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Sábado, 3 de abril de 2004

La casona del Baradero

A orillas del río, flanqueada por dos construcciones antiguas, la mansión de Figueroa Salas es el centro de un conjunto de alto valor patrimonial que combina de modo único una obra anónima de 1790 con una de Arturo Prins de 1920. Un tesoro que acaba de ser restaurado con rigor.

 Por Sergio Kiernan

Hay que pasar el agónico pueblo de Alsina y seguir caminos polvorientos, siempre hacia la costa del río Baradero. Son 140 kilómetros de la Capital, otro mundo de alambradas, maquinarias cosechando, gente que saluda, espacios abiertísimos y puntuados por grandes arboledas de las viejas. Una de esas protege y esconde un tesoro casi perdido, la casona de Arturo Figueroa Salas, que es una escuela agrotécnica modelo y un nudo de historia antigua.
La estancia Los Alamos viene de la primera colonización española, y su primer antecedente es la reducción de Santiago del Baradero, fundada por Hernandarias en 1615. Este siglo 17 se va en mercedes, concesiones y compras de tierras entre españoles y criollos que se pelean, discuten, se hacen juicio y terminan largos litigios casando a sus hijos entre sí para que todo quede en casa. Eventualmente aparecen los jesuitas y Juan de San Martín, hidalgo y funcionario que erige las primeras casas de lo que sería la estancia Los Alamos. Para 1931, Figueroa Salas la testaba para hacer una escuela para que los hijos del país aprendieran el oficio del campo.
El legado eran unos cuantos cientos de hectáreas, cédulas hipotecarias y un casco italianizante de 1000 metros cuadrados, donde se instaló la escuela. Con el uso inesperado e intensivo, y con una reforma “modernizante” de los noventa, el palacete quedó roto y desvencijado. Es entonces que la fundación que gobierna la escuela decide hacer algunos cambios.
El arquitecto Guillermo García es un especialista en restauración, un hombre hablador y apasionado por lo que hace que es miembro de ICOMOS y del Cicop, docente y veterano de varios trabajos públicos y privados. Los últimos años pasó días y días en esos campos de Baradero, haciendo renacer un conjunto notable.
Como en toda estancia asentada y grande, en Los Alamos hay una multitud de edificios. Está la escuela nueva, grande y bien equipada donde estudian y viven 72 alumnos. Están los viejos puestos –casas viejas y agradables– y galpones de todo tipo. Están la huerta, la guachera con sus terneros, e instalaciones diversas. Y, pegadita a la barranca altísima, con una vista sobre el río, una gran isla plana y al fondo el Paraná, está la mansión con sus dos edificios de escolta.
Al caserón hay que verlo con cuidado, porque encierra una sorpresa. Llegando desde la vieja arboleda de la avenida de entrada, se ve una gran residencia italiana, con una larga planta baja, un primer piso menor y una fachada elegantemente dominada por un volumen central que se proyecta, abajo en una recova de tres arcos, arriba en tres ventanales de igual forma. Este volumen tiene un carácter fuerte y restringido, con las verticales marcadas por pilastras sólidas en planta baja y por columnas corintias arriba, y las horizontales por cornisas y barandas de balustres, con un fuerte remate en la azotea.
Pero hay que darle la vuelta al caserón diseñado y construido por Arturo Prins, el mismo de la gótica facultad inconclusa en la avenida Las Heras, para encontrarse con un efecto casi teatral. Del otro lado hay una galería colonial, panzona y baja, con sus palos a pique y trabas superiores, entejados y pesados cerramientos de madera cubiertos por herrerías de martillo a la forja. Por encima de esta casona de 1790, de autor desconocido, asoma la contrafachada de Prins, simétrica a la principal.
Es, francamente, muy raro. Y la cosa se pone más extraña cuando García explica lo que encontró en sus prolijos cateos: mientras que la obra original de Prins tiene la estructura metálica esperable en 1920, el volumen que ahora corona la estancia colonial tiene estructura interna de madera, igual que su vecina de 1790. García y su equipo quedaron fascinados viendo cómo Prins “cosió” ambas estructuras, metal y madera, dejando que todo se mueva y nada se caiga.
Figueroa Salas debió ser, además de una persona generosa, un hombre original. Es casi inaudito que alguien no sólo preservara un caseróncolonial, estilo por entonces bastante despreciado, sino que tuviera la audacia de integrarlo a su muy moderna y altiva mansión.
Hoy, el conjunto reluce, con sus colores y texturas originales restauradas después de estudios, muestreos y cateos. Mientras que los Dörfler se encargaron de los techos, los equipos de Alberto Orseti picaban, retiraban, revertían el mucho daño hecho en la modernización. El año largo que tomó la obra incluyó muchos estudios para que la casa no mostrara los rastros de parches, picaduras e improvisaciones, y la constante toma de decisiones para evitar la tentación de reconstruir lo perdido. Los interiores que sobrevivieron, como el notable volumen de la escalera principal, fueron recuperados en todo su esplendor, y los muchos ambientes que perdieron hasta los cielorrasos fueron reparados neutramente, sin discordancias.
La casona colonial-italiana está flanqueada por dos edificios de servicios. De un lado, una original casa que nació allá por el siglo 18 o principios del 19 como galpón alto y se fue ensanchando hasta transformarse en dormitorios de la paisanada, cocina comunal, depósito y despensa –usos que más o menos conserva hoy– y sigue equipada con una Económica a leña y salamandras. Del otro lado, una torre que muestra por lo menos tres etapas de construcción entre fines del siglo 18 y fines del 19, hoy alta como un campanario y todavía alojando maquinaria de bombeo. Al lado, un pequeño edificio que nació a fines del 1700 como galpón fue depósito y casa de máquinas, y ahora espera sus muebles para ser capilla.
Pero no fue sólo ladrillos lo que implicó la obra que dirigió el arquitecto García. Las décadas y la naturaleza se habían comido un jardín cuidadosamente planeado, con barandillas de balustres sobre la alta barranca y especies exóticas. Con machete y con cuidado, el desmalezamiento descubrió canteros olvidados, árboles asfixiados y una vista que quita el aliento.
Junto al Baradero, este conjunto espera nuevos usos que se presentan como culturales y cuidadosos de su valor. Esto implica que esta original estancia, cargada de historia, sea abierta al público. Sería un buen complemento para un lugar que ya es útil como escuela y además puede ser un patrimonio a visitar.

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