventamos y jugamos cuando somos chicos y tenemos espacio para hacerlo– es un nuevo mundo donde podemos experimentar. Es en este sentido en el que el juego es una acción profundamente política, y donde la imaginación sirve para ampliar el horizonte de opciones, abre puertas, pero no para la fantasía sino para actuar en la realidad.

–¿Cómo surge la idea del libro?

–En el coleccionismo de juguetes hay una larga tradición de diccionarios; en el caso de las muñecas está la compilación que hicieron Dorothy, Elizabeth y Evelyn Coleman, dos volúmenes enormes que reúnen a todos los fabricantes de muñecas del mundo que produjeron porcelana y pasta. En la jerga lo llamamos “el Coleman” y es una obra canónica y mítica. Pero también hay diccionarios de marcas, de soldaditos. No era tan difícil entonces pensar en organizar la información que había reunido en ese formato. Además me permitía crear pequeños textos cerrados, como ensayos breves. Con el tiempo me di cuenta de que me había impuesto un trabajo enorme, quizá por eso el libro es desparejo. Un poco porque fui mejorando mi propia escritura a medida que avancé y otro poco porque se nota mucho cuándo una firma me interesa más y cuándo me interesa menos, o sé menos.

–¿Qué se cuece en la infancia en relación con el juego?

–Es difícil responder algo tan complejo en pocas líneas. Creo que el juego es un atributo otorgado a la infancia como parte de su definición, o redefinición a partir de los cambios que introdujo en Occidente la modernidad. Es decir, me parece un atributo no determinado por la biología exclusivamente. El hombre es biológicamente cultural, de modo que no me parece oportuno seguir pensando en el juego en términos psicológicos, por ejemplo, o de clasificación de juguetes, sino que hay que hacer el esfuerzo de pensar la trama, el decir, el juego en el cruce de historia, tecnología, subjetividad, industria, sociedad, cultura, educación, mercado. En general, la industria piensa económicamente y la educación se olvida de pensar en términos de disponibilidad tecnológica, desarrollo industrial y mercado. En cuanto al juego en el ámbito educativo o de investigación, noto que en otros países hay mucha gente investigando y explorando sobre la nueva configuración de la cultura lúdica infantil, que trabaja en el cruce entre juego y juguetes, que en nuestro país es prácticamente desconocida, y existe una bibliografía enorme que acá no leemos. No vamos a saber lo que se cuece si no hay programas de investigación sobre el tema, ni leemos los que ya existen. Lo demás es opinión.

–¿Hay juguetes imprescindibles?

–Creo que sólo puede haber un posicionamiento de género y político frente a una pregunta así. Si no hay investigaciones al respecto, sólo queda el posicionamiento de género y éste se ajusta a la circunstancia. Tal como a mí me interesa trabajar en un ámbito como un museo, propongo no sobredeterminar el uso de los juguetes, ni discriminarlos por edad o por género (salvo que su uso implique un daño para el niño/niña o para el juguete que está disponible). Pero además de que es necesario reconocer que el género no está determinado por el sexo, por lo tanto decidir sobre el uso de un juguete debería contemplar cómo se percibe a sí mismo un niño o niña, está el tema de que en la vida real la gente hace cosas a las que no juega. Hay cocineros, pero no se regalan (al menos no en líneas generales) juguetes de cocina para varones; hay padres, pero no se les regala muñecas a los varones; las mujeres manejan, pero no se les regala autos a las nenas; podría dar otros muchos ejemplos. Los juguetes evidentemente son usados para marcar diferencias de género, para ordenar en el marco de una cierta cultura los roles de los varones y de las niñas, para orientar sus preferencias, sitios y rituales de pertenencia, nunca como ahora se diferenció el rosado para las niñas. Pero también eso es una estrategia del mercado, que tiende a segmentar sus públicos, creando nichos bien delimitados. Por último creo que es importante preguntarse si los juguetes mismos son imprescindibles. Esa idea es parte de la fuerte identificación entre infancia y juguetes, y entre juego y buen desarrollo, pero esa ligazón es un producto de la historia, del desarrollo de la industria en el marco del capitalismo industrial, de la creación durante todo el siglo XIX, pero más intensamente durante la segunda mitad, de un nuevo segmento de necesidades, la de los bienes para los niños. A esta altura no dudamos de que la felicidad de un niño pueda depender de que tenga juguetes. Pero eso no deja de ser una idea que por supuesto estructura prácticas y costumbres, que a su vez refuerzan la idea.

–¿Hitos de la industria argentina del juguete?

–La industria argentina de juguetes tiene dos momentos potentes: uno es, por supuesto, la política de repartos masivos del gobierno peronista, con consecuencias tanto para la industria como para la infancia. El otro es el período de explosión de los nuevos materiales plásticos, que permitieron en todo el mundo, y acá también, alcanzar niveles masivos de producción y mayor excelencia en los productos. Ambos momentos coinciden con modos de concebir la crianza y la educación infantil, con los discursos y las concepciones sobre los niños, que encuentran correlato en los juguetes que se fabricaban y estaban disponibles. No se puede pensar en la irrupción de las teorías de manipulación de objetos, o mayor libertad en el uso, sin la existencia del plástico y sus posibilidades de resistencia y durabilidad.

–¿Cómo nace el Museo del Juguete de San Isidro?

–Como una inquietud del artista Jorge Meijide, al que se suma otra gente; luego el Municipio de San Isidro se interesa por el proyecto y lo concreta en 2011. Está enmarcado dentro de la Dirección de Cultura de San Isidro y ubicado en Boulogne. Su objetivo principal es llegar a ser un espacio de actividades y desarrollo social y comunitario para los niños, niñas y familias de la localidad, y para el resto de sus visitantes. Por supuesto, es también un espacio dedicado a pensar en el juego y en los juguetes de antes y de ahora. Uno de sus principios es la valoración de los juegos y juguetes de ayer tanto como los actuales, entendiendo que es la variedad de experiencias lúdicas (la variedad de experiencias) lo que enriquece la vida de los chicos y chicas.

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