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Sábado, 11 de octubre de 2003

El Porteño Building

El Porteño Building

Ya están avanzadas las obras del edificio de Magic Carrot en Puerto Madero, con espacios diseñados por Phillipe Starck, un marketing muy peculiar de Alan Faena y aspectos patrimoniales cuestionables.

Por Sergio Kiernan
Puerto Madero finalmente salió de la inmovilidad de la crisis. En su parte “nueva”, entre el amarradero y la costa, Magic Carrot está trabajando en tres obras a la vez. La bandera es el silo de Bunge & Born, las escoltas dos edificios menores, uno a medio terminar y otro apenas en arranque, que buscan generar entre los tres un polo de viviendas con un peculiar hotel y comercios. Todo el concepto es... bien, es conceptual: se nota la mano de Alan Faena, titular visible de la empresa, especialista en generar percepciones y formatearlas en lo que los americanos llaman spin. Lo que los edificios nucleados alrededor de El Porteño Building venden son una manera de vida pre-formateada, pre-planeada, rodeada de glamour y absolutamente exitosa: como si no hubiera recesión, el nada barato lugar está prácticamente vendido.
El edificio de Bunge y Born fue construido hace 102 años como centro de concentración de commodities, por entonces exportadas por Puerto Madero. La vieja estructura muestra claramente su propósito original, con un volumen de silos verticales para granos sueltos y varios pisos evidentemente utilizados en su momento para bolsas. El galpón, por así llamarlo, comparte con el cercano y muy parecido depósito de Molinos los beneficios de una moda de su época, la de italianizar estructuras fabriles y darles un aire “cultural”. Es lo que hizo que la Italo poblara la ciudad con castillejos medievales para sus usinas e instalaciones de distribución, y que los galpones de B&B y Molinos sean monumentales, garbosos y claramente inspirados en edificios públicos italianos, con todo y torre.
El ahora El Porteño Building se define en un largo volumen central con naves diagonales menores y más bajas que apuntan hacia las dársenas y una torre que sobresale en el lado que da al río. Sus largas fachadas se salvan de la monotonía por el uso de una secuencia de pilastras muy simples que le dan movimiento, y por las múltiples ventanas verticales, que le dan ascensión. Todo el conjunto fue realizado en ladrillo inglés, sin el menor asomo de revoques, y respira serenidad y sencillez. El volumen de silos se define en 16 tubos verticales que, para controlar la presión horizontal de su carga tan pesada, están ensunchados con gruesos hierros, un recurso raro de ver hoy en día. En algún momento de su larga historia, la estructura fue reforzada y el conjunto muestra columnas y vigas de hormigón incongruentes con los hierros del resto del edificio.
Como parte del reciclado y refuncionalización, el interior fue completamente cambiado, un trabajo nada desdeñable en volumen. El edificio central tendrá a la inauguración siete niveles, donde antes había cinco.
Después de idas y venidas causadas por el desplome argentino, la obra está funcionando a pleno y tiene fecha de inauguración para mayo del año que viene. Un tercio de la superficie final, de 25.000 metros cuadrados, será un hotel de 85 cuartos, el resto un sector residencial de 84 departamentos que van del dos ambientes a los pent rooms de 150 metros del séptimo y último nivel. Por alguna razón insondable, Faena decidió que el marketing de las residencias esté dirigido a los “empty-nesters”, parejas maduras cuyos hijos crecidos se van de casa y quieren mudarse a algo más manejable o simplemente nuevo. La novedad será el estilo de vida que ofrecerá el edificio, autosuficiente y constantemente divertido.
El Porteño tendrá un mercado propio, piscina, un living room comunal, un bistró, un lunge music bar, una terraza, una “academia” para actividades culturales, gimnasio, spa, un beauty corner y espacios para reuniones de negocios. Una gran área de exteriores será una suerte de espacio conceptual creado por el diseñador Phillipe Starck, socio de Faena en el emprendimiento y a cargo de muchos interiores y conceptos. El espacio, techo de las cocheras, será un bosque de árboles en grandes maceteros, cerrado al público pero pulmón de uno de los accesos y vista privilegiada de los departamentos residenciales. El Porteño tendrá dos accesos, uno para pasajeros del hotel, visitantes del business center o personas que simplemente van a comer o ver un espectáculo. Otro será exclusivo para residentes, con lobby propio y una puerta que se abre hacia las áreas comunes y el hotel con una llave que sólo los que viven permanentemente tienen. El eje central de circulación de la planta baja, que recorre el edificio en su totalidad continuando el acceso público, recibe el nombre de “pasillo de la transformación”: supuestamente, al terminar de recorrerlo uno está íntimamente transformado.
Como se dijo, El Porteño es el capitán de una escuadra que completan un edificio casi terminado –destinado a parejas jóvenes– y otro por enfrente que todavía es un cimiento. Al inaugurarse, el edificio va a proveer a un barrio cada vez más de moda y poblado un centro de servicios que hoy no existe, además de un intrigante experimento sobre un modo de vida más dirigido.

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Vista de la fachada principal del conjunto, del futuro "pasillo de la transformación" y de un departamento en el sector silos.
 
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