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Sábado, 8 de mayo de 2004

El sueño de Villa Julia

Rescatada del olvido, la casa de verano del ingeniero Maschwitz está casi completamente restaurada y adaptada para hotel. Es una belleza que esconde sorpresas, tiene formidables vistas al río Luján y lleva a la serenidad y felicidad de tiempos idos.

 Por Sergio Kiernan

Alguna que otra abuela se dio el gusto de tener una casa como Villa Julia, pero para la mayoría fue un sueño eterno. En una esquina del Tigre, sobre la margen del Luján, está la enorme casona del ingeniero Maschwitz, de techos de muchas aguas con teja hendida. Es un chalet vagamente italiano, sobrio, lindo, veraniego, abrazado por una galería de simples y forzudas columnas toscanas a la que se accede por peldaños de mármol y que le hace una terraza panorámica al primer piso. Una casa encantadora, un hogar, que debe haber dado mucha felicidad a niñas de creolina y chicos de traje marinero ya muertos y enterrados.
La casa tuvo el ya habitual pase de mano en mano, el descuido, el descubrimiento de su nuevo status de elefante blanco caro de mantener, la decadencia. Pero, gracias a Fortuna, nunca fue remodelada ni modernizada, excepto por una adaptación del living principal a sala de espectáculo, cuerdamente aprovechada ahora y casi invisible. Desde fines del año pasado, Villa Julia está siendo restaurada y adaptada para ser otro de los hoteles de NA, una original cadena argentina que se especializa en reunir socios que aporten –entre otras cosas– edificios de valor patrimonial para abrir pequeños y cuidados hoteles. NA tiene tres sedes en Salta y una en San Isidro, en pleno casco histórico (Ver Metro 2 del primero de noviembre de 2003).
La nueva adquisición se va a inaugurar este invierno. Sobre 2000 metros de parque, en esquina, la quinta muestra sus 850 metros cuadrados autoportantes en tres pisos revestidos en piedra París, con sus aperturas superiores destacadas con paños de mayólicas color caramelo y blanco, buenas herrerías, una estupenda farola de brazo curvo y dos vitrales, uno ovalado y el otro curiosamente elipsoidal. Los techos son una delicia, con sus dos niveles internos, entramados de madera, dormers curvos, volúmenes rotundos y cintas de mayólica marcando las formas. Los profesionales que llevan la obra todavía se asombran de su relativo buen estado; excepto por las terrazas, cuyos desagües para variar se taparon y reventaron, sólo hubo que reemplazar alguna teja y no se encontraron problemas estructurales. Casi todo el trabajo es básicamente estético y de instalaciones.
La casa tiene sus trucos. La entrada principal puede ser tanto por el frente como por la exacta ochava, pasando una coqueta e intacta reja, entre las palmeras y por el césped. Vista de frente, la fachada principal da a entender una casa alta y no muy grande. Es un truco visual: por atrás se oculta perfectamente un caserón tres veces mayor de lo esperado. Resulta que las fachadas laterales son mucho mayores que la principal, y el acceso trasero muestra hasta un patio elevado, con balaustrada.
Con la limpieza y reparación del frente, la casa recuperó su color arenado, lo que explica el tono de las mayólica que destacan los ventanales, incongruentes cuando Villa Julia era gris smog. También recuperaron su razón de ser los pisos de mosaico pompeyano crema, con guardas griegas en marrón, de la galería y el hall de entrada, y las viejas tejas de la cubierta, de un colorado agradable.
El ingeniero Maschwitz sólo usaba su villa en verano, lo que explica tanto la ausencia de calefacción como la lógica de sus entradas. Si bien la casa tiene una “puerta de calle” que da directamente al sendero de entrada a través del jardín, todo peatón se dirige naturalmente a la galería, dueña de una amplia puerta de cuatro hojas, vidriada y con una titánica celosía de hierro. Mientras que por la puerta formal se entra a un pequeño y gracioso hall ornado por el vitral ovalado, muy formal y paquete, por la galería se va directo al amplio vestíbulo que da a la sala, al hall de entrada y al volumen de las escaleras –y qué escaleras, blancas y casi suecas de simples y graciosas.La planta baja tiene un salón tan amplio que fue usado para recitales íntimos, y se comunica con un comedor armado de una chimenea con espejo empotrado y de dos ventanones que lo inundan de luz. Más atrás, hay servicios y una cocina que se banca, como se va a bancar, un hotel. Por la escalera –que no muestra sus 91 años en el más mínimo crujido– se llega al encantador hall distribuidor del nivel residencial de la villa. Hay una habitación notable, el estudio del ingeniero, que nada tonto se quedó con la ochava y sus ventanales al río. Y hay una serie de dormitorios, estares y vestidores que están siendo reformulados como suites y habitaciones, todos con ventanas y dos con terrazas propias.
Lo que sorprende en este piso, lo que es la inesperada joya y delicia de la casona son sus baños, sinfonías de mayólicas realmente estupendas. Los anónimos constructores de la villa la equiparon con lo más moderno y refinado que la Inglaterra de 1913, dueña de la mejor tecnología sanitaria del momento, podía ofrecer. Como para mostrar que la divinidad cada tanto se acuerda del patrimonio, todo fue encontrado en su lugar, cachuzo y con caños de plástico tirados por fuera de los muros, pero en su lugar. El nuevo hotel ofrece, entonces, baños con cañerías de bronce casi seculares, bañaderas enlozadas con imperdibles monocomandos de porcelana y cobre, y murales de mayólica dignos de Popea. Una de los baños exhibe –y esto va en serio– un inodoro Briton que en un mundo más justo estaría catalogado para su protección patrimonial.
Para el que siga escaleras arriba, hay un último toque de poesía. Bajo las tejas de la cubierta estaban las habitaciones de servicio, hoy transformadas en dos pequeñas y agradables cuartos, perfectos para los más jóvenes. Y, al fondo, está el viejo cuarto de los trastos y acceso a la cumbrera. Allí se construyó un departamento que parece la destilación del sueño de la buhardilla, un proto-loft de dos niveles con una escalera como protagonista, del que no da ganas de irse.
El viejo y maduro jardín será remozado, sin tocar sus arboledas, y en sus fondos ya se adivina la pileta y una pérgola para desayunar o dejar pasar las horas con un café. Una actividad posible es mirar intensamente la casa, que ahora sí tiene calefacción –con canónicos radiadores de hierro- además de cableados informáticos, luces modernas y aire acondicionado. Y que mantiene la belleza original de una época en que algunos sueños sí se traducían en piedras y cementos.

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La casona del ingeniero Maschwitz, un hombre estricto que sólo la usaba en verano y no le puso calefacción. La galería se abre al jardín de 2000 metros y los techos de aguas múltiples alojan varias habitaciones y el delicioso loft, con su escalera blanca. Los baños son espectaculares, con sus mayólicas casi romanas y sus artefactos ingleses de 1913 todavía en uso.
 
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