m2

Sábado, 28 de marzo de 2015

De verdes y de rejas

Qué pasó con las rejas del Lezama, la privatización del Avellaneda y el pedido de Colegiales que nadie parece escuchar.

 Por Sergio Kiernan

Como hay una campaña que pagar y fotos para sacarse, el macrismo está pasando por una etapa de desenfreno en hacer obras públicas y en particular en enrejar parques y plazas. Las quejas de los vecinos son tantas, que esta edición de m2 es una suerte de especial espacios verdes seleccionados por porteños airados. El caso de la foto de tapa, el parque Avellaneda, es particular porque no se trata de una reforma/arruinado de un parque, sino de faltar a la palabra empeñada en el uso de la casona de los Olivera.

Monumentos nacionales

El parque Lezama y la plaza Rodríguez Peña tienen la suerte de ser monumentos históricos y por eso gozan de una “segunda instancia”, la de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos que preside el arquitecto Jaime Sorín. Como descubrieron rápidamente en el gobierno porteño, Sorín no es ni fácil ni blando a la hora de firmarles proyectos y les impone a ciertos funcionarios una de las peores torturas posibles, la de pedirles rigor. El parque Lezama estuvo mucho en los medios, pero varias cosas quedaron en el camino de las coberturas. Por ejemplo, que las esculturas del lugar, de frágiles mármoles italianos, no estaban protegidas en medio de la obra. Cuando la Comisión visitó el parque, las encontró cubiertas de polvo y golpeadas por pedazos de cascote, porque andaban levantando pavimentos a mazazos justo al lado...

También, gracias a Sorín, se abandonó el “proyecto” de iluminar todo con los farolitos chinos que compraron tan baratos, y se volvió a las farolas que ya estaban. Y quedó absolutamente en claro que el anfiteatro se mantiene y no será fuente. Resulta que los macristas, encabezados por Patricio Di Stefano, insistían en que ahí había una fuente “hace mucho” y la querían restaurar. La Comisión les contestó que el anfiteatro estaba desde hacía “más hace mucho”, que la fuente era de 1938 y que el anfiteatro cumple una clarísima función social como lugar de reunión, cosa fácilmente comprobable cualquier fin de semana.

La gran discusión es, claro, la del enrejado y la de Di Stefano anunciando que podía enrejar el 70 por ciento del parque con permiso de la Comisión, cosa inmediatamente desmentida. Lo que ocurrió fue que el gobierno porteño había llamado a dos licitaciones, una para la remodelación del parque y otra para enrejarlo, sin pasar por la Comisión. Tras larguísimas discusiones y para no judicializar la cuestión –en la Justicia Penal Federal, no en la porteña– la Comisión aceptó las dos licitaciones, pero con reserva de modificar lo que fuera necesario. Di Stefano aceptó esto, rompió con lo pactado de dejar que la Defensoría del Pueblo anunciara el acuerdo y salió a los medios con su versión.

Toda esta discusión tiene sus lados violentos, como funcionarios municipales preguntando por qué se mete la Comisión Nacional en un tema de la Ciudad, como si Macri fuera Alsina y Buenos Aires un estado independiente. También hay vecinos de San Telmo que insisten a muerte con el enrejado, con una señora que cuenta con orgullo que ya tiene las llaves de dos plazas y tendrá la del Lezama también. Di Stefano y los suyos los exhiben como tropa propia y hasta amenazan poner la reja de prepo, con custodia policial, lo que sería un muy interesante caso de conflicto de esferas, la municipal y la nacional, con derivaciones judiciales. A todo esto, el gobierno porteño se va a mudar sustancialmente a la fábrica Canale, justo enfrente, con lo que es de esperar que la seguridad del parque aumente y mucho. De hecho, con iluminarlo y vigilarlo un poco se acabaría el supuesto problema de seguridad que lo aqueja.

Pero es difícil razonar con alguien que ya tiene una agenda, como lo demuestra el caso de la Rodríguez Peña. La plaza fue diseñada para “llevar” al transeúnte, de cuerpo entero o con la mirada, al Palacio Pizzurno desde Callao, pero los genios del diseño macrista querían cambiar esto poniendo diagonales nuevas. También iban a cementar todo, con la excusa del acceso de sillas de ruedas, pero se van a conformar con un camino ya cubierto de concreto arrugadito. Pero como la Comisión no los dejó hacer su diseño, no están haciendo nada y, por detrás de los telones, sólo se ve algún trabajador haciendo cositas de mantenimiento, menores...

El Avellaneda

Este parque del sur porteño es una de las maravillas de la ciudad y un caso especial. Es un parque con un administrador propio, Alfredo Giménez, una ley de uso propia, la 1153, y un proyecto cultural de Plan de Manejo, creado en 2001. Así, la casona de los Olivera, que se ve en la foto de tapa, pasó a ser el Centro de Arte Contemporáneo, y el parque tiene una Mesa de Trabajo y Consenso con los vecinos, un verdadero ejemplo democrático de control del espacio público.

Pero en 2012 la casona fue cerrada para una refacción y todo indica que la decisión política es desarmar esta convivencia, romper los compromisos adquiridos –total, ellos no los firmaron– y cerrar el uso de la casona. Los vecinos de la Mesa denunciaron por nota que en diciembre pasado la Dirección General de Espacios Verdes emitió la nota 17048007 transformando la casa en un centro de exposiciones de usos múltiples, dejando explícitamente de lado la exclusividad del arte contemporáneo. Pero hasta este uso artístico diferente tiene su trampita, porque quien quiera montar ahí tendrá que aceptar plazos insólitos de armado y desarmado, con exposiciones muy breves. Por este privilegio deberá pagar veinte mil pesos de seguro de responsabilidad civil, más poner un electricista matriculado y hacerse cargo del personal de limpieza y seguridad. En pleno verano, la Mesa rechazó por escrito la nota de la dirección general y la cosa, en apariencia, quedó ahí. Pero en este marzo ya otoñal y por pura casualidad, los vecinos se enteraron de que la casona había sido ya cedida a una fundación que, parece, acepta pagar todos los costos de montar exhibiciones.

En resumen, una privatización bien disimulada.

Colegiales

El Consejo Consultivo de la Comuna 13 está pidiendo un poco de originalidad en el manejo de espacios verdes de su barrio. El planteo es realmente inteligente: que la plaza Mafalda está siendo destruida por el muy intenso uso que tiene, y que tiene que ser complementada con dos espacios verdes vecinos pero no desarrollados. Esto se llama planeamiento urbano y se supone que hay una secretaría del Estado porteño que se dedica a tener ideas como ésta.

Los dos espacios vecinos a la Mafalda son la plaza Ladislao José Biro, un espacio pegado al Mercado de Pulgas, y la manzana M2, código que no homenajea a este suplemento y los vecinos piden se cambie a plaza Clemente. Estos espacios son, ahora, simplemente espacios y no plazas, pero en conjunto con la Mafalda harían sostenible el uso público de un barrio que no para de ganar habitantes. El Consejo Consultivo redactó una nota pidiendo estas obras y la entregó al jefe de Gabinete Horacio Rodríguez Larreta, al ministro de Ambiente y Espacio Público Edgardo Cenzon y a la Junta Comunal de la Comuna 13, que expidieron sendos recibos.

En el texto, los vecinos subrayan algo que debería ser obvio, que en Colegiales hay 70 centímetros de espacio verde por habitante, lejos de los 6,2 metros promedio de la ciudad y muy lejos de los diez a quince metros recomendados como ideales por la Organización Mundial de la Salud. Como los barrios no tienen murallas, los del Consejo también indican que la vecina Chacarita tiene apenas treinta centímetros de verde, con lo que muchos pobladores se vuelcan a Colegiales para ver una plaza. De hecho, hay que hacer por lo menos un kilómetro desde la Mafalda para encontrar otra plaza en esa zona.

La nota termina pidiendo una plaza verde, con árboles y pasto, y no una plaza seca. Y también destaca el constante crecimiento de la densidad urbana por el descaro de torres que no paran de autorizar. Y también la lista de promesas realizadas por funcionarios diversos a los vecinos. Según parece, ni la campaña electoral conmovió a los macristas, que tienen dinero para enrejar y cementar pese a los repudios, pero no para abrir plazas nuevas y merecerse una felicitación.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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