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Sábado, 5 de enero de 2013

El museo que cumple un siglo

El Museo de Arte Tigre es una institución joven que, sin embargo, acaba de cumplir un siglo. El libro que acaba de publicar explica la paradoja: el edificio fue inaugurado en 1912 y tras una vida de trajines terminó alojando una colección de arte especialmente creada para Tigre. Diana Saiegh, directora del museo, le dedicó con buen tino el volumen al edificio y terminó publicando un coqueto ensayo visual sobre Dubois y Pater, sus franceses autores.

El actual edificio del MAT es una verdadera curiosidad por su forma y su uso, en nada aparentes. Cuando estaba vacío se lo llamaba “El Casino” y se lo asociaba sin mayores pruebas al desaparecido hotel, quemado hace décadas. Para entender el muy eduardiano edificio, pintoresquista a morir y con una planta francamente exótica, hay que meterse un poco en la historia de la ribera tigreña en esos años. Buenos Aires estaba explotando de prosperidad, se acababa de fundar Mar del Plata, la gente bien ya se iba a la estancia, pero faltaba inventar la quinta y el country, con lo que los fines de semana –noción recién inventada– no quedaban muy en claro.

Ese fue el primer rol de El Tigre, cercano a la ciudad, bien comunicado por la velocidad del tren y naturalmente amigo de la nueva moda del deporte náutico. Tal vez cueste pensarlo hoy, pero el Delta fue un lugar paquetísimo, como lo testimonian algunas casonas que sobrevivieron y los notables clubes de la costa. El actual museo fue producto de esto.

Es que el edificio fue de movida un club social, lo que explica su curiosa textura material. Quien lo mire verá un edificio de tres pisos comunicado con la costa por una enorme, exagerada plataforma de arquerías, una suerte de puente o costanera aérea totalmente desproporcionada.

La planta baja consiste en una entrada de honor y servicios, ya que el centro del uso es el primer piso, una serie de salones literalmente de fiesta, con alguno que otro menor para reuniones chicas o para timbear. Luego se sale a la explanada-puente, lo que permitía en su época bailar al fresco. El resto era una mansarda, nuevamente de servicios. Este absurdo se explica solamente por el buen dinero de sus socios y por la especificidad del uso del palacete. Y este absurdo explica el particular ángel del Tigre Club, un folly si es que los hay.

El libro de festejo continúa con una vida de Paul Pater y Louis Dubois, los dos notables franceses que coincidieron en el edificio. El ensayo, creado en equipo por investigadores de IPU, FADU UBA, remonta sus obras, los pone en contexto cultural y económico, y hasta alcanza a demostrar la flexibilidad de sus estilos, que llegaron al racionalismo versión elegantísima. También muestra la transición de Club baqueteado a Museo impecable y termina con un álbum de acuarelas de Pater quien, como tantos arquitectos de esa época envidiable, también era un artista de mano envidiable. Un buen festejo para un edificio bien rescatado y reutilizado.

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