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Sábado, 2 de enero de 2016

Amores en custodia

Joya, el bellísimo emprendimiento de Mercedes Lestourneaud, es una etiqueta que rescata lo mejor de otra época. Técnicas, estética y materiales de otro tiempo a los que suma todo su delicado virtuosismo.

 Por Luján Cambariere

La palabra “joya” tiene dos acepciones: define a una pieza de metal noble que puede llevar o no piedras preciosas incrustadas que se usa como adorno personal y a una persona de gran valía. La totalidad de la explicación, la definen.

Mercedes Lestourneaud (o De la Serna, apellido de su madre que usa cuando no quiere agotarse deletreando) realiza piezas a mano con metales y piedras, hermosas turquesas, perlas y ámbar, entre otras. Y rescata un sin fin de tesoros de antaño hallados en viajes, remates, ferias y anticuarios. Un universo de piezas, técnicas y preciosas estéticas que demuestran que para algunas cuestiones, todo tiempo pasado fue mejor.

Perteneciente a una estirpe de personas que saben el valor de atesorar, entiende que lo suyo pasa más que por poseer, por custodiar. Sutil diferencia. La misma sutilidad que porta ella, a la que visitamos en su casataller de Buenos Aires, rodeada de cuadros de rosas (otra de sus pasiones), pequeñas herramientas, roperos con camisas y vestidos del mil algo. Una delicia de proyecto y persona.

Tus orígenes...

–Nací en Buenos Aires y como mis papás trabajaban mucho, me pasaba casi todo el día en la fábrica de anteojos de mi abuelo que para mí era como Disneylandia. Me encantaba desde andar con anteojos todo el día, a los diseños y los dibujos que hacían y, por supuesto, el trabajo artesanal. Me crié dentro de esa fábrica. Esa fue mi infancia. A los catorce, mi familia, o mejor dicho mi papá que es perfumista, decide irse a vivir al Sur, a Bariloche. Al principio me resistí ya que estaba en plena adolescencia, pero cuando fui allá y vi la hermosura de la casa, los jardines, el paisaje, dejé feliz Buenos Aires. Terminé el secundario allá. Quería estudiar literatura y como no estaba la carrera, iba a aprender costura, pintura, bordado. Así iba ensamblando oficios. Y , como trabajo, empiezo a hacer relaciones públicas en el cerro. Fue ahí donde conocí a mi ex que era hijo de anticuarios. Enseguida pegamos onda porque yo me crié entre antigüedades. Mi abuelo, Alberto, que era una persona hermosa, me enseñaba. Nos llevaba al Colón, a la ópera. Sabía de todo. El esta siempre presente en mi vida y en mi trabajo.

El amor por lo antiguo viene de él...

–Sí. Absolutamente. El me enseñó muchísimo. “Esto es jade, esto es marfil. El oro se reconoce de esta manera”, me explicaba ya desde chiquita. Para hacer un regalo a mi abuela, él diseñaba la joya y la mandaba a hacer. Un tipo muy tranquilo, nada soberbio y loco de las plantas. Estudió toda la vida. Volviendo al encuentro con mi ex, que también fue definitorio también en lo que hago hoy, enseguida pegamos onda. El me vio que tenía un prendedor antiguo y le llamo la atención ya que en esa época no se usaba que una chica joven se vistiera como yo lo hacía con ropa antigua. De hecho tengo cientos de anécdotas con eso. A raíz de mi prendedor, me cuenta que su papá tenía una casa de remates, de antigüedades, la famosa Breuer Moreno, en la calle Libertad. Y ahí empezamos a hablar. Mucha conexión. Al tiempo vine a visitar a mi abuelo y comenzamos la relación. Estuvimos casi diez años juntos. En ese tiempo el comprar antigüedades que me venía de antes, se potenció. Me empecé a especializar. Su papá, además de ser la persona más honesta de ese rubro, es uno de los que más sabe. Así que ahí aprendí como loca. Me la pasaba ahí adentro y empecé a trabajar en los remates. Llevaba los cuadernos. Eso de llevar la hoja, anotar nombres y detalles es un master. Aprendí a comprar lo que no esta de moda que es algo muy importante en las antigüedades. Porque las antigüedades son siempre circulares, lo que es bueno es bueno. Así que todo vuelve. Y así, en la casa de remate, un día me cambiaron la vida dos mesas de luz. Nuestro actual ‘shabby chic’ viene del grotesco veneciano, donde nace también el fileteado porteño. Así llegaron dos mesas con rosas degastadas increíbles que me marcaron. Bombé, verde agua, con mármol de Carrara. Descabelladamente bellas y caras. Las fotografíe sin parar. Ya que no podía comprarlas aunque sea las retrataba. Enseguida me propuse reproducir ese estilo. Quería sacar esas rosas, esos filetes y empecé a pintar muebles que fueron un suceso. Tenía colas de mujeres en mi casa que los querían. Estuve muchas años pintándolos.

¿Como empezás con las joyas?

–Comenzó a cansarme el trabajo intenso de pintar los muebles. Eso coincidió con que me separé, me mudé, conocí a mi actual pareja que es fotógrafo y restaurador de bicicletas, di con la mejor profesora de joyería del planeta, Rita Hampton y ambos me animaron. Es que enseguida me picó el bichito de la joyería unida a mi pasión por las piezas nobles de antaño. Es un trabajo minucioso y sacrificado, te quemas, te cortas, pero una vez que empecé no pude parar.

¿Cómo definirías tu estilo?

–No soy joyera contemporánea. Me gusta hacer cosas que parece que las tenés hace cien años en la familia. Y sobre todo con materiales nobles. Busco mucho las piezas. Sobre todo las piedras. Que sean auténticas.

¿El nombre?

–El nombre de mi marca surge con las ferias. Es que soy fanática del término ‘joya’ porque así considero a las piezas con las que trabajo. Verdaderas joyas. Amo el valor de ciertas piedras, engarces, estilos. De hecho ahora estoy trabajando en una línea más victoriana. Y descubro piezas y objetos que por el trabajo que tienen, su factura, no pueden calificarse de otra manera.

¿Tus piedras preferidas?

–Para mí hay dos combinaciones imbatibles: turquesa con plata y oro con coral.

¿Y la ropa? ¿Cómo surge?

–Hago ferias vintage hace años. Joya abarca metales, géneros, prendas. Son hallazgos. Desde una sábana de hilo a una camisa, una piedra o un vestido. A mí me gusta mucho el estilo navajo, el folk americano, que las cosas sean atemporales, buenas. Hace tiempo vi una publicidad que me impactó. Decía: “Hay cosas que no se poseen, se custodian”. Se me puso la piel de gallina. Ese es el concepto de mi vida.

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