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Sábado, 4 de octubre de 2014

De loteos

 Por Jorge Tartarini

Eran planos de loteos de barrios, villas y pueblos, confeccionados por las compañías de tierras, inmobiliarias y casas de remates. Algunos tenían el dibujo de una pequeña locomotora y sus coches llegando a la estación, y también unos pocos edificios públicos a construir. No estaban hechos con una técnica depurada, se notaba que los hacían dibujantes o casi, y más con rasgos de dibujo infantil que de una axonometría profesional. El destaque del dibujo les daba mayor importancia dentro del trazado, con obvia finalidad de llamar la atención. Al desplegar el plano, en torno del trazado, o bien en su reverso, había titulares con textos sobre las bondades de la operación, de su futuro y de lo que ya existía en las inmediaciones.

Cuando eran fraccionamientos de antiguas quintas, chacras y estancias, también merecía un apartado el nombre e historia del dueño, un argumento de venta que no ha desaparecido del todo. Y quizá como una forma de hacer creer que la prosapia del antecesor se reencarnaría con la compra en los futuros adquirentes. Todo estaba pensado para crear una sensación de confianza, de fácil progreso, y por eso las promesas estaban a la orden del día. Los trenes y tranvías, y más tarde los autobuses, eran los que llevaban a la gente –por lo general sin costo– desde las terminales y paradas del centro a los loteos. Además del rematador, que procuraba transmitir prestigio y solvencia, estaban sus ayudantes, encargados de que todo saliera de acuerdo con lo planeado. El rematador, engominado y con un traje cansado, abría el juego con parsimonia, sabio conocer del público expectante. El era experto en magnificar la oportunidad única, el precio irrisorio y todo lo que ya se anunciaba en diarios y panfletos del loteo. Pero aún así, en su voz era distinto, parecía más prometedor aún.

Los ojos de los potenciales compradores seguían atentamente su oratoria, en un ambiente atravesado por el humo del tabaco, de alguna carne asada y del bullicio del público. El aire campestre y la imaginación del comprador hacían el resto. En los días soleados y frescos las compras aumentaban. Es cuando aquello más que obligación a pagar por largos años, era visto con la ilusión de una vida nueva. Posibles inundaciones y maratónicas jornadas de traslados de la casa al trabajo y viceversa pasaban a segundo plano. Para no mencionar los esfuerzos que iba a demandar conseguir los ladrillos para la casa, los muebles, en fin... todo sea por abandonar los altos alquileres y el hacinamiento del conventillo o la pieza de hotel. Cuando no se hacían al aire libre, era común el armado de una gran carpa, con sillas plegables de madera o metal, sogas entre mástiles con banderines de colores y un modesto pupitre para el rematador y su sonoro martillo.

Algo parecido a todo esto era el mundo de los remates en torno de la Capital, cuando el afincamiento industrial y el crecimiento por conurbación todavía era lejano. Había supuestos que los compradores sabían de antemano. Estaba claro que el precio de los lotes se fijaba no sólo por sus dimensiones sino por su proximidad a la plaza principal, a la estación y a los ejes de comunicación principales. Mayor cercanía, mayor valor. Siempre ha sido así en este proceso de huida hacia el suburbio que dio origen a barrios porteños y a otros vecinos a la Capital. Y si la palabra “siempre” pueda sonar un tanto absoluta, no hay más que remontarnos a los efectos de la fiebre amarilla de 1871, y ver cómo los rematadores aprovecharon el éxodo de la gente hacia las afueras buscando lugares más sanos. Ellos eran quienes fletaban trenes desde la estación Parque del F.C. del Oeste (actual manzana del Teatro Colón) hasta loteos en torno de la estación Floresta, a los que calificaban muy convenientes por su precio y porque a ellos “...nunca llegan ni fiebre amarilla ni cólera. Tren gratis, ómnibus gratis, lunch gratis”.

En la misma década, al sur de la ciudad se multiplicaron loteos sin plan ni orden alguno. Por ejemplo, el solitario pueblo de Lomas de Zamora se vio rodeado de otros como Adrogué (1872), Banfield (1873), Edén Argentino (1873), Villa Niza (1873), La Economía (1874), Valentín Alsina (1875) y Villa Elvira (1876). De ellos, algunos perduraron pero otros, a pesar de sus nombres rimbombantes, tuvieron vida efímera, ya sea por una infraestructura que nunca llegó o bien por ser fácilmente anegables. No pasaron de ser loteos fantasma, como sucedió en otros sobre tierras próximas al Riachuelo y a otras zonas con bañados. Mejor porvenir tuvieron lugares altos, que con el tiempo fueron afianzando su carácter residencial y que nacieron en respuesta a la costumbre de las clases más acomodadas de veranear en los alrededores de la Capital.

El caso del pueblo Almirante Brown (hoy Adrogué) y su Hotel Las Delicias ejemplifica la creación de un pueblo con esa finalidad. Su fundador, Esteban Adrogué, impulsó en 1872 el emprendimiento, pero confirmando de antemano la construcción de una estación ferroviaria lindera al poblado. De esa forma aseguraría la afluencia de turistas y residentes desde y hacia la ciudad, deseosos de pasar una temporada de campo sin pensar en caminos polvorientos o empantanados. Para quienes dudaban de la inversión, un aviso de la época advertía que “Tan luego como exista ya algún vecindario, el propietario (Esteban Adrogué) pondrá ómnibus en la estación del F.C. que llevará a los pasajeros por menos que nada a sus casas...”.

Décadas más tarde, ya avanzado el siglo XX y con el tren compitiendo palmo a palmo con el automotor, serán los complejos fabriles, las redes de caminos y vías principales de acceso a la urbe, la cantidad de líneas de colectivos, así como la vecindad de los puentes y la frecuencia del transporte ferroviario –ahora eléctrico– las nuevas coordenadas de atracción y valoración en los loteos. Y así lo veremos en los planos que los publicitaban, con más fotografías y menos espacio para los textos y dibujos. También se mencionará en ellos la pujanza de partidos que promueven la radicación industrial y la vecindad a balnearios populares sobre el Río de la Plata. Desde entonces los planos plegables fueron cambiando, y con el tiempo se dejaron de utilizar.

Este valioso acervo documental, además de testimonio de los procesos de ocupación territorial, hoy es reflejo de la evolución de modas, usos y costumbres, y también del nacimiento y desarrollo entre nosotros de la publicidad moderna aplicada al negocio de la tierra. Su estudio sistemático e interpretación puede contribuir a enriquecer los planes y proyectos que en el presente procuran ordenar el caótico universo de las urbanizaciones en el Gran Buenos Aires, siempre realizado desde una perspectiva multidisciplinaria y cabalmente integradora.

Un lugar de consulta obligada es el Archivo de Investigación Histórica y Cartográfica de la Dirección de Geodesia del Ministerio de Infraestructura de la Provincia de Buenos Aires, que funciona en la sede de este organismo en la ciudad de La Plata.

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