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Sábado, 2 de noviembre de 2013

Preservación y energía

La Universidad de Massachusetts organizó un encuentro internacional para hablar de la relación entre edificios patrimoniales y las nuevas pautas de energía. Sin sorpresas, el tema derivó en otra defensa de lo que ya tenemos.

 Por Sergio Kiernan

De las muchas vidas que tiene el patrimonio, una de las menos pensadas es tomarlo como una inversión. Alguien construyó lugares y objetos urbanos necesarios, viviendas, calles, puentes, sistemas enteros de soporte para la vida civilizada, que siguen funcionando con muchas décadas encima. Racionalmente, estos sistemas son mantenidos, modernizados, cambiados pero no descartados, destruidos, tirados a la basura. Este tipo de actitudes sólo le sirve al que va a hacer dinero rompiendo lo que está y construyendo algo nuevo desde cero.

Pero el viernes de la semana pasada en la Universidad de Massachusetts, en Amherst, un grupo de arquitectos, planificadores y críticos se reunió para pensar el patrimonio desde un punto de vista que trasciende la planilla Exel y va a otra economía más vasta. “Preservación y Energía” fue una reunión en la que se habló de una nueva razón para preservar lo que nos legaron, de cómo adaptarlo a un mundo que ya se está quedando sin petróleo y de cómo convertirlo en un recurso. En la reunión organizada por el profesor Max Page, autor de libros inolvidables sobre la historia y el funcionamiento de las ciudad, la complejidad de lo que se dijo contrastó vívidamente con las tonteras marketineras de los especuladores.

El primero en hablar fue al arquitecto Mark Sternick, que se dedica desde Boston a diseñar y asesorar dentro del marco de las normas LEED, la más difundida para calificar la cordura energética de la obra nueva. Sternick abrió explicando que hay varios sistemas de calificación de edificios en términos de impacto ecológico, pero que el LEED parece ser el que más se difunde. Para poner el tema en perspectiva, contó que el consumo de energía mundial va a aumentar un 62 por ciento para 2030 y un 34 por ciento apenas en Estados Unidos. Esto significa que, más allá de la cantidad de petróleo que quede, va a ser necesario construir casi mil usinas eléctricas por año durante los próximos 16 años, un evidente imposible.

Con lo que el actual modo de calentar las casas, edificios públicos y oficinas, de enfriarlas y de ventilarlas va a resultar simplemente imposible de sostener: la crisis es, más vale, inminente. Como las viviendas y oficinas, en Estados Unidos, son responsables de casi la mitad del consumo de energía (con el transporte y la industria repartiéndose el resto en proporciones casi idénticas), los arquitectos y planificadores tienen que hacer sus deberes.

El primerísimo es aprender a calcular los costos de modo diferente, expresados en lo que se llama Ciclo de Vida del Edificio, en el que se estima cuánto va a durar la pieza y a partir de ahí se sabe si es caro o barato equiparla o diseñarla de cierta manera. El programa LEED es una expresión de esto, con una baja de hasta el 42 por ciento del consumo de energía respecto de edificios comparables por el simple planeamiento y diseño. Mejor aún son ideas como el Passiv Haus, en el que se diseña para que la casa consuma apenas 120 KW hora por año, con el inconveniente de que es un tipo de edificio caro de construir, muy cerrado y aislado, un gusto minoritario.

Lo que parece más práctico y se difunde más es la idea de la vivienda Zero Net y la de la Energy Plus. Ambas son creadas pensando en un uso mínimo de energía, con una mezcla de sentido común –en verano se ventila, se recuerda que el calor sube, etc.– y de tecnologías aplicadas. El toque es que el edificio se construye con paneles solares haciendo de techumbre, como en el estadio cubierto del Vaticano, con lo que la casa vive total o parcialmente de la electricidad que produce. En el segundo caso, el Energy Plus se refiere a un equipamiento que hasta permite generar corriente de más, que es vendida a la compañía eléctrica.

Muchas de estas técnicas se pueden aplicar a edificios ya construidos, lo que está creando un mercado de productos novedosos. Por ejemplo, la panelería solar se está achicando tanto que ya existen “tejas” fotovoltaicas, que producen corriente con superficies pequeñas, lo que aumenta la flexibilidad del diseño. También hay un verdadero arsenal de membranas aislantes inteligentes, de las que dejan salir el vapor de agua pero no dejan entrar el aire, creando verdaderos equilibrios de intercambio. Que es, de paso, lo que hacen mejor los edificios antiguos: todos los presentes remarcaron que cuanto más vieja es la pieza, menos energía requiere y más fácil es reequiparla. Los objetos de hormigón de a partir de los sesenta son los peores casos, por la baratura de los materiales.

David Fixler, un verdadero amante de Le Corbusier y un modernista cabal, se permitió un disenso calificado. Resulta que el suizo fue un adelantado en el tema energético, algo en lo que seguía a los clásicos, y también de cosas como la creación de jardines en los techos. Fixler hasta lamentó que Le Corbusier no hubiera ganado el concurso para las Naciones Unidas, porque su diseño era más cuerdo que el que finalmente se construyó, famosamente complicado de operar.

Pero pronto quedó en claro –y él mismo aclaró– que en realidad esta regla se aplica a ciertas obras cumbre, no al edificio comercial de cada día. Fixler contó en detalle un caso en el que está trabajando, el de los Laboratorios Richards de la Universidad de Pennsylvania, diseñados hace medio siglo por Louis Kahn. Desde la maqueta, el edificio creó una sensación y se transformó en un paradigma modernista después de que los dibujos –ni lo habían empezado– fueran exhibidos en el MOMA de Nueva York. “El problema –dijo Fixler– fue que el edificio no funcionó, nunca.” Lo que Kahn creó fueron estudios, pulcramente insertados en una original planta definida por columnas entramadas de un modo novedoso, pero no laboratorios. Cada cubo es pura luz, un desastre para el trabajo tan delicado, y es muy fácil ver lo que está haciendo el de al lado, tabú entre científicos. El edificio, no sorprende, era una colección de cortinas y panelería que lo deformaba desde el exterior.

Lo que se terminó de hacer fue abandonar el lugar, crear otros laboratorios y dedicar el Richards al uso de oficinas y espacios de reunión. Se limpió el lugar, se utilizaron vanos para recablear y agregar equipamientos, se limpiaron los ventanales y, sobre todo, se cambiaron los vidrios por panelerías dobles. Esto despertó un vivo debate entre técnicas de los sesenta, que Kahn renovó, y modelos actuales. Una conclusión de argentinos fue ver, en fotos y más fotos, que los norteamericanos tampoco mantienen muy bien sus edificios y también prefieren dejarlos caer y luego “restaurarlos”.

A continuación hubo un fuerte cambio de escala, cuando habló el arquitecto Jaime Rodríguez Cunill, director de la Oficina del Historiador de La Habana, el ente que arrancó a trabajar en 1981 en el barrio histórico de la capital cubana. Cunill, un verdadero personaje, conoce de modo íntimo su ciudad y la ama, contento de que con los años su mandato se fuera ampliando. De los dos kilómetros cuadrados de La Habana colonial, creció al barrio del centro viejo, al barrio chino y finalmente a toda la costa, incluyendo el Vedado. El disparador de la movida fue que en 1978 la Unesco destacó a La Habana como patrimonio de la humanidad, con lo que el gobierno creó esta autoridad con fondos propios. Pero, aclaró Cunill, lo que los hizo despegar fue la crisis de la caída de la URSS, que los dejó en plena crisis. La Oficina se lanzó a crear un recurso turístico que hoy, a veinte años, la transformó en una empresa mixta de altos recursos.

El dinero se utilizó para reactivar un tejido urbano decadente, donde vivían menos de 70.000 personas en condiciones desastrosas. Cunill relató interminables intervenciones en viviendas ruinosas y hasta mostró fotos de un ingenioso sistema de viviendas provisionales, como cabañas, a las que se mudaban los vecinos mientras duraba la obra. Las fotos probaban que se recuperó una arquitectura de singular belleza y complejidad, a la vez que se sacaba a miles de personas de una marginalidad material muy concreta. A la vez, el carácter del centro viejo cambió completamente, de una ciudad dormitorio donde no había casi servicios o actividades, a un barrio vital, con comercios, restaurantes, turistas y locales caminando y disfrutando del lugar. El 38 por ciento de La Habana ya fue restaurado por dentro y fuera, incluyendo casos de reconstrucción donde sí, para horror de los tilingos argentinos, se hicieron falsos históricos para completar conjuntos arruinados. Cunill ni dudó en explicar que hacen “intervenciones que la gente entiende”.

Lo curioso es que la Oficina da ganancias y no sólo es sustentable en lo económico, sino que ya es una verdadera agencia social de vivienda popular, con un mandato ampliado en estos tiempos a la infraestructura de agua, electricidad y desagües. Esta economía fue difícil de explicar a los norteamericanos, que tardaron un buen rato en entender el concepto de empresa del Estado y propiedad mixta, y seguían preguntando qué decían los dueños de los edificios.

Andreas Salgo comenzó su presentación sobre su trabajo en la región de Bavaria aclarando que casi todo lo que uno ve en esa zona, casi un 95 por ciento, es una copia de algo arrasado durante la Segunda Guerra Mundial. Pero su experiencia con los edificios –viviendas, estructuras comerciales y castillos– que sí son de época le permitieron asegurar que preservar el patrimonio es preservar recursos porque se trata de piezas construidas con materiales locales y naturales, de larga duración. Andreas hablaba desde un problema muy concreto, el de los nuevos códigos de construcción que ordenan agregar materiales sintéticos a edificios completamente construidos con piedra, madera y cales, una contradicción absurda. A la que hay que agregar que los sintéticos no duran ni remotamente lo que duran los materiales originales, lo que genera el problema de dónde tirar toda esa porquería cuando cumpla su ciclo.

El siguiente tema que tocó el alemán fue el del mito de que es difícil reutilizar estructuras antiguas para usos contemporáneos. De hecho, remarcó que en la amplia mayoría de los casos resulta muy fácil armar oficinas en edificios construidos para obispados o gremios medievales. Con un poco de simpatía y respeto, resulta hasta no muy caro agregarles el nivel de confort y servicios que esperamos hoy de una oficina o vivienda.

Como se ve, el seminario discurría de un modo bastante positivo, con lo que hubo que sacar el tema de las políticas que se aplican en Buenos Aires. Hubo una suerte de suspiro colectivo cuando los norteamericanos –y el alemán y el cubano– vieron la Nueve de Julio antes y después del metrobús. También hubo reacciones al saberse que nuestra capital todavía no trata sus aguas y apenas está empezando a separar la basura, y que el uso de energía no es una prioridad para nadie en la industria de la construcción argentina. El fenómeno de los cartoneros, con sus carros, su tren especial y sus plantas separadoras despertó vivo interés por su lado social y porque –cosas que uno ni piensa– significa un verdadero sector dedicado a una industria todavía nueva.

Pero lo que quedó como un símbolo de frivolidad macrista, una zoncera difícil de entender, fue la obsesión por levantar los adoquinados de nuestra ciudad e impermeabilizar las calles con asfalto. Cuando los presentes vieron las fotos de las camas de hormigón armado sobre las que se vuelven a montar las piedras y de las calles asfaltadas por encima de los adoquines, hubo un inmediato rechazo. Es que la audiencia era íntegramente de gente involucrada en estas cosas y todo el mundo entendió el error.

Un aspecto interesante fue, además del evidente de que es tonto desarmar una infraestructura que lleva un siglo funcionando sin mayores gastos, la tendencia a conservar elementos urbanos de época que anclan el presente. Un ejemplo es el de Berlín, que todavía utiliza casi 50.000 lámparas de alumbrado a gas instaladas en el siglo XIX. El actual intendente quiere sacarlas y poner LED con la excusa de ahorrar energía, y no escucha a quienes le señalan que un sistema con bastante más de cien años y dos guerras mundiales encima mostró acabadamente que cierra en términos de energía e inversión. Parece que no hay caso: ¿cómo se dice Macri en alemán?

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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